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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

El 'joven' templo medieval del antiguo pueblo de Sabugo

En sus apostillas a propósito de «El nombre de la rosa», dice Umberto Eco que él sólo conoce el presente a través de la pantalla de televisión pero que, en cambio, de la Edad Media tiene un conocimiento directo.

Una pena no tener a mano al autor italiano, para que nos despejara el misterioso halo que oculta, entre leyendas y penumbras, los orígenes de la iglesia [conocida como la vieja] de Sabugo consagrada al santo inglés Tomás de Canterbury (o Cantorbery).

Que si se llamó San Pedro, que si aquí hubo otro templo consagrado a San Facundo, que si las caras grabadas en su portada son las de sus fundadores, que si los templarios. Que si su tía.

Y como no contamos con el eco presencial de Eco, hay que conformarse con la investigación histórica que dice que se inició su construcción en el siglo XIII atendiendo al estilo  románico, pero al prolongarse la obra más de la cuenta, terminó siendo rematada como gótica. Condición que luce su portada principal, con el cementerio (hoy zona enrejada) a la izquierda de la misma.

Fue la ‘catedral’ de un barrio marinero, chiquito pero matón, dicho sea con perdón. Plantado en un pequeña colina abundante en flor de saúco (de ahí lo de Sabugo) usada para infusiones o ‘fervediellos’, vivió siglos dedicado a la pesca y a la artesanía marinera, incluida la construcción de embarcaciones (los astilleros estaban en el Campo de Bogaz, donde ahora se ubica la estación de trenes y autobuses).

El humilde pueblo de Sabugo, estaba separado en todos los sentidos, de la rica Villa de Avilés. También los distanciaban tanto las aguas del mar (hoy ‘cubierto’ por la plaza de Mercado y el parque del Muelle) y las del río Tuluergo, actualmente canalizado subterráneamente en la calle La Muralla. Un dato y no se hable más: la iglesia de Sabugo dependió, durante siglos, de Pravia.

El edificio eclesiástico fue el centro religioso y civil del pueblo de Sabugo. Los bancos corridos, adosados en el exterior al templo, eran tanto lugar de reunión de los vecinos, como de decisiones (mesa y bancos de piedra lo atestiguan) de la gobernante Cofradía de Mareantes.  

El templo ha demostrado a lo largo de la historia su versatilidad, su capacidad de adaptarse con facilidad y rapidez a diversas funciones, cosa que se agudizó desde que, en 1903, dejó de ser –por pequeña que no por galana– sede parroquial de Sabugo.

Y desde los años 80 del pasado siglo XX, aquí –sin olvidar su misión religiosa– se celebran variados actos culturales. Aparte de sonados acontecimientos como la entrega –antes de que pasaran al teatro Palacio Valdés– de las Sardinas de Oro, galardones que concede la ‘Fundación Sabugo ¡Tente Firme!’. Y por el templo, desfilaron celebridades a puñados, desde la Reina de España y el Príncipe de Asturias hasta el Nobel, Severo Ochoa.

Y lo nunca visto, artísticamente, en Avilés ocurrió en este templo mágico, cuando en 1985 –y durante 20 días– se convirtió en sucursal del Museo del Prado de Madrid, con una exposición de cuadros originales del pintor avilesino, Carreño Miranda, el más famoso de la historia de Asturias. ¿Quién da más?

Hoy es una joya medieval plantada en un barrio ‘de marcha’ cuya feligresía, mayormente, ya no está compuesta por marineros mareantes sino por parroquianos mareados comedidamente, por lo general. Estilo navegante y etilismo ‘carpe diem’.

Por su historia y calidad arquitectónica, está declarada Bien de Interés Cultural (BIC) que es algo así como un VIP, pero en monumento. Y pese a sus 800 años de existencia es la única de Avilés que conserva, milagrosamente, gran parte de su trazado original.

Lleva mucho tiempo llegar a ser joven, decía Picasso.

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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