En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Primero, el ingeniero de las noches de España frente al televisor fue José Luis Moreno. Quizás Ramón García, o Chiquito. Murcia, qué hermosa eres. Luego, se dieron cuenta de que aquello era demasiado caro, y que podían obtenerse los mismos resultados —si no mejores— con fórmulas más simples: Gran Hermano, Operación Triunfo, algún saborcillo rosa al fondo. Más tarde vino Sálvame; y Belén Esteban, el más lucrativo invento en lo que llevamos de siglo XXI en España.
Han pasado dos décadas desde aquel momento en que se coló, entre gala y gala, un adusto cara a cara entre Felipe González y José María Aznar. Y ¿quién nos iba a decir que el señor que cantaba rancheras en la tele de al lado, ese, sí, Bertín, acabaría por entrevistar (o charlar, o merendar) con los sucesores de ambos?
A dos semanas de las elecciones generales, y con la campaña electoral empezada hace mucho tiempo, ya hemos tenido ocasión de ver a Pedro Sánchez subirse al carro de la política espectáculo para regocijo de los militantes del PP. Tan solo unos meses después de que esos mismos despedazasen a Sánchez por llamar a Jorge Javier Vázquez en directo, tuvieron que tragarse sus palabras de vuelta: Rajoy prefiere irse con Bertín Osborne a abrir mejillones y jugar al futbolín que debatir con otros candidatos —¿qué fue de UPyD?—.
El fenómeno televisivo de moda, inaugurado por Pablo Iglesias, es la política. Los todólogos de barra de bar ya no son solo un público potencial, sino un peligrosísimo público en formación construido a base de soflamas, argumentos sesgados y una falsa apariencia de debate: en realidad, lo que cambia esta nueva manera de comunicar política es una pervertida manera de hacerla, contaminándola y viciándola igual que en su día Operación Triunfo vició el mercado musical y que, poco después, los ‘megashows’ deportivos y rosas viciaron el periodismo. Ahora, ay, le ha tocado el turno a la política de altos vuelos.
Como damiselas desmayadas, casi todos los medios han salido en tromba contra esta forma de espectáculo —especialmente aquellos que se han sentido agraviados porque este o aquel candidato no llena sus cuotas de pantalla—. Y no han querido darse cuenta, hasta ahora que ya es demasiado tarde, de que son ellos quienes han alimentado esta forma pachanguera y gritona de discutir.
De todos ellos, posiblemente Rajoy haya sido el más listo y posiblemente por eso tenga tantísimas papeletas para ganar las elecciones de dentro de dos semanas: si algo hemos aprendido de los fenómenos televisivos es que atraen a un público hambriento de espectáculo y ávido de consumo gratuito, pero que a la hora de gastarse el dinero —extrapolemos: poner un papel en la urna— se vuelve reacio y tacaño.
Así, Rajoy se dosifica y juega, por desesperación o cálculo, a escapar al ruido blanco de las tertulias de sábado noche y a los debates-descuartizamiento. En su lugar prefiere subirse a bancos, patearse pueblos y comer mejillones con el cuñado de España, Bertín, en pos de proyectar una imagen de tipo atareado, tímido y cumplidor.
Sea como fuere, los programas electorales han dejado paso a los programas en hora punta. Esa, se le endilguen las siglas que se le endilguen, es la nueva manera de hacer política. O al menos, de hacer campaña. Pero ¿es la nueva manera de gobernar? Veamos: ¿Es Gran Hermano la nueva manera de relacionarse? ¿El Precio Justo de gestionar la economía? Pues eso.