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Alejandro Carantoña

En funciones

Lujos

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El futuro ha llegado, y es un ascensor. Es un ascensor que se ha desarrollado en Gijón, para alborozo de cargos públicos de todo pelaje y rango que esta semana han visitado, con entusiasmo, el centro de investigación y desarrollo que una multinacional tiene en la ciudad. Allí, se ha repetido el guión tradicional en este tipo de acontecimientos: exaltación de la región como punta de lanza del progreso, hecho; proyección «mundial» de lo bien que lo hacemos en Asturias, hecho; recuerdo de la ingente cantidad de recursos y apoyos destinados al desarrollo tecnológico, hecho.

La víspera, a pocos kilómetros, en plena cuenca minera, podíamos presenciar otro acto de corte similar pero hechuras diferentes: digamos que la foto del ascensor gijonés es el antes —el entusiasmo, la proyección, a dónde vamos— y, la del centro Stephen Hawking de Barros, el después: la cruda realidad. El después es un centro destinado a personas dependientes —es público, y de competencia estatal— que, con suerte, abrirá sus puertas con cinco años de retraso (en 2016), tras una inversión que ya se acerca a los 15 millones de euros y un sobrecoste enjundioso. Abrirá con suerte porque, si bien en abril de este año el Gobierno eludía dar una fecha concreta de finalización y apertura, casualmente ahora, a poco más de un mes de las elecciones generales, ya se da por seguro que se abrirá en pocos meses. Veremos.

De nuevo, el guión previsto: allí donde unos ven sobrecostes, otros ven generosas inversiones; allí donde unos ven retrasos, otros ven impedimentos impuestos por las circunstancias; y allí donde se atisba una gestión dudosa, lo que queda son caras de circunspección y el compromiso de «seguir trabajando».

Cierto es que la foto del antes proviene de la empresa privada y la del después, de la pública, pero lo importante no es la comparación sino el uso del lenguaje, el planteamiento retórico. Sibilinamente, el mensaje que se transmite desde las administraciones es que todos estos proyectos son lujos: cuando se inyectan enormes recursos en desarrollo (y un centro como el de Barros lo es) o en cultura, se da a entender que es porque la región o el país gozan de buena salud. Un lujo asequible.

Así, existe una irresistible tentación, en política, de justificar los retrasos, la fuga de cerebros o el naufragio de cualquier proyecto que no sea de pura subsistencia aduciendo, implícitamente, que «no está la economía para derroches». Sin embargo, parece que logros puntuales (y ajenos) ayudan a hacer olvidar el maltrato sistemático a estos sectores: La última prueba de esta realidad paralela y preocupante se encuentra en los datos que el Instituto Nacional de Estadística publicó el pasado viernes.

Según la tabla de salarios medios brutos por profesiones, las actividades profesionales, científicas y técnicas perciben de media 2.129,6 euros y las artísticas, recreativas y de entretenimiento, 1.432,2 euros. Son salarios relativamente altos, teniendo en cuenta las situaciones de pobreza activa que se viven en otros sectores, pero son flagrantemente poco atractivos para profesiones ultracualificadas y que garantizan la supervivencia y progreso de un país: los sueldos medios de todo el sector público son más elevados que estos dos, y los del sector financiero superan con creces los 3.000 euros. Tenemos un problema, y es el enquistamiento del más ajado de los discursos: que sigue valiendo más la pena estudiar «algo de verdad» o sacar una oposición a ponerse creativos, a hacer cosas nuevas, arriesgadas, y sí, imprescindibles.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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