Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 9 de junio de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.
Treinta señores de cien kilos son difíciles de ubicar en un escenario como el del Campoamor: quizás, por eso, el jurado del Premio Princesa de los Deportes haya preferido elegir solo a uno que en fuerza, potencia y determinación parece contenerlos a todos. Y que, encima, es español. Se trata del triatleta Javier Gómez Noya, que ayer se impuso a la selección neozelandesa de rugby y a otras dieciocho candidaturas y que, por tanto, rubricó el carácter eminentemente patrio que tiene este galardón.
Con este fallo el jurado, no sin polémica, ha preferido en exactamente el 50% de los 30 casos candidaturas españolas sobre otras, extranjeras. Quizás porque somos los mejores del mundo —o lo hemos sido— en disciplinas varias, o quizás porque el lobby deportivo es mucho más poderoso que cualquier otro.
Pero seguramente sea porque Gómez Noya es uno de los personajes más premiables del panorama actual, preñado por lo demás de campañas publicitarias y distracciones diversas (¿o acaso, de haber estado más cuajada la afición al rugby en nuestro país no hubiéramos tenido haka en el campo San Francisco?). Noya, por su lado empezó peleando por el mero hecho de poder competir debido a las discrepancias médicas sobre su anomalía cardíaca y ha acabado siendo el máximo exponente del triatlón mundial, sin grandes alharacas. Hasta esta, y bien merecida, por todos aquellos olvidados o rotos en la durísima vida del deportista de élite en España.
Su premio también supone, en alguna medida, un reconocimiento a la mesura y al conjunto, tan poco de moda: al tiempo que su disciplina, el triatlón, se convertía en deporte olímpico en el año 2000, los Premios Príncipe ensalzaban la figura de un perfil excesivo, casi imposible, como era el de Lance Armstrong (que, por cierto, no acudió a Oviedo a por su escultura de Miró). Es decir, por una vez se ha orillado el carácter hipermediático de este premio (Selección Española de Fútbol, hermanos Gasol, etcétera) para otorgarlo a un perfil discreto pero rompedor, potente pero equilibrado.
Ojalá, si no es mucho desear, se diesen las condiciones oportunas para que el resto de categorías más individuales, o ad hominem (Artes, Letras, Ciencias Sociales…) tuviesen en su palmarés a más españoles. A los deportistas hay que premiarlos deprisa, antes de que se retiren, y con la ventaja que aporta la objetividad de los campeonatos ganados; pero en el resto de casos, la cosa se complica y exige de baremos mucho más flexibles.
Es entonces, cuando no queda otra más que asirse a las largas trayectorias o al prestigio internacional, cuando los jurados empiezan a mirar allende nuestras fronteras y terminan por premiar talentos indudables, pero que no necesariamente rebasan a los nuestros. El de Deportes, sin embargo, no necesita más que del fulgurante palmarés patrio para justificarse: ojalá más como Noya en más disciplinas, que inspiren e infundan en otros campos lo que él ha provocado en el triatlón.