Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar de una mansión versátil, que te transporta al período más fértil de la Edad Media, cuando la Villa vivía, principalmente, de su puerto donde se realizaban importantes negocios de cabotaje, que llegaban a puertos internacionales, pero sobre todo el más importante del Atlántico europeo: el francés de La Rochelle.
Un cosmopolitismo que fue, es y será una bendición histórica para Avilés.
Así que no sería de extrañar, que el proyecto arquitectónico de Valdecarzana (como el de la capilla de Las Alas) haya venido por mar. En el sur occidente francés, las casas de ricos mercaderes –y las capillas por ahí le andan– tenían la pinta que luce el edificio avilesino.
Se construyó entre los siglos XII y XV, aunque es en el XIV donde coinciden más autores. No es una fortaleza ni una residencia noble con carácter defensivo, como entonces se acostumbraba, sino la de una vivienda y negocio de comerciante, de los que menudeaban en aquel Avilés.
Valdecarzana tiene muchas leyendas, que incluso implican a reyes, pero lo contrastado es que nació como lonja de un comerciante y que siglos después, en el XVII, y por el mero hecho de comprarlo el marqués de Valdecarzana se convirtió en palacio (la Real Academia, en una de las acepciones del término, dicta que palacio es la ‘casa solariega de una familia noble’). Los Valdecarzana lo mantuvieron como una más de sus residencias en Asturias (junto con las de Oviedo, Quirós, Teverga y Grado, que eran las principales) hasta 1849.
Ese año adquirió la casa junto con su holgada huerta –si consideramos que estaba en el centro de la Villa– Fernando Ochoa que amplió al doble la cabida del antiguo palacio al comprar la casa vecina. Ochoa, que fue alcalde de Avilés desde 12 de enero de 1861 al 31 de diciembre de 1864, hizo de ella su residencia familiar, donde nació, en 1864, su hijo Juan, que sería un escritor famoso.
Posteriormente, el inmueble, entra en alquiler incluso como local comercial, y como centro educativo provisional de ‘Escuela manjoniana’, hasta que en 1933 lo adquiere la ‘Sociedad de Transportes Marítimo Terrestres’ vinculada a las casas consignatarias avilesinas.
En 1939 pasó a depender del Ministerio de Trabajo, como sede provisional de organismos dependientes del mismo, y también dio cobijo al servicio sindical portuario, a sus oficinas e incluso su dispensario clínico. Para coronar, los bajos de Valdecarzana, fueron sede de economatos laborales.
Finalmente la cosa se enredó y terminó a finales del siglo XX, tiempos del alcalde Agustín González, en las redes del municipio, que lo destinó a Archivo Histórico. Y en esas está.
Valdecarzana también es conocido, aunque cada vez menos, como ‘Casa de La Baragaña’. Y eso tiene explicación en que las dos puertas, que hoy conocemos de la calle La Ferrería, daban acceso a la lonja comercial, mientras que a la vivienda de la planta alta se accedía por la, hoy, calle El Sol atravesando una antojana, terreno –generalmente con vegetación– que estaba delante de la casa. Y como también, en Asturias, a la huerta pequeña, estrecha y alargada, se la conoce como baragaña, así dieron en llamar al histórico edificio. E incluso a la plaza que hubo delante de él y que es episodio aparte.
Y a la historia, a veces, parece que la cargase el diablo. Pues resulta que uno de los últimos inquilinos que utilizaron Valdecarzana como vivienda, fue a finales del siglo XIX, un personaje apellidado Baragaña, cosa que descubrió la avilesina María Josefa (Pepa, para los amigos) Sanz, catedrática de Paleografía de la Universidad de Oviedo, hurgando entre la documentación del RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos). Caso singular.
Otra cosa es el plural, al menos para otro historiador también amigo, que montaba en cólera, cuando oía o leía ‘casa de Las Baragañas’, como algunos autores y publicaciones nombran a este palacio. Decía que, aparte de falso, era indecente porque le parecía el nombre de una casa de putas. Y ponía verde –color acorde con el lenocinio terminológico que nos ocupa– a quienes bautizaban de tal guisa a la joya arquitectónica.
Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar del edificio civil más antiguo, que aguantó el paso del tiempo sufriendo dueños y daños, pero nunca perdiendo su cara gótica, una fachada de órdago, con vistas a La Ferrería, la pequeña gran calle medieval que terminaba en el puerto internacional de Asturias durante siglos.
O sea, Avilés.