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Alejandro Carantoña

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Enfadados

Son demasiadas las casualidades: que hayamos traspasado hace días la barrera de unas nuevas elecciones generales; que hoy sea festivo y el día internacional del trabajo; que estemos a dos semanas de cumplir cinco años del movimiento social que iba a refundarlo todo sin que nada, en lo sustancial, haya cambiado.

Cualquiera, por muchos motivos, tiene razones para estar enfadado. Para manifestarse hoy y meditar profusamente mañana, o empezar a reflexionar a tenor de lo que viene: en Asturias estamos a punto de ir a votar ni más ni menos que por sexta vez en menos de cinco años, a introducir en total once papeletas en las urnas en tan poco tiempo. Mensaje clave, decían. Cambio necesario, insistían.

Pero no ha cambiado nada, o nada de lo sustancial. El proyecto de esta generación (no se confunda este proyecto con el político o el social) empezó a cocinarse en los años universitarios, allá por el boyante final de la década anterior. Luego cogió inercia una nueva manera de entender, de mirar, incluso de narrar el mundo con la emergencia de las redes sociales y de los nuevos canales de comunicación. Y ahora aquí estamos, sobrepasada la mitad de la década siguiente sin que las esencias se hayan visto alteradas en prácticamente nada. Solo algo más reblandecidas, distraídas.

O quizás sí: es posible que la cultura del pelotazo, la que hemos ido dejando atrás, empiece a dejarse sentir en la generación de los más jóvenes en estos últimos tiempos. Quizás nos relajásemos demasiado cuando teníamos que estar inquietos, en puro movimiento. Es decir, ahora que ya se nos supone lo suficientemente leídos, formados, informados y cuajados como para empezar a plantearnos tomar el relevo no de unos colores políticos o de los otros, no, sino de una generación y una cultura que se agota, no hemos sido capaces de hacerlo. Todavía.

Porque puede que más que agotarse, esa cultura y manera de hacer pida a gritos marcharse a descansar después de haber hecho lo suyo. Y, sin embargo, hastiada y harta, se ve en la tesitura de tener que seguir dialogando con nosotros durante unos años más. La asunción de responsabilidades nos ha venido grande, a los jóvenes, y tal vez nos haya llegado demasiado pronto. Todo parece indicar que la respuesta a nuestras cuitas se encuentra más en el 26J que en el 15M.

Apenas estamos hablando de la indignación que cunde en las calles de Francia. Posiblemente nos pille lejos o puede que, igual que ya ocurrió en movimientos precedentes, veamos sus reivindicaciones y avatares como problemas menos auténticos que los nuestros. Es posible que la brecha cultural (en cuanto a las lecturas, al desarrollo de un pensamiento genuinamente crítico) se haya agrandado porque ya casi no escribimos, porque ya hemos investido a la televisión, al cine o a la música de poderes presuntamente políticos e institucionales que nunca ha tenido hasta ahora. No es demasiado atrevido aventurar que esta desorientación que nos lleva de una urna a la siguiente tiene mucho, demasiado que ver con que la reflexión está en horas bajas. Eso no está tan de moda, no nos apetece tanto como debería agarrar algunos toros bravos por los cuernos y tomar posesión de los tiempos, en lugar de ventilar banalidades en las redes sociales como si fuesen el fin del mundo. Puede que los discursos no se hayan empapado bien de literatura; que la reivindicación y la canción no casen tan bien como decían; que nos falte relato y peso y conciencia; puede que tengamos que empezar por repensar toda esta revolución. Pero rápido: apenas tenemos dos meses.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 1 de mayo de 2016.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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