Esta vez, Mateo Feijóo ha tenido la suerte y la desgracia de que Manuela Carmena sea alcaldesa de Madrid: al programador lo ha nombrado director de las naves del Matadero, recién desligado del Teatro Español, una comisión «podemita». Su suerte y su desgracia son que una rueda de prensa como la de esta semana era todo lo necesario para una buena bulla contra él, Carmena y las consabidas Celia Mayer y Rita Maestre, que ahora se encuentran en el brete de reconducir la situación y apagar fuegos por muchos frentes: ellas, y su partido, se están llevando la peor parte. Los principales problemas tienen que ver con las fundaciones de Max Aub y Fernando Arrabal, agraviadas por la propuesta de suprimir sus nombres de un par de salas del recinto; con los gestores culturales, que estiman un error inevitable quebrar el lazo entre el Teatro Español y esta sucursal; y con el sector teatral capitalino y patrio, prácticamente ausente en la propuesta de Feijóo.
No es la primera vez que ocurre algo parecido, y por eso la comunidad creativa madrileña hará bien en ponerse en guardia: Feijóo dirigió durante tres años el Teatro de la Laboral, entre 2007 y 2010. También en Gijón hizo una propuesta rompedora y vanguardista, amplia, que incomodó a la comunidad teatral de la región; también en Gijón contó con el suficiente respaldo político como para llevar a cabo su propuesta; y también en Gijón ha ocurrido que todo su trabajo se lo ha llevado el viento. No se ha aprovechado nada: se piense lo que se piense de su propuesta, un desperdicio a todas luces.
Concretamente, la relectura de la nota de prensa en la que se le despedía en julio de 2010 provoca sonrojo desde nuestro tiempo. Allí se dice de él que había creado «una línea artística que ha sabido complementar la programación de los teatros de nuestra región y posicionar al Teatro [de la Laboral] en los más destacados circuitos de creación escénica contemporánea europea», y también que había sabido «tender un puente que nos conecta con la cultura como centro de experimentación y como plataforma para desarrollar e investigar la cultura de frontera, la que genera avances, cambios, nuevos conceptos y nuevas miras, y la que podrá ser capaz de atraer y crear nuevos espectadores».
Son palabras que suenan (que sonaban) muy bien, pero que con el peso del tiempo encima se presentan vacías, huecas: de aquello no queda absolutamente nada, nada más que un teatro apetecible, poco aprovechado y sin dirección efectiva. Podrían haber quedado rescoldos, haberse aprovechado algo —o no, ese no es el asunto— de haber asumido las palabras sobre Feijóo y transformarlas en un hecho, en un plan a dos, cinco, diez, veinte años vista que nos consolidase como el Avignon de la Cornisa Cantábrica. No ocurrió.
Así que a lo mejor la preocupación de los creadores madrileños no es tan corporativista y ciega como para estar implorando por que les cubran de subvenciones y les cedan un espacio de primer orden gratis, sino una inquietud, verbalizada por Mario Gas entre otros, para con el hecho de que se derruya todo lo construido hasta ahora: Matadero fue un esfuerzo sostenido y para nada exento de dificultades en la construcción de una imagen y un público, que ahora no se puede desdeñar. Pero es que además (esto es lo triste) la experiencia nos ha demostrado que en España no sabemos dar giros de rumbo súbitos. En Asturias lo sabemos bien: ni un asalto, encarnado en el breve gobierno de Foro, aguantó el modelo anterior.