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Alejandro Carantoña

En funciones

Otros 30 años

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Ferran Adriá, nadie sabe si el mejor cocinero pero desde luego sí el más conocido y catalán, ha estado en Gijón esta semana. Marifé Antuña, que le entrevistaba para este periódico, empezaba la conversación preguntándole si le gustaba lo que se está «cocinando» en Cataluña. Adriá le da un titular: «No hablo de política porque me tendría que ir del país». Y que no hable no es por miedo, llamémoslo así, a represalias, o porque no tenga una opinión formada. Ni siquiera significa que no intervenga en esta nuestra sociedad. Significa que su trabajo es otro: a veces, la mejor manera de cambiar el mundo y de tocar conciencias es hablar de butifarras y de creatividad, antes que de ideologías.

Es, por poner otro ejemplo, una prudencia similar a la que siempre ha dejado traslucir la Federación de Bancos de Alimentos, especialmente al recoger el Premio Príncipe de la Concordia en el año 2012: lo importante no es lo que piensen, decían, ni la ideología de quienes estamos aquí. Lo importante es recoger alimentos para dar de comer a más gente.

Cuando esta sensatez esencial salta por la ventana lo que suele entrar por la puerta es un debate estéril sobre quién tiene razón y quién no, sin importar que el objeto de debate sea la tortilla de patata, las familias que pasan penurias o, allá vamos, el asturiano, el bable, la llingua, la parla asturiana.

Esta misma semana, el hijo de Emilio Alarcos ha abierto en la Universidad de Oviedo con pompa y boato un telón tras el cual llevaba tiempo fraguándose un sainete repleto de personajes extravagantes, de egos desmedidos y de escenas picantes. En apariencia, el argumento de esta apasionante comedia, con trasfondo académico y hechuras de revista musical, es el debate sobre la llingua. Pero lo cierto es que, tristemente, esa no es más que la excusa para que un nutrido elenco de académicos, con sus acólitos, se enzarcen en una pelea que lleva décadas enquistada y que tiene bastante más que ver con posiciones de poder que con un debate serio sobre lenguaje, literatura, identidad y territorio.

Miguel Alarcos y su madre, Josefina, torcieron el gesto durante la presentación de la antología de poesía editada por la cátedra que lleva el nombre de Emilio Alarcos. El motivo fue que una de las autoras, Raquel F. Menéndez, leyera un poema en asturiano. Alarcos hijo dijo entonces que aquello era una «deshonra» a la memoria de su padre y, ya en casa y bien caliente, escribió sobre el asturiano que era una «puta mentira que se aprovecha de la gente de bien y beneficia a políticos y a filólogos paletos».

La madre, Josefina, reaccionó a estas palabras reconociendo que razón no le faltaba a su hijo, pero también que le iba a lavar la boca con jabón por las formas empleadas: «Están cargando sobre sus espaldas un conflicto de hace 30 años», remataba. En realidad, quien ha disparado en las redes y ha ocupado el papel de vicetiple en este espectáculo es Menéndez, la poetisa. Y nació en 1993: quizás, entonces, no es que este conflicto se produjese en los 80 y haya resucitado ahora; sino que nació, se enquistó y ha estado distrayendo a los moradores de Filología en la Universidad de Oviedo y a no pocos satélites durante todo este tiempo.

Porque toda la academia se ha visto empujada a tomar partido con unos o con otros, pero se pueden contar con los dedos de una mano los que han atacado el fondo del asunto con rigor y amplitud de miras: en la nómina de cosas dichas esta semana ni una tiene que ver con lo supuestamente tratado. ¿Habrá que esperar otros 30 años?

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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