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Antonio Ochoa

Entre montañas

Palabras infectadas

Para resaltar el peligro de las armas, se dice que las carga el diablo. Sin embargo, el daño que causan es limitado, excepto cuando se usan en combinación con vocablos como “patria”, “extranjero” o “herejía”.  El poder destructivo que los demoniacos armeros pueden meter en una bala es insignificante comparado con el odio que los seres humanos pueden meter en una palabra. Todas las masacres y atrocidades del pasado, esos momentos de nuestra historia que aún nos avergüenzan, no empezaron con el choque de aceros, sino con el intercambio de insultos.

Sólo los sociópatas encuentran placer torturando o asesinando. Al resto la simple idea nos asquea, pero también somos capaces de hacerlo, como demasiadas veces hemos demostrado. Basta con coger una palabra y llenarla con todo el miedo, el rencor y la frustración que llevamos dentro. No importa que sea algo tan simple como un color, “negro” o “rojo”; una vez inoculada de odio, actúa como un virus, va infectando las mentes y, al impedirnos reconocer a “los otros” como “semejantes”, nos convierte a nosotros mismos en monstruos. Ciudadanos ejemplares que no hubieran dudado en arriesgar su vida para salvar a una mujer de un incendio disfrutaron viendo quemar a otra en la hoguera porque llevaba el letrero de “bruja”. Buenos padres de familia que jugaban a la pelota con los niños del barrio vieron con indiferencia morir a miles de ellos en Auschwitz porque llevaban el cartel de “judios”.

Y no es sólo cosa de tiempos o lugares remotos. Ahora mismo, a nuestro alrededor, estúpidos aprendices de brujo se dedican a infectar palabras como “catalán”, “español” o “inmigrante”. Creen, como muchos otros antes, que podrán utilizarlas para alcanzar sus mezquinos fines. Pero se equivocan. Terminarán por ser devorados por su propia creación y por ver destruido todo aquello que dicen defender. La historia es muy tozuda enseñándonos que el sendero del odio termina en un abismo.  No sé si tendremos tiempo y voluntad para atajar la epidemia. Si no, al menos serviremos de lección para otros.

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