No hay noticia de si el centenar de personas que se topó la Reina cazaban monarcas o pokémons: su Majestad, a la salida de la inauguración de los cursos de verano de la Fundación que preside con el Rey, en Oviedo, este viernes, tuvo que saludar a decenas «a pesar de la lluvia», narraba la crónica. Como si la lluvia fuese ya un impedimento para nada.
Dentro, habían hablado ella y el violonchelista Asier Polo, en una defensa encendida pero algo derrotista de la música (mal llamada) clásica ante el reguetón que barre el verano. Así, a la salida, se hacía difícil saber qué género consumían esencialmente los viandantes: ¿querían la foto o celebrar su monarquía?
Lo que propusieron, entonces, viene siendo una reivindicación casi atávica en el mundo de la lírica y de la cosa sinfónica, barroca, añeja: llegar a toda esa gente que paga 100 euros por asistir un concierto de Coldplay o de U2 para grabarlo con su teléfono inteligente, pero que encuentra prohibitivo dejarse 50 en ver un buen Verdi. Para colgarlo en Instagram, para relatarlo en Facebook o para ironizar al respecto en Twitter, pero no forzosamente para gozar del espectáculo como se concibió originalmente.
Hace diez días, el Teatro Real se lió la manta a la cabeza y propuso una función de Puritani, con Javier Camarena y Diana Damrau en los roles principales, a través de pantallas gigantes y, por primera vez, de Facebook. Las fotos eran elocuentes: de Viena a Madrid y de Sevilla a México los auditorios rebosaban espectadores quizás temerosos, quizás empobrecidos que no se atrevieron o no pudieron pagarse la butaca.
La iniciativa fue un éxito, sin duda, pero un éxito con matices. Un éxito en la medida en que, como reivindicaba Polo e imploraba la Reina, gente que vive con la cabeza metida en la inmediatez de su teléfono, enamorada del brillo de su pantalla, se detuvo durante tres largas horas a saborear las melodías de Bellini.
Puritani, con todo, es la ópera más anti 2.0 que se pueda concebir: la acción que contiene cabría en un cortometraje de 3 minutos y la parsimonia de sus arias y coros, que parecen interminables, se antoja la pesadilla de cualquier experto en redes sociales. Sin embargo, pasada la pausa, sorbido el vino, se obra el milagro de la ralentización: el cantar atento de Camarena y la teatralidad exacerbada de Damrau se apoderan del escenario, agarran por la solapa y hacen olvidar que estamos incomunicados durante horas, mecidos por partituras inmortales y seducidos por el prodigio de la voz humana.
Se oficia el elogio de lo lento, del «tortuguismo» que tanto parece amenazar a instituciones de rancio abolengo —como la propia Casa del Rey, como la institución del violonchelo— pero que en el fondo las hace imperecederas. Vivimos un tiempo en que el éxito repentino (el de los pokémons, que ha sido más instantáneo que un café soluble) hace, a veces, perder el norte a quien siempre se empeñó en tenerlo: la Reina insistía en que a los jóvenes se llega por los ojos; Polo, en que hay que buscar fórmulas para seducirlos; fuera, los móviles y cámaras enhiestas solo buscaban su souvenir. No hacía falta más: ambos parecían haber olvidado qué han defendido hasta este momento y cuáles han sido sus activos. Quizás por no creer lo suficiente en sus instituciones; quizás por sentirse amenazados por un mundo que corre hasta tropezarse consigo mismo. Quizás, porque no haya que hablar tanto de lo que no tienen como de lo que sí, de lo tangible, de lo mundano. Quizás, porque lo lento también merezca su altar.