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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

Rui Pérez y el escudo de Avilés

       El escudo de la villa de Avilés es como una foto fija de una histórica aventura ocurrida en el siglo XIII en la villa de Sevilla, entonces en poder de los árabes que la habían bautizado (con perdón) como Isbiliya cuando los romanos ya la habían hecho famosa, antes, con el nombre de Hispalis.

Aquella gesta histórica, en la que un navegante avilesino tuvo un excepcional protagonismo, demuestra la potencia marinera que ya tenía la villa asturiana hace ocho siglos.

Era de primera categoría su puerto –durante parte de la Edad Media el más importante del norte atlántico peninsular, según el medievalista Ruiz de la Peña. Y de primera división eran sus gentes marineras, por ejemplo el llamado por unos, Rui Pérez y por otros Ruy González, aunque  en cualquier caso de Avilés. En la narración que sigue mantendremos el primero, entre otras cosas por tener calle así rotulada, desde  1894, y que es la que discurre por el costado norte de la plaza del mercado (oficialmente denominada Hermanos Orbón).

Rui Pérez fue un personaje destacado en un episodio muy enraizado en la historia de España, como fue la toma de Sevilla por el ejército del rey  Fernando III ‘El Santo’, el 20 de mayo de 1248. Tal hecho quedó escrito en el romance:

«Reinando el ínclito rey don Fernando  

El Santo, que llamaron en Castilla,

pasó el de Avilés con su nave serrando

la fuerte y gran cadena de Sevilla.»

Aquella fue una empresa llevada a cabo por una flota del rey de Castilla (aún no existía España como nación) al mando del almirante burgalés Ramón Bonifaz y en la que participaron destacados marinos cántabros, gallegos, vascos y Rui Pérez, en representación de Asturias, quien sobresalió en dicho trance histórico, cuyo relato ha llegado hasta nosotros mezclado con la épica legendaria tan propia de aquellos tiempos.

Según quieren algunos cronistas, como el marqués de Teverga, el capitán avilesino colocó en la proa de sus naves, que habría construido en los astilleros de Sabugo, con madera de Galiana y tal, un artilugio en forma de sierra que luego rompería, en Sevilla, una gran cadena de hierro que impedía la navegación por el Guadalquivir, franqueando así el paso a los navíos castellanos que cargados con soldados hicieron posible la conquista de la ciudad.

Pero al marqués lo cegaba la pasión localista. Pues diversas crónicas coinciden en que los dos barcos de la armada de Bonifaz, protagonistas del envite contra las cadenas y el puente de barcas –que tenían los árabes a la altura de Triana entre una fortaleza de este famoso barrio y la Torre del Oro– fueron construidos en Santander, bautizados como ‘Carceña’ y ‘Rosa de Castro’, y elegidos por ser los de mayor envergadura de la flota castellana, compuesta por 13 naves a vela y 5 galeras, después de haber ideado los cristianos un original plan de batalla a la vista de lo complicadas que estaban las cosas para tomar Sevilla por culpa de la dichosa cadena. Siguiendo el plan trazado, las dos naves fueron cargadas de piedras y armadas en la proa con ‘fierros aserrados’, ocurrencia de Rui Pérez, para mejor embestir. El almirante Bonifaz mandaba una y el capitán avilesino la otra. Todo fue cuestión de esperar viento a favor, que soplara de lo lindo y los lanzara contra la barrera fluvial. Cuando tal cosa ocurrió las naves embistieron y mandaron al carajo todo lo que encontraron por delante incluidas la cadena y el puente de barcas. Y ahí se acabó Mahoma y empezó la Macarena.

Tras la rendición de Sevilla, quiso el Rey que tal hazaña figurara en los escudos de las villas de los capitanes de las embarcaciones que habían intervenido en la conquista, cosa que hizo la mayoría incorporándolo como uno más a sus enseñas. Pero ninguno, excepto Avilés, lo convirtió en protagonista total como hoy se puede seguir viendo en este «escudo en campo de gules, y una nave armada, puesta a la vela, con una cruz en el palo mayor y una sierra en la proa, rompiendo una gruesa cadena prendida en sus extremos a dos castillos».

Decía antes que no está claro si el apellido del marino avilesino era Pérez o González. El investigador local Francisco Mellén después de años de consulta en diversas fuentes –«la historia se hace con documentos, no con le­yendas» dice– insiste en el González. Y lo mismo otros estudiosos que indagaron sobre el asunto.

A favor del Pérez están los clásicos: Tirso de Avilés y Luis Alfonso de Carballo, historiadores del siglo XVI, o David Arias García, del XIX. Pero nadie es custodio –que los hubo, y los hay, con esa vocación– de las esencias históricas de Avilés.

Dice el escritor chileno Jorge Edwards, tan amigo de Pablo Neruda como enemigo de Fidel Castro, que «en España hay una escasa curiosidad intelectual y mucha indiferencia que hace que lo conocido se acepte y explore, pero se ignore lo otro».

Y este es el caso que nos ocupa, de si Pérez o González es el apellido del navegante avilesino, asunto que merece aclararse para que resplandezca la verdad sin que se convierta en una ridícula disputa como la mantenida por aquellos dos calvos que se peleaban por un peine.

O por la marca del champú.

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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