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Alejandro Carantoña

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Friki come león come gamba

Cuando algún remoto día tenga nietos, y pregunten por momentos históricos de nuestra vida, les hablaré de un león comiéndose una gamba. De aquella edición de MasterChef —el concurso de Televisión Española— en la que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado decidió, en el primer programa, que la mejor manera de epatar al jurado era cocinar una patata cruda con forma de eso, de león comiéndose a una gamba.

Los diez minutos de televisión que nos regaló Alberto el martes han tenido un eco que ha rivalizado, instantáneamente, con las alegrías de Sabrina o el gol de Iniesta, que ha entrado en la historia televisiva, nacional, absoluta —y, con él, su protagonista— hasta el punto de que dentro de uno, dos, cinco y diez años sus compañeros, el jurado incluso, estarán en otro sitio. Olvidados. Y Alberto no. Alberto estará presentando Saber vivir.

No obstante todo esto, del irrefrenable ataque de risa provocado por el plato en sí y por los montajes fotográficos que siguieron España pasó al día siguiente al más grave y políticamente correcto de los dramas. La columnista Mariola Cubells, por ejemplo, censuraba la crueldad de los creadores del programa para con el chaval: «Sé lo que es estar ante un friki y pensar, uy, va a dar un juego totaaaaaaaaal este chico, y comentarlo en plan ju ju ja ja con tus compañeros.» Y añade: «Lo único que digo es que Alberto no tiene un padre ejecutivo de televisión» —hecho que habría impedido que hiciera semejante ridículo: «Le habrían blindado contra el escarnio»—.

Con Cubells, muchos más que pusieron el grito en el cielo por la cosificación del chico en un valetodo televisivo y, ya de paso, se abalanzaban sobre MasterChef por ser un programa sobre «gente cocinando», en lugar de un programa de cocina.

Pero lo cierto es que al día siguiente de la emisión del episodio —entrañable, glorioso, sobreactuado: ¡un vórtice de adjetivos!— Alberto se plantó en el programa de Mariló Montero y aguantó el tipo, mientras que media España se afanaba por versionar el plato y, vaya, cocinaba. Parecía sanote. No daba la impresión, ni remotamente, de estar pensando en irse a vivir a Madagascar para evitar ese temido escarnio público: más bien al revés.

Alberto ha dado la cara, ha tomado sus decisiones y se ha plantado en un plató de televisión con la intención, se supone, de llegar a cocinar, de salir en la tele y de salir de su zona de confort. Eso, que es lo máximo que le puede dar un programa como MasterChef, ya lo tiene: los cien mil euros, la compra, la vitrocerámica y la palmadita de esos tres impostados personajes que le juzgan palidecen al lado de la ternura infinita que nos ha despertado el chaval, del hueco que, queriendo o sin querer, se ha ganado en la televisión.

Es difícil saber qué ha habido detrás del león come gamba efectivamente, o qué viene ahora. Quizás incluso lo gane todo en una repesca. Da igual. Vayamos al meollo, a lo central, hagamos un ejercicio: cambiar «cocina» por «elecciones municipales y autonómicas» y «concurso» por «campaña». ¿Y qué resulta? Resulta que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado ha conseguido en diez minutos lo que miles de candidatos van a intentar —sin éxito— durante un mes. ¿Es malo? Bueno, es león come gamba. Es España. Y hay que quererla, supongo.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de abril de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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