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Alejandro Carantoña

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Todo es política

Algo muy raro ocurrió el domingo pasado, el día en que «el miedo iba a cambiar de bando» (que solía decir Pablo Iglesias antes de volverse moderado) y no fue en las urnas. Porque si bien la participación apenas se movió con respecto a la de las elecciones de 2011 y los resultados fueron más o menos previsibles, la audiencia televisiva sí se movilizó. Y además, a lo grande y de manera imprevisible.

Las cadenas generalistas se pegaron un batacazo notable en cuanto a audiencias —especialmente Televisión Española—, mientras que La Sexta, con el tan anunciado «periodismo incómodo» de Antonio García Ferreras y Ana Pastor servido en abundancia, acaparó un espectacular 16% de cuota de pantalla, que es más del doble de lo que acostumbra a registrar. La televisión pública certificaba así una caída en picado, que la semana anterior había vivido su episodio —y fracaso— más polémico a costa del nuevo programa de Ernesto Sáenz de Buruaga. Buruaga, en efecto, firma un formato de la más vieja de las escuelas, lleno de ideología subterránea y prefabricada y del cual poco, o nada, se puede salvar en términos periodísticos.

Esto provocó una rabieta por parte del presidente de TVE, José Antonio Sánchez, contra La Sexta, a la que llamó «cadena de segunda», mientras que defendía al jurásico Buruaga. Y así, el crítico Ferreras se lanzó en tromba contra Sánchez el mismo lunes llamándole en antena «mamporrero del PP».

Ese mismo día, como ha ocurrido el resto de la semana, El Gran Wyoming batía sus propios récords con el «análisis» de las elecciones, siempre en La Sexta, que vino a ser su acostumbrada leña al PP y amables entrevistas a las tres caras del cambio: Manuela Carmena, Ada Colau y Mónica Oltra.

Durante el resto de la semana esta tónica se ha ido extendiendo por el resto de medios de comunicación, porque lo que está pasando es «sexy» y, a todas luces, vende. Le está yendo mejor a quien apostó por Podemos de antemano, pero nunca es tarde si la audiencia está —y lo está— hambrienta de ilusión, de catarsis y de nuevos aires.

Así, durante los últimos siete días hemos asistido a cómo el «periodismo incómodo», marca registrada, se iba diluyendo en una cosa mucho más complaciente. Está muy claro que, una vez iniciado el cambio, al periodismo le toca cambiar radicalmente de posición y empezar a cuestionarlo todo —que no deja de ser el trabajo de cualquier periodista—. Se supone que el poder siempre encontrará escrutinio y contrapunto en la prensa. Y ahora, que la opción opuesta a lo tradicional ya ha tocado poder… ¿A quién tiene enfrente? ¿A Buruaga? ¿Confiamos tanto como para dejarles sin vigilancia periodística?

El culmen de este peculiar fenómeno llegó el miércoles, en una sola imagen, una muy elocuente: una revista digital de nuevo cuño y contenidos potentes sacaba a la venta tres camisetas con las caras de Colau, Carmena y Oltra. Y rezaba su eslógan: «Compra tu camiseta y ayuda a financiar el periodismo libre». Pero ¿es que nadie ve que el periodismo está siendo, así, menos libre que nadie?

La objetividad no existe, nunca ha existido. Pero el punto hasta el que ha calado aquella máxima de que «todo es política» está haciendo que, gracias a esa RTVE tomada al asalto por el PP y esa Sexta vendida al «cambio», ya casi no tengamos un parlamento y una prensa crítica, sino dos parlamentos: uno en la caja de votar y otro, en la caja tonta.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 31 de mayo de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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