Conviene dejar por sentada –y en una banqueta a ser posible– esa realidad tan incómoda como singular, de que los símbolos oficiales de la Villa, o sea su bandera y escudo, no tengan sanción legal.
Acoquina constatar la molicie de cientos de corporaciones avilesinas que, heredando desde siglos este desaliñado baldón, no han sabido, podido o querido solucionar ésta incómoda situación, tanto de la bandera como del pendón.
Menos mal que tenemos otros símbolos que se mueven entre lo gigantesco y lo exótico.
Chimenea del Sinter
Se puede ver desde muchas calles de Avilés y es el símbolo más omnipresente –tiene cien metros de altura– de la ciudad.
Está situada en las antiguas instalaciones de ENSIDESA, gigantesca empresa pública que nos cayó encima, en 1950, y cuyo nombre callaron, en 1994, cambiándoselo por otros, al tiempo que borraban instalaciones, hasta llegar a la actual Arcelor-Mittal.
La chimenea de hormigón armado, ejercía labores de sinterización y es el único elemento -y el único recuerdo- que queda de la industria de cabecera de ‘la empresa’ (como conocían sus trabajadores a ENSIDESA), después de ser demolidas valiosísimas piezas de patrimonio industrial (central térmica, hornos altos, etc.) que fueron a tomar por donde se empiezan los cestos, sin estudio previo ni previsión de reaprovechamiento que valga. Dinamita y a otra cosa mariposa.
Hoy, la chimenea del Sínter, de propiedad privada, no echa humo ni echa nada. Ella solo se limita a medir 100 metros y a estar allí, parada, a juego con los tiempos que corren.
La foca
Un 5 de diciembre de 1951, llegó al puerto pesquero avilesino –entonces frente al parque del Muelle– una foca. Unos dicen que desnortada y otros que como precursora de los beneficios que traería a Avilés la construcción de una de las mayores siderurgias mundiales (que grandones somos, coime), o sea la citada ENSIDESA.
Lo de la foca, fue un amor a primera vista, y desde entonces forma parte de la historia local, convirtiéndose en un símbolo ciudadano. Y a pesar de que, su estancia duró solo unos meses, su familia no la olvida. De ello da fe su estatua, en el parque del Muelle, que homenajea a este animal tan simpático como exótico, tan contrastada con esa España cañí de toros y cabestros, o con la Asturias pastoril de vacas lecheras, cantadas incluso por Leopoldo Alas ‘Clarín’.
En Avilés nada de eso, faltaba más. Aquí bigotes de foca en vez de cuernos de toro. Y aletas en lugar de tetas, de vaca.
El tricornio de la Ría
La escultura, llamada oficialmente ‘Avilés’, de Benjamín Menéndez, se emplazó en 2005, por iniciativa de la Autoridad Portuaria, entonces dirigida por Manuel Ponga, en el recién inaugurado paseo de la Ría.
Es un espectacular conjunto escultórico de 30 metrosde altura compuesto por tres gigantescos conos, de acero ‘corten’, dispersos en otras tantas direcciones.
La prensa, resaltó su carácter simbólico, como una especie de unión de la ciudad con su fachada marítima y sondearon al personal al respecto, por ver si daba con algún nombre que fuera más identificable que el oficial, tan prodigado.
No hubo forma, y eso que se barajaron apodos que iban de la alabanza al sarcasmo, pero ninguno cuajó como definitivo. Surgieron los de: ‘Oricio’, ‘Orición’, ‘Tricuerno’, ‘Tricono’, ‘Tricornio (a secas), ‘Ojalá’ (a secas, también), ‘Los Pirulís’, ‘Mamotreto’, ‘Los Pinchos’, ‘Las Púas’, ‘El Encuentro’, ‘Acero cornudo’ y también, claro: ‘Acero cabrón’… Pero, aunque sin entusiasmo, el más usado es ‘El tricornio de la ría’.
La escultura, un serio candidato como símbolo del Avilés moderno, lo tiene muy crudo desde la construcción del Centro Niemeyer.
El Niemeyer
El Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, nuevo en esta plaza desde 2011 y única obra del mítico arquitecto brasileño en España, es ya prácticamente el icono del Avilés moderno.
Tanto por la espectacularidad arquitectónica, como por haber sabido llamar la atención con sus actividades –aún antes de su inauguración– de los medios nacionales e internacionales, tiene todas las papeletas para que la silueta de su conjunto, o aisladamente la de cualquiera de las piezas que lo componen, se convierta en el símbolo avilesino –y puede que asturiano– más internacional.
Resumiendo que…
El quesiqués, que es cosa que se pregunta y es difícil de averiguar o de explicar, de los símbolos de Avilés –todos ellos en torno a la Ría– está tal que así: por un lado una espectacular escultura sin nombre con gancho, junto con la de una foca, animal exótico en tierra de vacas roxas, lobos abatidos y osos que no ligan. Y por otro: una chimenea en paro ahumado y un centro cultural en pausa, entre lo que pudo haber sido y sabe Dios lo que será.
Así está, esto del quesiqués de los símbolos modernos de Avilés. Y si algún romántico languideciese por ello, no sufra, haga el favor, que siempre nos quedará el casco histórico.
Y París, por supuesto.