(Un templete musical, el del Parque del Muelle, que sigue siendo uno de los símbolos del Avilés clásico. Fue construido en 1894 al poco de haberse plantado el -entonces- nuevo parque avilesino).
Mi memoria musical, la más antigua y sólida, me lleva ante unos señores uniformados que sentados educadamente, fabricaban música al mediodía de un domingo soleado en el kiosco del parque del Muelle de Avilés.
Eran piezas del estilo de ‘La leyenda del beso’, ‘El sitio de Zaragoza’ y estaban dirigidos por un caballero de pelo cano que de pie y con una varita en la mano hacía magia poniendo orden y concierto en aquel concierto. Aquello fue la caraba en doremifasol.

Años 60 del pasado siglo XX. Concurrencia ante el concierto del kiosco.
El caballero era ‘don Vicente’ [Sánchez Benito, director de la Banda Municipal de Música de Avilés] mi profesor de Música en el instituto Carreño Miranda (hoy colegio público Palacio Valdés) quien automáticamente pasó a ser uno de mis héroes docentes aunque –la música amansa a las fieras– no de la categoría de Adela Palacios quien, todavía a estas alturas, sigue siendo mi profesora emérita inmaterial de Literatura.
Aquella del Carreño Miranda, en el Carbayedo, fue una época en la que Avilés fue puesto del revés a cuenta del acero, cristal, y aluminio –el zinc le venía de Arnao ya de antiguo– sufriendo la mayor transformación de su historia. Pongamos que hablo de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo y digamos que entonces, excepto en la radio, si querías escuchar música era cosa de ir los domingos al mediodía al parque del Muelle.

Año 1894. El kiosco en construcción, en un recién plantado Parque del Muelle.
Que no es un parque cualquiera. Y no porque haya sido declarado Jardín Histórico de Asturias; sino porque ha jugado un enorme papel como espacio público al soldar la distancia –física y química– entre el casco histórico de la Villa y el de Sabugo y luego ser, durante muchos años, el principal espacio público de ocio de Avilés.
Fue la apertura, en 1976, del parque Ferrera –gigantesco pulmón verde en una ciudad entonces muchísimo más contaminada que ahora– lo que dejó sin clientes al del Muelle, que ahí sigue estando y destacando por sus elegantes soportales vegetales, su colección escultórica y su emblemático kiosco, esperando un futuro ligado a la desaparición de la barrera viaria y ferroviaria que separa a la ciudad de su fachada marítima.
El kiosco fue levantado en 1894, cuando el parque estaba recién plantado, por el contratista local Juan Pérez Martín siguiendo planos de Federico Ureña pues el arquitecto municipal Ricardo Marcos Bausá, autor del proyecto del parque y de otros también importantes como el cementerio de La Carriona o la capilla de Jesusín de Galiana, y el alcalde –entonces José Cueto– se habían tirado los trastos a la cabeza y el arquitecto se largó dejando pendiente el diseño del kiosco, que entonces le fue encargado al ovetense Federico Ureña González–Olivares, Ayudante de Obras Públicas que trabajaba con el empresario vasco Carlos Larrañaga en el encauzamiento de la Ría. Federico Ureña, que a partir de ese momento continuó trabajando unos años en el ayuntamiento avilesino hasta marcharse a Sevilla, fue abuelo de quien con el tiempo sería también empleado municipal y luego Cronista Oficial de Avilés. Hablo de Justo Ureña.

La construcción del kiosco costó 12.900 pesetas y fue planificado y terminado en noviembre de 1894. Está edificado en fundición, destacando las curiosas cúpulas de la cubierta que le dan un realce arquitectónico ‘muy gallasperu’ que me tiene dicho el poeta Ángel González.
Este edificación circular, de arquitectura modernista, vio nacer a su alrededor notables edificios como el que fue Gran Hotel o la casa de Larrañaga. También fue testigo mudo de la siembra de nuevas estatuas, que se añadían a las clásicas del parque, como la del Adelantado de la Florida en 1917 o la de la foca –por cierto que sin bigotes– en 1956.

Festival 'La Mar de Ruido'.
Se ha venido utilizando el kiosco en ocasiones y en temporada veraniega para acoger ‘Música en el quiosco’, ciclo de conciertos de bandas municipales. Pero su mayor resalte popular y mediático tiene lugar, desde hace diez años, en los meses de agosto cuando se convierte en el escenario de ‘La Mar de Ruido’, un festival donde han actuado desde Luz Casal a leyendas del rock norteamericano como Chris Barron (Spin Doctors)
, «todas las músicas posibles y músicos de diferentes partes del mundo» traídos de la mano de Béznar Arias, otro declarado admirador de este centenario templete musical.
Los senderos sentimentales del parque del Muelle de Avilés están sembrados de armonías de todo tipo que te llevan, quieras que no, a su histórico kiosco metálico. Elegante y triunfal.