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Alejandro Carantoña

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Hablar literatura

Quizás en una semana como esta procedería llevarse las manos a la cabeza por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, pero no merece la pena. Primero, porque ya está entregado. Y segundo, porque ya se ha dicho bastante más de lo que había que decir al respecto.

Sin embargo, conviene reparar en que las violentas reacciones que han seguido al fallo han venido a unirse a un coro, uniforme y cacofónico, de griteríos literarios que han marcado este principio de curso editorial. Poco se ha dicho y reseñado sobre algunos títulos estupendos, pero sí han corrido ríos de tinta con los, incluyendo el caso Dylan, cuatro culebrones librescos del último mes.

Empecemos: Alfaguara ha empezado a publicar, tras una sonada pugna de derechos, la obra completa de Roberto Bolaño, de la que se había ocupado la editorial Anagrama desde que su editor, Jorge Herralde, descubriese a Bolaño. A raíz de este acontecimiento, que al lector medio no le interesa en exceso, Ignacio Echevarría, amigo y colaborador de Bolaño, escribió un durísimo artículo en un suplemento cultural contra la viuda del autor chileno. A partir de ahí, las ascuas de una disputa que dura ya tres lustros se reavivaron, para solaz de no pocos blogueros, columnistas y colegas de profesión.

Seguimos: Ya en octubre, un periodista de investigación logró desbrozar una pila de cuentas económicas, descubrió algunos movimientos inmobiliarios y, al fin, consiguió desvelar la identidad de Elena Ferrante. Ferrante, una autora de éxito internacional, no era más que un pseudónimo hasta entonces, y un gran misterio. Con todo, en sus contadas comparecencias y declaraciones públicas había justificado su decisión escudándose en la importancia que quería dar a la obra y no a su rostro, a su nombre real. Efectivamente, como modo de protesta contra la crítica actual, a la que acusa de estar más condicionada por el nombre del autor impreso en la portada que por el contenido de las obras. Una semana más, columna hecha.

Por fin, en tercer y penúltimo lugar, prácticamente el mismo día en que estallaba el caso Ferrante, encontramos la consabida novela de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. La novela, que es tal y que, se advierte por doquier, es pura ficción, lleva a la fallecida García Morales hasta en el título, lo cual provocó la furia de su ex pareja superviviente, Víctor Erice. Este escribió un texto en el que se fajaba con el libro, con Navarro y de refilón con buena parte de los medios de comunicación españoles.

Parecía que ya podíamos pasar a hablar de otros asuntos con calma cuando se destapó que quizás no haya premio Cervantes el próximo año por la torpeza administrativa y la inquina política de dos ministerios y, antes de poder volver a tomar resuello, resulta que la Academia decide concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Solo falta que el por lo demás prudente Ildefonso Falcones, que está promocionando su último éxito de ventas en potencia, se descuelgue con alguna frase sobre Rajoy o sobre Cataluña, o que a Donald Trump le dé por publicar unas memorias, para que nos plantemos cómodamente en Navidad hablando de literatura sin necesidad de haber abierto un solo libro: con el gusto y las alegrías que nos iban dejando en las librerías, qué ganas de enzarzarse en más debates sin fondo, en más cuchicheos sin demasiado recorrido. Algo pasa en las letras cuando, al paso al que vamos, se habla más que se escucha; se escribe (bastante) más que se lee.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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