Cada vez que alguien de fuera intenta entender Asturias, cómo lo hacemos aquí, se le puede llevar a la avenida de Portugal, en Gijón. Es una de las historias más sencillas e ilustrativas: Corría el año 2011 cuando surgió una plataforma de vecinos del barrio de Laviada, que reclamaba que la famosa avenida volviese a ser de doble sentido —había dejado de ser de sentido único unos años antes—. Recogieron firmas, más de mil, y en poco tiempo lograron que el recién llegado equipo de gobierno de Foro Asturias cumpliese sus deseos.
Al cabo de diez minutos, surgió otra plataforma que exigía el retorno de la avenida de Portugal al sentido único. Recogieron firmas, más de mil, pero esta vez el Ayuntamiento se limitó a dejarlo como estaba. Le echaría humo la cabeza.
Este viene a ser el tenor de prácticamente cualquier decisión importante —o no— que se tome en esta región: primero se condensan apoyos en un sentido; luego se suman en el opuesto y al final todo sigue como estaba, pero con un desgaste de energía suficiente para agotar los debates fructíferos. Como complemento, varios vecinos pueden haber dejado de hablarse y se insultan por la calle.
Es exactamente lo que está ocurriendo, en la última de las muchas refriegas entre Principado y ayuntamientos, con el caso de la Cineteca de Laboral y con el Festival Internacional de Cine de Gijón. Tras el maremoto que provocó la semana pasada el anuncio del nacimiento de la Cineteca, el nada casual director del nuevo ciclo, José Luis Cienfuegos (defenestrado ex director del Festival de Cine de Gijón) declaraba, cándidamente, que no veía «qué tiene de malo» el proyecto.
De malo no tiene nada, ni el Festival tampoco. Tampoco estaría de más que Frank Gehry le pegase una vuelta al Autocine, ya puestos: completaría esta recién nacida y entusiasta fijación de todos los partidos, organismos, instituciones, confiterías, tiendas de animales, librerías, clubes de aeromodelismo, teatros, equipos de fútbol, baños turcos y fruterías varias por tener su propio ciclo de cine (y su media maratón).
Podría argüirse que toda esta situación se remonta a la aparatosa llegada de Foro al Ayuntamiento de Gijón, que conllevó la fulminación de Cienfuegos y de todo su equipo. Entonces empezó cierto trasvase desnortado, de tintes indudablemente políticos, que ha acabado por desembocar en una competición abierta, encarnizada y totalmente estéril entre partidarios y detractores no de escuelas cinematográficas (eso sí que sería espectacular), sino de partidos políticos, maneras de hacer e incluso afinidades personales. El rodillo forista, encarnado en la personal manera de entender la Cultura de sus responsables, provocó una atomización cultural que cinco años después ha acabado por convertirse en una carrera ensimismada, violenta y prescindible por imponer un modelo sobre otro.
Eso se escondía detrás del descabezamiento de Cienfuegos y eso se encontraba, asimismo, detrás de todos los devaneos posteriores con el séptimo arte, hasta recalar en este. Lo peor es que, en efecto, un proyecto como la Cineteca —que puede aportar valor a raudales con el mínimo esfuerzo— es buena idea y va a dejar de serlo rápidamente. En el momento en que se convierta en un caballo de batalla política, para ser exactos. Esas cosas no solo casan mal siempre, sino que opacan el talento y convierten algo tan fructífero como comprar una entrada de cine en un acto político. Si hasta para eso va a haber que leerse un programa electoral, vamos mal.
Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 15 de mayo de 2016.