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Alejandro Carantoña

En funciones

Puré de siempre

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Como el año pasado, ¿no? Ver el discurso del Rey, aunque sea otro y en otro lugar. Criticarle entre la algarabía de los primeros fiambres; aplaudirle con los entremeses. Comer turrón, acabar de cenar pronto pero mucho, ver a los amigos. Comer puré de patata —el mismo— con la carne. Caldo en Nochebuena, solomillo en Navidad. Una foto de familia y correos para todos. Billetes de Lotería rotos. Felicitaciones y la sensación, paseando para bajar la cena, de que nada se ha movido lo más mínimo, aunque las portadas del mañana (y las de ayer) digan que el mundo se derrumba bajo nuestros pies y que vivimos una situación «insólita». España se rompe.

Están los olvidados, también, que en estas fechas se vuelven los más presentes: quizás todos hagamos un mayor esfuerzo por disfrutar la Navidad para que su ruido tape al de los que cenan solos, a los que pueblan las calles desiertas mientras que en otros sitios se encienden más luces que de costumbre: ya tras el primer plato se ponen lavavajillas para que no se amontone la basura. El equilibrio, en el fondo, es el mismo que ha preñado todo el resto del año, solo que ciertas cosas se hacen más presentes en este puñado de días.

Esta semana que termina ha sido la última (completa) de 2015. Todo apuntaba a que íbamos a sentarnos a hacer balance, a que íbamos a recordar y planificar, pero no lo hemos hecho porque ya había bastante con seguir la Lotería y que los niños abriesen el cava: ha tenido que salir el Rey sentado en su trono a hablar de lo que nos une para recordar que nada, nada esencial, es especialmente distinto que el 24 de diciembre de 2014.

Porque los letreros en una rancísima Times New Roman blanca y ese himno de tempos plomizos y ese escudo solo son el preludio de un tono monocorde, institucional que no viene a cambiar gran cosa; sino que es, más bien, como el Belén: un vestigio de identidad imborrable en el que entran y salen pastores, pero que damos por sentado tanto como damos por sentado el puré, el silencio tras la cena y la promesa de que vienen los reyes, las reinas o lo que quiera que pinte.

Quizás es que disfrutamos pensando que el año que viene habrá pescado en lugar de carne; que los langostinos congelados se van a metamorfosear en oricios; o que podemos coger el toro por los cuernos y hacer una guarnición distinta del puré de marras.
Pero no, nada cambia. Para bien o para mal —seguramente para bien: conforta saber cómo empieza un año y acaba el siguiente— todo sigue igual. Cataluña donde estaba, el Congreso con 350 sillas y un noséqué que nos sigue empujando a hacer lo mismo, en el mismo sitio, a la misma hora y el mismo día. Y eso sí que no se mueve: feliz 2016.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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