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	<title>En funcionesCensura &#8211; En funciones</title>
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		<title>No controles</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Sep 2017 18:36:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura & Sociedad]]></category>
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		<description><![CDATA[Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con No controles, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había Ocho apellidos vascos, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con <em>No controles</em>, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había <em>Ocho apellidos vascos</em>, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca iba a poder hacer: se llamaba <em>Fe de etarras</em>.</p>
<div id="attachment_5282" style="width: 310px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://blogs.elcomercio.es/enfunciones/wp-content/uploads/sites/28/2017/09/fe-etarras-kxlE-U40832873634lDH-624x385@El-Comercio.jpg"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-5282" class="size-medium wp-image-5282" src="//blogs.elcomercio.es/enfunciones/wp-content/uploads/sites/28/2017/09/fe-etarras-kxlE-U40832873634lDH-624x385@El-Comercio-300x183.jpg" alt="El cartel de la discordia.\EFE" width="300" height="183" srcset="https://blogs.elcomercio.es/enfunciones/wp-content/uploads/sites/28/2017/09/fe-etarras-kxlE-U40832873634lDH-624x385@El-Comercio-300x183.jpg 300w, https://blogs.elcomercio.es/enfunciones/wp-content/uploads/sites/28/2017/09/fe-etarras-kxlE-U40832873634lDH-624x385@El-Comercio.jpg 623w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a><p id="caption-attachment-5282" class="wp-caption-text">El cartel de la discordia.\EFE</p></div>
<p>Contaba Cobeaga que poco importaba cuántos espectadores llegase a acumular. En España, reflexionaba, nadie se atrevería a financiar un proyecto como ese por el revuelo que se montaría, y con los muertos de ETA aún demasiado recientes. Puso como ejemplo de la sinrazón española una película que se había estrenado en Reino Unido dos meses antes, <em>Four Lions</em>. Aquella joya se reía abiertamente del terrorismo y de la paranoia post 11 S y de los inmigrantes reconvertidos al islam radical por moda: son torpes, son decididos y no dan una. El final, con todo, es amargo y deja una reflexión valiosa. Es una película recomendable, valiente y, en efecto, impensable por estos lares.</p>
<p>Volviendo a Cobeaga: razonaba por tanto que nadie le iba a pagar su película. Ahora, siete años después, ha encontrado en el portal Netflix su mecenas esperado. Estos, lejos de arredrarse, lo han apostado todo a una campaña publicitaria que de momento solo consta de un cartel: el cántico «Yo soy español» tachado tres veces, en pleno centro de San Sebastián.</p>
<p>Cobeaga está en silencio; Netflix no ha tenido que hacer más: los unos, los otros y los de más allá se han ocupado de cebar la polémica sin más ayuda y, lo que es más gracioso, sin tener ni la más remota idea sobre el argumento o el enfoque de la película. Ha sido leer la palabra «etarras» y se acabó lo que se daba, la guerra total, la fiscalía.</p>
<p>Pues bien, en aquel encuentro, Cobeaga nos lo contó. Había un puñado de periodistas que, al término de la explicación, tenían serias dificultades para escribir recto en sus libretas de la risa: ‘Fe de etarras’ versaba, según él, sobre un comando de ETA destinado en Madrid que tiene que quedarse en un piso franco mientras que preparan un atentado, con tan mala fortuna que les toca en suerte la presidencia de turno de la comunidad de vecinos.</p>
<p>Es abono, con buen gusto y talento, para una comedia negra, negrísima, que a buen seguro no va a ensalzar nada —pregúntenle a los batasunos que aún quedan circulando por ahí la gracia que les hace esta sinopsis— y que a lo mejor incluso sirve para que los más jóvenes del lugar se enteren de lo que aquí ocurrió. A lo mejor ayuda a poner en su contexto las cosas, a reírse y aprender y, de paso, dejar de frivolizar. Veremos.</p>
<p>Harina de otro costal es la estrategia de comunicación de Netflix, que con una mezcla de chulería y desenfado (excesivo, a veces) se ha propuesto molestar, hurgar y suscitar enfados desaforados que ayuden a su expansión. Pero con eso Cobeaga no tiene nada que ver.</p>
<p>Hábil, tras haberse visto expuesto con un par de éxitos inopinados, ha preferido seguir callado hasta que el propio público pueda evaluar su trabajo. A lo mejor, hasta que a más de uno se le caiga la cara de vergüenza por la algarabía que está armando sin haber visto ni un tráiler, ni una escena, ni un tratamiento de guión, nada más que una lona sin importancia. Es mucho más interesante invertir tiempo en desentrañar por qué ha tardado, al menos, siete años en ver la luz. ¿Por qué? Y ¿por qué ahora?</p>
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		<title>Apocalipsis sanitario</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Feb 2016 09:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura & Sociedad]]></category>
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		<description><![CDATA[En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí. El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de <a href="http://elcomercio.es" target="_blank" rel="external nofollow">El Comercio</a>, y cada lunes siguiente, aquí.</em></p>
<p>El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.</p>
<p>Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.</p>
<p>Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.</p>
<p>Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.</p>
<p>La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?</p>
<p>Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.</p>
<p>Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.</p>
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		<title>La mordaza</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jul 2015 13:48:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Rodrigo García es uno de los más importantes directores teatrales del momento, en parte, quizás, por haber padecido algo tan común como la polémica más acerada. Y, recientemente, la censura por la peor de las vías: la administrativa. García ocupó la atención mediática, primero, en abril de este año. Entonces estrenaba en París un espectáculo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Rodrigo García es uno de los más importantes directores teatrales del momento, en parte, quizás, por haber padecido algo tan común como la polémica más acerada. Y, recientemente, la censura por la peor de las vías: la administrativa.</p>
<p>García ocupó la atención mediática, primero, en abril de este año. Entonces estrenaba en París un espectáculo en el que un actor, debidamente adiestrado por un chef de Lastres, mataba, abría, cocinaba y degustaba un bugre en escena. Las asociaciones animalistas pusieron el grito en el cielo y García, también: «Que quede claro desde la primera línea», escribía en su página web, en letras enormes: «Sois completamente imbéciles».</p>
<p>El asunto quedó zanjado y la polémica, servida, mientras que el espectáculo seguía adelante: muchos espectadores no se sentían cómodos con la escena (que era precisamente lo que buscaba García, hablar de matar para comer). Esta misma semana, también, uno de los teatros de ópera londinenses (la Royal Opera House) ha vivido otro episodio de incómoda polémica, una versión actualizada del monumental follón organizado por David Alden y su <em>Mazeppa</em> de Chaikovski en la English National Opera en 1984 (<em>La matanza de Mazeppa,</em> la llamaban), del de Calixto Bieito y su sonadísima escena del descampado en <em>Un ballo in maschera</em> en el Liceu de Barcelona, en 2000, o de Hans Neuenfels y su <em>Idomeneo</em> de Mozart en la Deutsche Oper de Berlin en 2006, autocensurada temporalmente por miedo al fanatismo islámico —en la escena final aparecían las cabezas de todos los dioses, incluido Mahoma—. Ahora le ha tocado el turno a Damiano Michieletto, un jovencísimo director de escena italiano que lleva ya una buena temporada buscando su gran follón. Lo ha ido a encontrar, como digo, en la Royal Opera House con <em>Guillermo Tell,</em> de Rossini, donde ha insertado una escena sexualmente violenta en el tercer acto para subrayar las brutalidades de la guerra descritas en la ópera (y de la cual el público había sido previamente informado).</p>
<p>En estos cinco casos hubo polémica, se pidieron cabezas y, en último término, el espectáculo siguió adelante: en París, Londres, Barcelona y Berlín los responsables de los teatros salieron al paso de las críticas, algunos de ellos asumiendo el coste de dejar sus cargos por huir de la más temida de las censuras: la autocensura.</p>
<p>El mes pasado, García estrenaba un nuevo montaje, pero esta vez en el Madrid gobernado por los muñidores de la oficialmente llamada Ley de Seguridad Ciudadana. En esta ocasión, cuatro hámsters eran remojados en un acuario «durante diez segundos» y unas ranas chapoteaban en fango, con el fin, entre otras cosas, de «mostrar las relaciones de poder entre el hombre y la naturaleza». Una vez más, los animalistas protestaron. Pero esta vez todo acabó más deprisa, con una fulminante llamada del Área de Protección Animal de la Comunidad de Madrid al Centro Dramático Nacional, productor del espectáculo y, en teoría, blindado contra presiones externas: iban a sancionarles con entre 600 y 100.000 euros a menos que las dos escenas desaparecieran del montaje. No que se replanteasen: que desapareciesen. García las cortó.</p>
<p>Sirva este rodeo, puesto en otro contexto distinto del callejero, protestón y revolucionario, para que nos paremos a pensar en lo incómodo y lo irresponsable y lo innecesario y lo diferente y lo que nos estorba. En que a veces, incluso aquellas en las que hay que intervenir, no se puede hacer con trazo grueso, hechuras moralistas y holguras excesivas: al final todo eso, tan incómodo, solo puede hacernos mejores.</p>
<p>[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de <em><a href="http://www.elcomercio.es/" target="_blank" rel="external nofollow">El Comercio</a></em> del día 5 de julio de 2015.]</p>
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