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Alejandro Carantoña

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Rufus Wainwright, en versión original

Bromeaba Rufus Wainwright, mediado su recital del domingo en La Laboral, con que ha escrito ópera, se ha mudado a California… Y solo le queda ganar un Nobel. No escatimó en chanzas: hubo para un masajista, para Dylan, para Cataluña («Es un placer estar oficialmente en España», rió tras haber actuado en Girona y Sant Cugat), se acordó de Victoria de los Ángeles y rindió a un público variopinto él solo, con su voz y sus letras y su gracejo. Le rieron todo, pero se adivinaba algo de desconcierto—comprensible— cuando se extendía: anunció una canción inédita y, sorprendentemente, poco público reaccionó. Quizás por las dificultades de comprensión.

Rufus Wainwright, en Gijón, el pasado domingo. Foto: Jorge Peteiro.

Candles, que casi sonó a himno, sirvió de preludio al generoso repertorio que presentó: variado, equilibrado, investido de un sonido redondo y una voz perfecta y, por suerte para unos y desgracia para otros, extraordinariamente narrativo: se antojaba difícil disfrutar de la experiencia sin un dominio suficiente del inglés y francés, sus dos lenguas de batalla. Construyó sin impactos, sin golpetazos, sin momentos que entresacar de un todo: simplemente se sentó al piano, agarró la guitarra y nos invitó a transitar estampas al modo Springsteen, «del punto A al punto B», aunque sin la pirotecnia del Jefe. Hora y media más tarde, el trayecto estaba completado.

Ni siquiera es especialmente diestro como instrumentista —plancha los acordes de guitarra con tosquedad; y su manejo del piano apenas incluye dinámicas—, pero es tan inteligente como vocalista y artista, y tan acertado componiendo, que con solo dos canciones ya logra marcar el paso y no dejarlo decaer.

Allá le echen un soneto de Shakespeare, se enzarce con Gay Messiah o proponga un fragmento de su primera ópera, Prima Donna, exhibe el vigor de los grandes: uno tan frágil e inocente como capaz de hacer callar al auditorio sin que se oiga ni una tos.

Algo había entre el público de predisposición, seguro, (¿de verdad hace falta fotografiarle constantemente?), que él supo alimentar y aprovechar (Going to a town), pero también de conexión sobre la marcha, de seducción bien trabada a base de hablar lo justo, tocar lo necesario y creer en sus canciones como si las acabase de componer. Eso, inevitablemente, traspasaba el escenario, si bien es cierto que en un formato tan desnudo era imposible vencer la mayor de las barreras: la lingüística. Ojalá vuelva con banda, vuelva con más, pero vuelva.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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