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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

Joseph Townsend, un inglés en Avilés.

(Entre enero de 1786 y febrero de 1787 recorrió España, siendo probablemente el suyo uno de los itinerarios más largos realizados por un escritor en el siglo XVIII).
         Cuando el lunes 21 de agosto de 1786, Joseph Townsend llegó a Avilés tuvo que darse cuenta, al instante, que estaba en una Villa de tronío y no en un villorrio cualquiera. Aunque, eso si, acorde con la atonía social y cultural que por entonces vivía España, ajena a la influencia que estaba ejerciendo en buena parte de la sociedad europea el fenómeno de la Ilustración francesa, que eso si que fue una revolución cultural y lo demás son cuentos chinos, incluido el de Mao Tse Tung.
          El médico británico, estaba en Asturias, como parte de su proyecto de conocer a fondo España –un viaje que duró casi dos años y publicaría luego en tres volúmenes– y comprobaría, a las primeras de cambio y supongo que con asombro y alegría, que la iglesia de Sabugo –entonces separada por el río Tuluergo y las marismas de la ciudadela amurallada de Avilés– estaba consagrada, y ya desde el siglo XIII, a su famoso compatriota Tomás Becket conocido eclesiásticamente como Santo Tomás de Canterbury.
         Eso tuvo que halagar igualmente su condición religiosa, porque Joseph Townsend (1739-1816) aparte de médico, doctorado en Cambrigde, también era clérigo. Un clérigo anglicano que recorrió parte de Europa (entonces se hacía caminando, a caballo o en diligencia) indagando y observando aspectos sociales y económicos, aunque le privaba todo lo relacionado con la medicina y también con la geología, entonces una moderna disciplina científica.
           Llegó de Oviedo, donde se había alojado en casa del avilesino Juan de Llano-Ponte Sierra, obispo de la Diócesis, y en Avilés lo haría en la residencia palaciega que el prelado tenía al inicio de la calle Rivero (hasta ayer, como el que dice, cine ‘Marta y María’ y hoy edificio en paro, por así decir).
           Precisamente, en aquel año de 1786, los vecinos de Rivero, hartos de reclamar al Ayuntamiento habían dirigido una petición a la Real Audiencia del Principado pidiendo, de una repajolera vez, una fuente para su calle, necesaria para apagar, aparte de la sed, posibles incendios que de presentarse se llevarían por delante, en un pis pás, sus frágiles casas. Argumentaban que los Caños de San Francisco quedaban muy lejos para cubrir estas emergencias. Argüían bien, aunque la fuente tardaría años en instalarse.
           Al inglés le llama la atención que «cerca de Avilés, han hecho esa carretera perfectamente recta, muy ancha y bombeada en el centro», refiriéndose a la ruta hacia Oviedo. Por lo que se ve que no habían emplazado todavía Los Canapés, que datan de ese año de 1786, pues Townsend no los cita.
            En cambio sí cita datos que definen el Avilés de entonces, que tenía «ochocientas familias, dos iglesias parroquiales (se refiere a la antigua de San Nicolás hoy de San Antonio y a la de Sabugo) tres conventos (San Francisco camino de Galiana, La Merced en Sabugo y Las Bernardas en la calle San Bernardo) y dos hos­pitales, uno de los cuales es para mujeres ancianas (debe referirse al situado en El Parche) y el otro para los peregrinos (en la calle Rivero) que van a Santiago».
            «Avilés está situada a la ori­lla de un pequeño río (se refiere al delta del Tuluergo, a un costado del palacio de Camposagrado y donde estuvo ubicado desde siempre el puerto marítimo hasta finales del siglo XIX), a una legua del mar aproximadamente, y la marea llega hasta allí». Pero lo que no sabía Townsend es que tan cegada de arena estaba entonces esa legua que solamente, y en pleamar, podían llegar al puerto avilesino embarcaciones de entre 60 y 80 toneladas.
            Cuando el inglés visitó la población avilesina, ésta debía de ser la segunda de Asturias pues se refiere a Gijón como «pequeño puerto de mar al este de Avilés». Y lo que no encontró fue trazas de industrialización, que vendría años más tarde. Al respecto explica que «No hay más manufacturas que la de calderería de cobre y de latón, para los pueblos próximos y la de hilo (los telares) para el consumo de la villa».
             Otra carencia, y tremebunda, que observó el inglés fue la sanitaria. Hay que decir que a finales del siglo XVIII, y en el año 1786,  diversas circunstancias concurrieron para que no hubiera ningún médico en Avilés, solamente un cirujano, término que entonces no pasaba de ser un barbero con elementales nociones sanitarias. Se ve que el Llano-Ponte, obispo de Oviedo, lo mandó a Avilés con cuenta y razón, pues Townsend no paró de atender médicamente a religiosos en precario estado de salud, algunos «a petición del obispo visité a uno de sus amigos, viejo canónigo, al que sus médi­cos amenazaban con una parálisis» a la que venía combatiendo el cirujano local con sangrías continuadas y el médico inglés sometió al enfermo a estricta dieta vegetal, práctica de ejercicio y en cuestión de días lo resucitó. Lo mismo ocurrió con un fraile del convento de San Francisco, al que fue a visitar también  a petición del obispo Llano-Ponte y al que encontró «lanzando gritos dolorosos que le arrancaban sus sufrimientos: tenía piedra». Townsend le aplicó una medicación que lo alivió rápidamente y «entonces todos los frailes me rodearon, y cada uno me consultó sobre su enfermedad». Se corrió la voz y hasta la abadesa del convento de monjas de clausura de San Bernardo, solicitó la presencia del médico británico para que atendiese a tres de sus religiosas.
           La cara alegre se la dio la «sorprendente Feria», el  mercado anual de ganados de San Agustín, que «atrae una concurrencia considerable de extranjeros a Avilés, y cada habitante se apresura a abrir su casa para recibir a sus amigos. En ese tiempo pasan la mañana paseándose para ver las tiendas, los rebaños… y acaban el día bailando… Las danzas más en boga son a la in­glesa, el minué y la contradanza francesa, y hacia el fin de la velada el fandango».
           También detalla distintas costumbres sociales, por ejemplo le llama la atención que «las mujeres no usan colorete, ni polvos, ni tocado, ni gorros; sólo rodean su cabeza con una simple cinta». O se asombra de que los fumadores traguen el humo, «es la manera corriente de fumar de los habitantes del país, y encuentran que si no hacen pasar ese humo por sus pulmones resulta inútil».
          Joseph Townsend, que confiesa haber pasado «diez días muy agradables en Avilés» se fue el 31 de agosto de 1786, sin retorno, pero dejó para siempre el nombre de Avilés unido al de las principales poblaciones españolas en sus libros que, por cierto, tenían proyección internacional pues era autor de fama.
          Un placer, oiga usted.

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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