En Avilés, lo que es de agua, dulce o salada, vamos sobrados. Así que hoy me mojaré en un río, dejando aparte la Ría y las cerca de cincuenta fuentes que tenemos, muchas de ellas vergonzosamente abandonadas.
Entre los pequeños ríos –Alvarés, Magdalena, Arlós (o Molleda), Raíces, San Martín, Tejera, Vioño y Tuluergo– que desembocan en la Ría, destaca por su significado histórico, éste último, nacido en las alturas más inmediatas a la villa, en terrenos húmedos de agua y vino. Digo vino y digo bién.
Allí, en Miranda, está situado el manantial de Valparaíso, que desde siglos dio, a Avilés, de beber y para lavar. Y en San Cristóbal de Entreviñas –topónimo que lo dice todo respecto a su, hoy abandonada, riqueza vinícola– nace el río Tuluergo en fuente señalizada con tal nombre y sita en El Caliero.
El Tuluergo era arroyo creciente a medida que descendía hasta El Quirinal donde comenzaba a ser riachuelo, recibiendo afluentes que aunque pequeños lo convirtieron en río antes de que comenzara a mezclarse (en la marea alta) con el mar en Las Meanas, donde se quitaba la faja y comenzaba a ensanchársele el delta antes de acoplarse con la Ría. Y hablo en pasado porque hoy el Tuluergo está escondido.
Y en la desembocadura del Tuluergo –hoy tramo final de la calle de La Muralla– estuvo durante siglos el puerto de Avilés, aquel que durante un tiempo, en el medievo, llegó a ser el más importante del norte atlántico español.
El río, también fue frontera legendaria entre la villa amurallada de Avilés y el pueblo de Sabugo, precariamente comunicados (lo de ‘malhaya quien puso el puente para pasar a la Villa’, como canta la copla, no es gratuito) desde, al menos el siglo XIII, por un puente –al lado del actual Camposagrado– por el que apenas cabía una caballería con alforjas, y complementado más tarde (siglo XVIII) por otro más apañado, en lo que hoy es calle de La Cámara.
El río está presente en la historia y vida de Avilés de distintas formas. En ‘Mayita’, novela costumbrista de Eloy Fernández Caravera, cuya acción transcurre en el Avilés de finales del siglo XIX, unos jóvenes intentan imprudentemente navegarlo bajo tierra desde el túnel de Las Meanas, donde comenzaba entonces su cauce subterráneo que seguía, mayormente, bajo la calle La Muralla hasta la Ría.
Actualmente una taberna del Quirinal lleva su nombre, como lo llevó una revista satírica –de los alumnos del Instituto «Carreño Miranda» en 1934 y 1935– dirigida por Ángel R. de la Flor Solís e integrada por Manuel Fernández Cuesta, Miguel Ángel Olamendi, Alberto Menéndez, Francisco Valdés Gárate y Manuel Abril.
En 2005, dentro del plan especial de protección del casco histórico, su autor, el arquitecto Carlos Ferrán –declarado defensor de que Avilés solicite ser Patrimonio de la Humanidad– presentó, entre varias medidas urbanas, una titulada «Eje del Tuluergo», consistente en llamativas actuaciones en torno a la zona por donde discurre subterráneamente el cauce y donde recomendaba «plantar árboles… Y también instalar láminas de agua que recuerden el paso del río».
Como ven, al Tuluergo, su familia no lo olvida. Viene de antiguo, porque San Cristóbal antes de ser de ‘Entre Viñas’, tuvo –señala Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’– como primer nombre San Cristóbano de Toluergo, que también fue Teruelgo y Tabuergo. Tal parece topónimo borracho.
El río fue obligado a ir retrocediendo el cauce, a cielo abierto, hacia sus orígenes a medida que los siglos avanzaban y la ciudad crecía. En el XIX, comenzaron a encauzarlo bajo tierra y en el XX fue gradualmente evaporándose del paisaje avilesino, descorriéndose (dicho sea con perdón) hasta donde hoy lo tienen escondido, allá donde acaba –de momento– la calle José Cueto, en un pequeño pero hermoso bosque de sauces y álamos.
Pero aunque no lo podamos ver, porque no hay lugar urbano para él en esta selva de cemento, sépase que cruza Avilés bajo tierra desde El Quirinal hasta la Ría.
Y el saber no ocupa lugar. De momento.