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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

Relato de los relojes colocados en El Parche

(La historia de los relojes públicos de Avilés empezando por los que hubo, y hay, en la plaza de España -también conocida como El Parche- tiene ribetes literarios)
            Antes, y mucho antes de antes, el reloj público dirigía la vida en las poblaciones importantes. Gobernaba el tiempo, fijando horas de laborar, orar, manducar y soñar. Y en cuanto el invento  tuvo sonido, sus campanadas alertaban de la fugaz breve­dad de las horas, o de la insoporta­ble lentitud de las esperas.
            Era signo de modernidad, un avance en la vida ciudadana, por eso Avilés –por entonces segunda población de Asturias– en cuanto pudo se hizo con uno, y ocurrió en la segunda mitad del siglo XVII, ignorándose fecha exacta. Lo único cierto es que en 1673 consta que ya existía uno en la Villa.
            La enorme maquinaria mecánica había sido instalada en una vieja torre de adobe cuyo piso bajo era una de las cinco puertas (hoy coincidente con el inicio de la calle de La Fruta) que la muralla tenía para entrar a la población y que, por este hecho, le quedó el nombre de ‘Puerta del Reloj’.
            Pero el aparato pesaba como un condenado y la torre de adobe empezó a agrietarse peligrosamente. Así que hubo que desmontar y trasladar, en 1713, todo el tinglado (esfera, enormes pesas, contrapresas, jaula y campana) a otra torre de piedra, llamada Álcazar de la Villa situada al lado de otra de las puertas de la muralla, coincidente con el actual inicio de la calle de la Ferrería.
            En la torre del Alcázar estuvo éste primer reloj de Avilés desde 1713 hasta 1821, encarado hacia el interior de la Villa. En 1763 se le añadió la manilla para que marcara los minutos, pues hasta entonces solo daba cuenta de las horas.
            También estuvo perseguido por sucesos como el del 27 de noviembre de 1770, cuando fue alcanzado por un rayo que ocasionó graves daños en el ingenio relojero aunque «y bendito sea Dios Nuestro Señor no izo daño la zentella a ninguna persona» dejó escrito el escribano.
            Otro fue el del 1 de noviembre de 1755, cuando el reloj no solo perdió la compostura sino que demenció mecánicamente, dando campanadas, no diré sin ton ni son, pero si a lo loco, a consecuencia de los temblores ocasionados por un violento terremoto (que afectó a la mayoría del continente europeo) que ocasionó serios desajustes en la maquinaria.
            En 1821 se derriba la torre del Alcázar, donde reinaba el reloj, y hubo que buscarle otro acomodo, y rápido pues Avilés no podía quedar sin saber la hora en que vivía. Fue elegida, después de mucha discusión, la torre del convento de San Francisco (hoy San Nicolás de Bari). El traslado fue un desastre y entre unas cosas y otras, en 1827, el reloj empezó a dar la diez de últimas. Señalaba horas inexactas y la campana sonaba cuando le apetecía. Un sin vivir ciudadano.
            El segundo reloj llega en 1837 cuando se levanta, por suscripción popular –y mucha ayuda de los emigrantes avilesinos en Cuba, de ahí el adorno de una carabela–, una torre en el tejado del Ayuntamiento para alojar maquinaria, jaula y campana así como un frontispicio triangular donde se asienta el nuevo reloj (donado por Benito Maqua), que fabricado en Bélgica fue trasladado a Avilés por vía marítima. Estuvo dando la hora, y su carillón tocando (a las 12 del mediodía y hubo un tiempo que también las 12 de la noche) el conocido estribillo local de ‘Calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco’, hasta que el 15 de octubre de 1937, en plena Guerra Civil, fue afectado el conjunto relojero (excepto la maquinaria) por un bombardeo de la aviación de Franco, pues Avilés había permanecido leal al poder legal o sea la República.
            Terminada la guerra y recompuestos los daños en el edificio, se colocó un nuevo reloj de esfera luminosa inaugurado con las campanadas de Año Nuevo de 1944, que ante un inesperado fallo del automatismo tuvieron que ser dadas a martillazos por un conserje municipal.
            La esfera no gustó a los munícipes y se cambió por otra más clara, por acuerdo en sesión plenaria del 25 de enero de 1944 donde el alcalde Román Suárez–Puerta informó de la reposición de todo el complejo relojero incluido el carillón que seguiría reproduciendo la canción popular ‘Calle la del Rivero’, dato que en el libro de sesiones viene (algo inusual en un libro de Actas municipal) ilustrado con letra y música, reflejada ésta en un pentagrama.
            Pero el carillón sonó un tiempo, paró y nunca más se supo. El último maestro relojero tradicional que tuvo el Ayuntamiento (antes de que ‘informatizaran’ el reloj ‘injertándole’, en 2008, un mecanismo electromecánico y se abandonara su histórica maquinaria), fue Juan Ramón Ruiz Rodríguez quien recuerda que el mecanismo sonajero estaba hecho unos zorros. Y aunque luego, en 2009, parece que el Ayuntamiento lo arregló y un concejal prometió ponerlo en marcha, seguimos sin música.
            Total, que hoy en El Parche (o plaza de España) solo quedan dos relojes, éste de la torre y el reloj de sol, que hay en la esquina derecha del palacio municipal desde la inauguración del edificio en 1677.  Se trata de una pizarra rectangular con un estilete que marca la hora solar, y que en 2001 por accidente rompió, instalándose otro al año siguiente, construido con piedra de la cantera de Lugo de Llanera.
            Del resto de los relojes colocados en edificios de Avilés –un episodio aparte– buena parte de ellos están (a fecha de hoy) misteriosamente parados, por lo que solo dan dos veces al día la hora exacta.
            Y aunque en esto del tiempo todo sea relativo, la cosa da que pensar.

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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