El otro día, Carlos Alsina le preguntó a Mariano Rajoy cuál de las películas españolas nominadas a los Goya era su favorita. Rajoy dudó un instante, quizás tentado de decir un título al azar. Luego, reconoció que no veía cine («para mi desgracia»); que tenía que contentarse, en cambio, con leer novelas. Varios creadores reaccionaron, como era previsible, invitándole a que se aficionase al séptimo arte.
En las antípodas, esta misma semana a Joaquín Sabina le han caído palos a raíz de la publicación de su nuevo sencillo, Lo niego todo, entre otras cosas por su amarga queja por la voracidad del «tiburón de Hacienda». También ha sido la semana en que el editor y periodista Ramón González Férriz se preguntaba, en una columna, si los trabajadores del «mundo de la cultura» (signifique lo que signifique eso) merecen el estatus privilegiado que al parecer reclaman.
Todo ello, regado con las primeras polémicas que rodean a los premios Goya, que se entregan la semana que viene: Mediaset ha anunciado un boicot por el patrocinio de una marca, condenada, que entra en conflicto con uno de sus anunciantes; y el presentador Dani Rovira, a su vez, ha adelantado que no habrá política en la gala.
Bien agitado, el cóctel resultante da una medida precisa de la cada vez más complicada relación de Gobierno e instituciones con eso que Férriz llama «el mundo de la cultura»: Rajoy no tiene que ir a ver cine porque le guste más o menos, porque tenga más o menos tiempo, sino porque es su obligación. Igual que lo es leer libros, acudir al teatro, escuchar conciertos y visitar museos, anunciar infraestructuras o visitar ganaderías. Sí, el «mundo de la cultura» merece un trato especial.
No mejor, sino especial, distinto de todos los demás, porque se trata de un sector distinto de todos los demás, aunque igual de estratégico en la configuración de cualquier cosa. En él residen las respuestas a tantas y tantas cuestiones y, en efecto, está regido por unas normas muy particulares. Es un ámbito nivelado por lo bajo, obviado desde la fiscalidad que trata a las letras, las artes escénicas y las pictóricas exactamente igual que a la fabricación de chorizos o al cultivo de cereales; y ninguneado desde el punto de vista administrativo: se reparten ayudas y se diseñan modelos de inversión mucho más específicos, adecuados y abundantes en cualquier otro campo. ¿Por qué?
La culpa es de Sabina y del cine español, arguyen muchos. De la tribuna política, de la verborrea opinatoria de los más visibles, que han convertido al «mundo de la cultura» en una camarilla de personajes ideologizados, prescindibles, quejicas y ajenos a lo que pasa en el mundo real. Esa costra, que supone un porcentaje ínfimo de quien vive por y para la cultura, ha servido para escamotear una perspectiva total y para ahuyentar el entendimiento para con esta realidad compleja: en cambio, nos vemos sumidos en unos vaivenes insoportables según soplen los vientos políticos.
En eso, el «mundo de la cultura» sí es profundamente especial: especial porque es el único en el que no existe un suelo que ningún gobierno se atreverá a traspasar (se arrasan equipamientos e iniciativas con una alegría pasmosa), ni un techo que otros atraviesan con igual entusiasmo en los tiempos de bonanza. Es el más desorientado, el menos fijado, el más salvaje en sus subidas y bajadas. Ya que es pedir demasiado que el Ministerio de Cultura ejerza como tal, bajo cualquier circunstancia y color, que al menos no lo sea que el presidente vaya al cine. Eso no es tanto pedir.