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Alejandro Carantoña

En funciones

Eco en un seto

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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