Establecimientos titulados como Llagarón hay bastantes, incluso fuera de Asturias, pero como el de Avilés seguro que ninguno.
Al igual que ‘La Perla’ fue el chigre (allí frente al teatro ‘Campoamor’) más original de la capital del Paraíso Natural, ‘El Llagarón’ de Avilés, lo fue en taberna. Mal que les pese a las del Cimadevilla gijonés.
En el corazón del casco histórico avilesino, al lado de la iglesia medieval ‘De los Padres’, centro de gravedad histórico avilesino, estaba ‘El Llagarón’ uno de los más singulares recursos turísticos hosteleros de Avilés y últimamente –hasta su cierre en junio de 2007– de Asturias.
Había vinos con etiquetas de ‘puturrú de fuá’, inmaculadamente cubiertas algunas por telarañas, pero la clientela habitual –o los que habían sido iniciados– sabían que pedir un vino allí, era beber un rioja ‘Quinto año Berberana’, acompañado de cecina o de un, condenadamente sabroso, queso curado, de nueve meses y un día.
Desde que abrió –y lo estuvo durante 75 años– sus dueños fueron (padre e hijo) José Ramón Ovies Álvarez. Para la clientela: Ramón, a secas.
La historia comenzó cuando el padre, que había emigrado a Cuba –sabido es que los de Avilés no iban a America, marcando diferencias se decía que iban a La Habana– regresó con ‘los cuartos’ suficientes para montar un negocio en la Villa, donde se casó –con Purificación Álvarez– y puso en marcha, en 1932, ‘El Llagarón’.
Ramón, tenía la intención de montar una taberna, pero se lo impidieron las ordenanzas municipales que fijaban el número de locales de este tipo en relación con el número de habitantes (16.000 por entonces). Así que tuvo que ponerse a la cola, negociando entre tanto con comestibles y suministros de víveres y pertrechos para pesqueros vascos o gallegos, que descargaban en la rula local, entonces a un palmo de distancia de su tienda.
Fue en 1944 cuando consiguió una licencia de taberna mixta (tienda y despacho y consumición de licores), al tiempo que su hijo, Ramón, se incorporaba al negocio.
Y así entre unas cosas y otras, que hay que ver como pasa el tiempo, oye, nos plantamos en 1950, que fue cuando nos cayó ENSIDESA encima. Gran golpe del que, algunos creen, Avilés no se ha recuperado, todavía.
De repente todo cambió en la Villa, en todos los aspectos y a velocidades vertiginosas. Pero siempre hay excepciones a la regla, y ‘El Llagarón’ fue una de ellas. Y se quedó como estaba.
A partir de entonces, para la taberna, el tiempo lo fueron midiendo las telas de araña, una de las señales de identidad de este local, cruce de chigre, llagar y bodega, que se quedó viejísimo de repente. Lo que lo hizo, automáticamente, famoso como testigo de una oferta hostelera y de sociabilidad, que ya no es de este tiempo, por no decir de este mundo.
Por no cambiar, ni los aseos lo hicieron, taza turca y papel de periódico, en vez de higiénico, sujeto por una punta clavada en la pared (‘la puga’), refrescado todo con olor a ‘zotal’.
Foto del 30 de junio de 2007, día del cierre. De izda. a dcha: J.M. Garcia 'Roxin', Vicente Gómez 'Tente', Benjamín Quirós, Alberto del Río, Armando Arias y J.L. Ibañez.
No era lugar de medias tintas, no. Tampoco es que generase amor u odio, pero si te gustaba, lo era a tope y si te disgustaba no volvías a entrar.
Para sus muchos tertulianos, era un sitio entrañable. Un eslabón perdido con multitud de cosas intactas: licores añejos, carteles de todo tipo, incluidos taurinos o del Real Madrid. También un sitio acogedor para quienes querían saber algo de como era un Avilés distinto al actual. Incluso llegó a tener su propio medio de comunicación: ‘Ecos del Llagarón’. Y premios con su nombre.
Lugar caliente de cotilleo. En algunos ambientes avilesinos se decía: «Si quieres información corta el pelo en El Gorrión, come en La Eritaña o toma un vino en El Llagarón»
‘La Perla’ aquel chigre de Oviedo igualmente desaparecido, y esta taberna de Avilés, tenían una sola característica en común, aparte de su popularidad: no estaban a ras de suelo, o sea que no estaban al nivel, dicho sea en todos los sentidos. Porque por lo demás, a ‘La Perla’ para entrar, había que hacerlo descendiendo unos escalones. Al ‘Llagaron’ se subía, se ascendía.
Siempre hubo clases.