En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
A veces es importante no olvidar que el mundo no se ha acabado. Hace exactamente cuatro años, la prima de riesgo española comenzaba su escalada hasta aquellas cotas dignas de rescate que hoy parecen un chiste que nadie quiere recordar. El apocalipsis se cernía sobre nuestras cabezas, y el IVA a la Cultura ni siquiera había sobrepasado aquel 10% en el que entonces dormitaba tan afable y tranquilo. Hoy, pincha y muerde en el 21% y aquí seguimos, más mal que bien.
El argumento conocido como «de la pendiente resbaladiza» implica tomar una afirmación o situación y proyectar sus consecuencias hasta el infinito, como si de Donald Trump, el magnate estadounidense metido a candidato a la presidencia de Estados Unidos, se tratase. Trump ha encerado la pendiente él solo: por lo pronto, le va a prender fuego al Corán y va a bombardear cualquier cosa a más de veinte metros de Estados Unidos que se le antoje. En el país hermano, igual que nosotros cuando Rajoy intentaba tranquilizarnos en su momento, se están empezando a poner nerviosos al respecto.
En Francia asistimos a un ataque de pánico similar, también en torno a 2011, cuando el fascista Jean-Marie Le Pen decidió no morirse y, en su lugar, encasquetarle al pueblo francés a su hija para que mantuviese la llama del odio candente. Y al final, ni la Península se ha hundido ni Francia ha dejado de ser lo que era —para bien y para mal, y ahora más que nunca—; sino todo lo contrario.
Con Trump, «esa pelurcia», que dice un buen amigo, ocurre tres cuartas de lo mismo: que ni va a ser presidente de los Estados Unidos de América ni va a conseguir nada que pueda afectarnos a nosotros, occidentales, más que en subidas y bajadas de céntimos al echarle gasolina al coche. Es decir, que no va a pasar nada.
Lo mismo ocurre si hablamos de nuestras elecciones del fin de semana que viene, que entroncan con los últimos cuatro (movidos) años que hemos vivido los culturetas españoles. Cuando nació la posibilidad de una hecatombe cósmica en forma de maldición bíblica (o presupuestaria, incluso), todos parecían afirmar que era algo inevitable y que iba a suceder; pero ahora, a las puertas de unos comicios reñidos y más multitudinarios que una fiesta de prao, parecen empezar a desearlo simplemente para haber acertado en sus pronósticos. Es decir, no ha pasado nada.
Algo ocurrió en los años 90, y en los 2000, en los Balcanes, en Oriente Próximo y en Europa del Este para que efectivamente se produjese una explosión. Algo, efectivamente, cultural. Algo que se supone que nos iba a ocurrir a nosotros ahora. Y que no. Aquí, parapetados tras una frontera invisible —y cultural, otra vez—, no es tan probable que nos arrase una ola de aquella magnitud o de la que hoy padece Siria, pero hemos llegado al punto de vivir en perpetua alerta, llámese la supuesta amenaza como se llame. Que el New Yorker tema a Trump hasta el extremo de hacer una campaña contra él solo significa que alguien cree posible que semejante mentecato corone su trayectoria empresarial con la presidencia de los Estados Unidos, cuando estados —que no culturas— tan dispares como Venezuela, Colombia, Uruguay o Cuba han sabido reconducirse y adaptarse a este mapa que baila sin parar.
En la madurez de las culturas (y de eso sabemos un rato los españoles: no digamos ya los asturianos) está la clave del cambio tranquilo. Curiosamente, la clave está en esa Cultura de la que nadie habla en campaña: Trump, desde luego, no lo hace. ¿Por qué será?