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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

El caso del ocaso de ENSIDESA

El otro día charlando en la radio, sobre Avilés, salió a relucir la demolición de empleo sobrevenida aquí hace treinta años, o sea en la década de los ochenta del pasado siglo.

Como se sabe, la Villa del Adelantado, había sido convertida por decreto-ley en una nueva ciudad, allá por los años cincuenta del siglo XX del calendario cristiano. Un hecho actualmente considerado como el más transformador de la –ya de por si tan rica como antigua– historia avilesina.

El asunto consistió en que el Estado –valiéndose de aquel todopoderoso INI (Instituto Nacional de Industria)– sembró docenas de instalaciones para producir acero en la margen derecha de la Ría de Avilés. Componían una factoría que medía –desde los muelles del puerto hasta Tamón– más de once kilómetros de largo, dando empleo a miles de personas de Avilés, Asturias, España y parte del extranjero. Ahí queda eso. Puede parecer un remate de copla de Pasión Vega, pero las cifras cantan que Avilés pasó de unos 20.000 habitantes, en 1950, a 90.000 en 1988. Aquello fue la caraba.

El coloso, llamado ENSIDESA (Empresa Nacional Siderúrgica S.A.) era de tal calibre que ensombrecía las luces largas de otras importantes factorías de multinacionales del cristal, aluminio y zinc establecidas en la comarca avilesina.

Aparte de problemas a manta y sin cuento, que transformaron y trastornaron furiosamente la vida avilesina, aquello generó ríos de empleo.

Trabajar en ENSIDESA era como un seguro laboral para toda la vida. Aquel maná, caído del cielo, empleaba a 21.000 personas y generaba cerca de 25.000 puestos de trabajo inducidos en Asturias y unos 30.000 en el resto de España. Funcionaba el dicho –seguramente inventando por algún fracasado en el intento– de que ‘El que vale, vale, y el que no  ¡pa ENSIDESA!’

Pero, ay amigo, con chorradinas andábamos cuando la crisis siderúrgica mundial se presenta, sin saludar, en Avilés. Y empezamos a sudar tinta china en japonés, al ver como las pérdidas de ENSIDESA se medían por miles de millones de pesetas y aumentaban sin cesar.

Vimos como se paralizaron, cerraron y luego se merendaron, por arte de goma dos, instalaciones gigantescas que aún no habían cumplido ni los treinta años de vida. El gigante tenía los pies de barro, no en vano se había edificado sobre marismas.

Y nos dio el tembleque al comprobar que teníamos un porvenir incierto, después de veinte años de certeza consumista. No quisimos, o no supimos, ver lo que se nos venía encima –anunciado años antes en todo el mundo, pero que si quieres arroz Catalina que aquí no pasaba nada– por lo que la costalada que llevamos fue tan descomunal que aún seguimos, a día de hoy, en rehabilitación.

La respuesta –no había otra– fue un enloquecido remolino de asambleas, paros, manifestaciones y huelgas, que consiguieron –aparte de poner a los pies de los psiquiatras a buena parte del personal– identificar a ENSIDESA con Asturias y viceversa. ‘Salvar ENSIDESA es salvar Asturias’, rezaban las pancartas. Todavía quedan por ahí pintadas, que nos devuelven a aquella feroz decadencia industrial. Un tiempo de angustia, ansiedad y miedos. Parecido, de lejos, a lo de ahora.

Para Avilés y para Asturias, aquello no fue declive que valga, sino debacle a lo bestia, que derivó en brutales regulaciones de empleo en las pequeñas y medianas empresas, que vivían a la sombra de ‘la empresa’ (como llamaban sus trabajadores a ENSIDESA) y de ‘la empresona’ (como seguramente llamarán en Gijón a Hunosa).

Sin embargo con los empleados de las dos empresas estatales hubo más consideración, o sea miedo por parte de la autoridad competente, dulcificándose el conflicto con prejubilaciones anticipadas. Hubiera sido tentar al diablo –social y sindicalmente hablando– meter a los gigantes Hunosa y  ENSIDESA en el mismo saco que a las empresas que de ellos vivían.

La gran crisis siderúrgica mundial, agravada en España por el hecho de haberla abordada tarde, como casi siempre, hicieron de nosotros una historia de perdedores.

Y más cosas. Porque después de tantos años viviendo en INIlandia, la mayoría de habitantes de Avilés se habían dormido tan profundamente en los laureles de sus poderes adquisitivos, que no apreciaron que la ciudad estaba excesivamente dependiente de la gigantesca empresa estatal. No advirtieron, o no vieron, o no quisieron ver, como ENSIDESA había llegado a ‘tapar’ al Avilés histórico y a su meollo patrimonial. Parecían no existir más valores que los industriales, que cegaban cualquier tradición por antiquísima que fuera.

La empresa dominaba y protagonizaba en exceso la vida de Avilés. Y se juntó el hambre con las ganas de comer, porque al tiempo muchos estamentos de la ciudad (económicos, sociales, etc.) se dejaron dominar. Y en casos avasallar.

Un ejemplo de lo que digo y de la desorientación que se había adueñado de todo, fue la fusión futbolística del histórico Real Avilés con el ENSIDESA CF creando un nuevo club de fútbol bautizado como Real Avilés Industrial.

¿Industrial cuando la industria se estaba yendo directamente al carajo?

Pues sí Industrial. Porque lo impuso ‘la empresa’ en lo que tuvo toda la pinta de ser un gratuito acto de arrogancia de ENSIDESA, que aún perdiendo miles de millones a espuertas, todavía tenía poder para dejar sentado quien mandaba aquí. Lo había venido haciendo desde la década de los cincuenta. Y además, para rematar la faena, el nuevo equipo jugaría en Llaranes, el barrio siderúrgico, ya que el estadio del Real Avilés (propiedad municipal) era una ruina, por dejadez del Ayuntamiento en su cuidado.

Todo aquel proceso y sobre todo las formas utilizadas en el mismo supo, en algunos ambientes ciudadanos, a humillación. Y todavía hoy, a poco que revuelvas ese potaje, compruebas que este asunto de la fusión futbolística sigue constituyendo una herida abierta, quizás la más evidente para mostrar, y demostrar, las complicadas relaciones, que siempre hubo entre los representantes de la ciudad y los responsables de la siderúrgica estatal.

Total, que en Avilés, y a pesar de que el Rey de España inauguró, al final de aquella década, una nueva acería que supuso una muleta para sobrellevar la cojera siderúrgica no conseguimos salir de la depresión social, que desde entonces ya nunca aflojó hasta que llegó el Niemeyer, que esa es otra. Otra historia quiero decir.

Hoy la cosa sobre aquel caso del ocaso de hace treinta años –en la década de los ochenta– cuando la industria se desplomó, en caída libre, arrastrando con ella al empleo y este, a su vez, arrambló con dimes y diretes, como aquel de que ‘Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA’.

En fin. Que pasaron varios años y solo los whiskys envejecieron bien.

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


abril 2014
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