(Donde se habla de aquellas Navidades en las que palmó el tranvía eléctrico, hoy tan añorado como transporte público, y nacieron los economatos que tanto beneficiaron a los trabajadores, pero a la vez frenaron el desarrollo y futuro de la industria del comercio avilesino).
La Navidad, como la Semana Santa y el día del plazo final de la Declaración de la Renta pesan cada vez más, quizás porque se nos convierten en aburridos mojones que sacralizan la repetición.
Pero así vamos tirando. Y así tiro yo hoy de la historia reciente –ocurrida en tiempos navideños– para darle protagonismo a dos acontecimientos: uno, en 1955, cuando llegaron los economatos y de paso arruinaron el comercio de Avilés. Y el otro, el último día del año 1960, cuando el tranvía eléctrico cesó en sus servicios como transporte público comarcal y sus vías se borraron del paisaje.
Eran aquellas unas navidades con música de fondo de la cansina cantinela de los niños de San Ildefonso sobre la lotería nacional que nunca nos tocaba a nosotros. Eran fiestas sin mucho colorín externo, pero de mucho calorín en la cocina, con la mamá atizándola de carbón y mucha charla de casos y cosas de familia y amigos. No eran como las de ahora suculentas y como de plástico; aquellas estaban ausentes de mensajes de WhatsApp y los villancicos se cantaban en las casas, no eran reclamos comerciales callejeros. Eran unas navidades distintas.
En las de 1955, la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) abrió en los bajos de los soportales de la plaza Mayor de su Poblado de Llaranes los primeros economatos para sus trabajadores (o ‘productores’ en la jerga de la empresa). Entonces el poder adquisitivo era ridículo y los artículos que se vendían en el economato venían rebajados de una forma, digamos que, milagrosa al no quedarse la empresa con la tradicional ganancia comercial.
Aquello fue la repera para los trabajadores (o sea para los productores) pero una catástrofe para el comercio tradicional. Y además echaba el freno para el futuro desarrollo de ésta industria en Avilés. ¿Cómo competir con los economatos que vendían el mismo artículo por un 25 o 30% menos del precio?

Mural de Echanove en Economato Llaranes.
Tal fue el éxito –colas multitudinarias– que hubo que construir un edificio ex profeso, inaugurado en agosto de 1962, para atender al público en el despacho de artículos de todo tipo, desde productos alimenticios a tejidos y desde congelados a calzados. El nuevo e impecable inmueble –diseñado por los arquitectos Cárdenas y Goicoechea, los mismos que habían trazado el poblado– fue al instante uno de los edificios más conocidos y frecuentados de Avilés, donde todavía no había grandes superficies. Y hasta Llaranes peregrinaba media comarca avilesina que salía del economato, vestida, calzada y cargada hasta el gorro de artículos domésticos.
Hubo que abrir más sucursales en La Marzaniella (Trasona), poblado de La Luz y en el mismísimo centro de Avilés, en la calle La Cámara.
Pero el colmo fue que en un monumental edificio de la Edad Media, como el palacio de Valdecarzana, se instaló un economato para trabajadores Portuarios. También lo tenían los trabajadores de Cristalería (hoy Saint Gobain) y ENDASA (hoy ALCOA).
Había economatos hasta en la sopa, y con ellos no podía competir el comercio tradicional que vio frenado bruscamente su desarrollo que debía haber ido en paralelo con el gigantesco aumento de población que sufría Avilés, que de 38.647 habitantes en 1956 pasó a 85.299 en 1975.

El periodista y escritor Toni Fidalgo, en un excelente trabajo titulado ‘La teoría de las dos ciudades’ –publicado en el libro coral ‘Avilés XX, el siglo que vivimos’ (editado por la Fundación Sabugo)– escribe que «No sirvieron de nada las protestas de la Cámara de Comercio, la denuncia de la posición de dominio o de competencia desleal para el comercio minoritario. Una vez más se impuso la decisión política y el abuso de poder. Y los establecimientos tradicionales de la villa, aquellos que subieron con legítimo orgullo a las coplas de principios de siglo, languidecieron, cerraron o no renovaron. Pocos años después, Avilés, la tercera ciudad de la región, tenía menos tiendas que Villaviciosa, Luarca o Llanes. A juicio de los estudiosos del sector eran además ‘pequeños comercios familiares, con una escasísima oferta especializada’».
Todavía hoy se dejan sentir las secuelas de aquello.
Y tan llamativo como el nacimiento de los economatos fue la muerte de los tranvías eléctricos que hicieron su último recorrido el 31 de diciembre de 1960 dando paso a los autobuses urbanos. Ni pizca de comparación, casi todos los que conocieron el tranvía lo añoran. En las ciudades europeas ha sido resucitado como transporte público cómodo y no contaminante.
Se había puesto en marcha el 20 de febrero de 1921, llegando a cubrir el trayecto Piedras Blancas–Avilés–Villalegre con un trazado de vía de que rondaba los 15 Km. en el que invertía, aproximadamente, una hora y media.

Tranvía en la calle La Cámara.
Socialmente el tranvía fue un triunfo histórico en las comunicaciones comarcales, inexistentes hasta entonces. Aparte de facilitar el desplazamiento de trabajadores, con tarifa especial, a San Juan y Arnao. Y también para los aficionados al fútbol que acudían al estadio –con tribunas de madera– de Las Arobias, en la carretera de San Juan, donde jugaba el Real Stadium de Avilés contra sus rivales.
El tranvía también hizo posible un notable aumento ciudadano, en temporada veraniega, en las playas de San Juan y Salinas.
En fin. Que fueron Navidades que cruzaron por la historia de Avilés allá por la década de los cincuenta, cuando el pollo era el rey de las tradicionales cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cuando no había Papá Noel, solamente Reyes Magos. Aunque para los hijos de los miles de papás que trabajaban en ENSIDESA los Reyes dejaban miles de juguetes, el 6 de enero, en la plaza Mayor del poblado de Llaranes. Una explosión de alegría.
Por entonces circulaba el dicho «El que vale, vale, y el que no pa ENSIDESA» y otro, que remataba la faena con «Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA».
Inventados por cachondos o quizá por despechados al no poder conseguir ingresar en aquella mastodóntica empresa, que llegó a tener en sus mejores tiempos 20.000 empleados y que originó, en Avilés, la mayor transformación de su Historia. De momento.