>

Blogs

Alejandro Carantoña

En funciones

In absentia

Como ahora ya no tocan setas, la gente sale a por Pokémons. La gente se ha vuelto absolutamente loca, de Sydney a Los Ángeles y de Sevilla a Estocolmo, en apenas una semana.

Resulta que hace unos días la compañía de videojuegos Nintendo ha lanzado un nuevo juego, llamado ‘Pokémon Go’ que traslada al mundo real aquel universo de bichitos entrañables (Pikachu, y eso) que vivían en las consolas portátiles a principios de siglo. El invento consiste en que, mediante el servicio de geolocalización de Google —ay— y la cámara del teléfono inteligente, es posible recorrer la ciudad buscando a las criaturas, capturándolas e interactuando con otros usuarios. Por las redes corren imágenes de hordas y hordas de gente mirando el mundo a través de sus terminales, hasta que la batería se agote, a la caza de nuevos y valiosos especímenes.

En estos días, el valor de las acciones de Nintendo se ha multiplicado por dos y la aplicación ha rebasado cualquier expectativa: parece ser que ya tiene más usuarios que Twitter. El éxito, como ya viene siendo habitual, está por tanto en su capacidad de abducción: el asunto es adictivo, el asunto está de moda y ha brindado una nueva y masiva excusa para hiperconectarse, para mirar este mundo desde una perspectiva filtrada y cómoda.

Los teléfonos inteligentes, que iban a servir para estar mejor comunicados y para seguir, sobre la marcha, un atentado terrorista en Niza sin que cundiese el pánico por el país entero o para mitigar los efectos de un potencial golpe de Estado en Turquía, se han convertido en herramientas sedantes, narcóticas.

Porque detrás de la espectacular revalorización de la compañía se encuentra una apostilla clave: «De momento». «De momento» es gratis. «De momento», y solo «de momento», es un entusiasmante y altruista proyecto para que el mundo interactúe y pase un buen rato. Una vez constituida la plataforma —cuyo potencial reconocen los mercados— vendrán las andanadas publicitarias, el ordeñamiento de la base de fieles. La monetización, que dicen los expertos en estas lides.

Pero el precio, en esta huida hacia lo fácil y a lo inmediato, ya es altísimo e irreparable: donde antes se podía encender y apagar, empezar y terminar, ahora se proponen cada vez más experiencias y sistemas inmersivos, sin fin, perpetuos. El teléfono vibra en el bolsillo cuando haya un bicho cerca, y más vale estar atentos para no perder la posibilidad de capturarlo. O sea, que donde antes se entregaban horas a la concentración, a lo lento, cada vez más nos dejamos seducir por la ambrosía de lo veloz, de lo que no requiera especial esfuerzo: por algo lo llaman «realidad aumentada».

Realidad dopada, en cambio, por poderes no necesariamente oscuros, pero sí interesados que la inmensa mayoría de usuarios no se ha parado a ponderar. No hay compañía que no busque crear una masa del tamaño de una religión, para luego exprimirla y obtener los mayores beneficios posibles de ella. Que las nuevas adicciones aún no tengan coto, que no estén del todo diagnosticadas ni claras, no significa que no lo sean: suena casi reaccionario proponer sentarse a palpar un libro, a dejarse mecer por una ópera, a asistir a un concierto y charlar con los asistentes. Los espacios van siendo invadidos y no es motivo de entusiasmo, ni de alegría: es un acto de adocenamiento.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


julio 2016
MTWTFSS
    123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031