Avilés no es que ‘sea solo un pueblo de indianos’ como afirma –con tintes despectivos– Luis Morote (1862-1913) en su publicación ‘Una mina bajo el mar’. Lo que si es cierto es que Avilés es villa con tradición indiana.
Hubo un tiempo, entre siglos XIX y XX, en que la sangría de la emigración (miles y miles de jóvenes huyendo hacía el Nuevo Mundo, que era América) producto de la pobreza que había en Asturias, trajo más tarde el regreso de indianos (alguno de aquellos emigrantes que hicieron fortuna) que se implicaron en la reforma urbana de Avilés y en su industrialización.
El indiano cuando regresaba se hacía construir una gran y ostentosa casa, símbolo público de su triunfo, plantando una palmera en sus aledaños, todo un símbolo vegetal que indicaba donde se había trabajado ese triunfo.
Uno de los primeros –y ya hay que retroceder al siglo XVII– indianos que tuvo Avilés, y Asturias, fue Rodrigo García Pumarino (Pumariño, escriben otros).
Rodrigo nació en el año 1643 casi ‘a la vera del Cabu Peñes, xunto la mar’ como canta la habanera, en el lugar conocido como Pumarín, entre los pueblos gozoniegos de Vioño y Manzaneda. Puede que Rodrigo García fuese pumarino, porque antes los apellidos eran cosa del capricho, la veneración o una indicación geográfica de nacimiento.
Aunque de familia campesina con posibles, Rodrigo se marcho de muy joven, con su hermano mayor Fernando al Perú, nada menos. Y en Lima vivió treinta años. Regresó a Asturias, en 1688, junto con dos hijos de su fallecido hermano. Y con doblones, con muchos doblones.
Al principio se estableció en su Pumarín natal, reparando y ampliando la casa solariega, pero las malas relaciones con otra familia pudiente de la zona (los Valdés-Coalla) lo decidió a establecerse en Avilés, donde construyó, en 1700, un palacio próximo –nada menos– al del marqués de Ferrera y al municipal, los dos poderes reales del Avilés de aquel momento.
Lo diseñaron los mejores arquitectos asturianos de la época, los avilesinos Menéndez Camina, autores de relevantes obras arquitectónicas, por ejemplo en Avilés: la fachada sur de palacio Camposagrado; y en Asturias la capilla de Santa Eulalia, en la catedral de Oviedo.
El palacio, levantado en una finca que llegaba hasta la actual calle de Llano-Ponte, tenía un patio interior rodeado por estancias de dos pisos. Otra singularidad es que tenía capilla abierta al público. Poco disfrutó de todo esto el indiano, que falleció en 1706.
Sus herederos permutaron la mansión, recién construida, con una casa que la familia Llano-Ponte tenía en Sabugo y que todavía se puede ver: es la número 20 de la actual calle de La Estación. A esta familia perteneció el obispo avilesino Juan Llano Ponte quien, en 1795, costeó el alcantarillado de ese tramo de Rivero, suprimiendo de paso algunos soportales que estrechaban en exceso la calle impidiendo el tránsito de su carroza.
Con los años el palacio fue decayendo como vivienda y cumplió otros cometidos: primero como colegio (‘El Liceo Avilesino’), luego convento (de monjas carmelitas) y finalmente sala cinematográfica, en 1949, que funcionó hasta principios de septiembre de 2013.
Este palacio es el colmo de la inspiración encadenada, pues sus arquitectos se inspiraron en el Ayuntamiento para construirlo; más tarde al escritor Armando Palacio Valdés (Laviana, 1853 – Madrid, 1938) el edificio inspirole para escribir su novela ‘Marta y María’ y finalmente a la propiedad de la mansión la influyó esta novela hasta el punto de bautizar con su título la sala del negocio cinematográfico.
Quien le iba a decir a Rodrigo que su palacio terminaría siendo el último cine público urbano que quedaba en Avilés. Visionar algunas películas allí era la pera, por ejemplo yo vi ‘Il Gattopardo’ de Visconti. Aquello fue un sándwich de imaginaciones tremendo: El barroco cinematográfico italiano, basado en novela de Lampedusa, proyectado en un palacio barroco de Avilés.
Pero del palacio solo dejaron la fachada, interiormente lo vaciaron totalmente para instalar una gran sala con butacas, mira tu. Aquello fue una barbaridad ética y estética y si no vean la foto que acompaña este escrito, para hacerse una idea de la calidad del interior. Lo poco que se salvó fue el retablo de la capilla, que se encuentra en la casa-palacio de Manzaneda, según tiene escrito Enrique Tessier.
Y así son algunas cosas, oiga, y lo demás son películas. Fueron, mejor dicho, películas que amueblaron sueños. Y los sueños, películas son.