(La edificación quizás más importante del Casco Histórico de Avilés fue su muralla medieval que construida hace unos mil años, y destruida hace 200, se intenta hoy recuperar en parte).
Por el siglo XVI bajabas por La Ferrería, dejando a la derecha la parroquia de San Nicolás de Bari (hoy San Antonio) con su cementerio y la capilla de Las Alas al lado de la cual se reunía el Ayuntamiento, y al final de la calle estaba la Puerta de la Mar.
Si la cruzabas ya estabas en el Puerto de Avilés, situado en el delta que formaba el río Tuluergo al desembocar en la Ría y por tanto fuera de la muralla. Torciendo hacia la izquierda y al final del muelle, pasado el palacio de Camposagrado, había un viejo y estrecho puente que cruzaba el Tuluergo (a la altura del actualmente abandonado Café Colón) por el que entraba muy justo un caballo con las alforjas llenas, que te llevaba al pueblo de pescadores de Sabugo, cuya iglesia dependía del arciprestazgo de Pravia de Allende. Dos detalles que dan que pensar sobre las delicadas relaciones entre la Villa y Sabugo. Tan cerca y tan lejos.
Pero volviendo a la Puerta de la Mar, si en vez de torcer a la izquierda lo hacías a la derecha caminabas por una zona del muelle de prolongada curva que iba haciendo la muralla de la que sobresalían pequeñas montañas blancas. Eran los alfolíes o almacenes de sal –oro medieval– cuyo monopolio, Avilés, tenía en Asturias. La curva llegaba al puente de piedra de San Sebastián donde terminaba el muelle y entonces te dabas cuenta que el Puerto de Avilés iba de puente a puente.
Allí frente al viaducto estaba otra puerta de la muralla (en el inicio de la hoy calle de Los Alfolíes) a la que unos llamaban Puerta del Puente. Atravesándola ingresabas de nuevo en la Villa y podías cruzarla (por las actuales plaza de Carlos Lobo y calle San Bernardo) casi en línea recta –era el Camino Real que comunicaba el centro de Asturias con el oriente costero– hasta salir por otra de las puertas de la muralla, la de La Cámara le decían unos por el nombre de la fuente que allí había.
Ya fuera de la Villa, podías seguir dando un paseo ascendiendo por la senda (hoy calle Cabruñana) del Camino Real, cruzando con campesinos que bajaban del interior de Asturias con carros cargados de frutos secos (nueces, avellanas, etc.) para vender en los barcos atracados en el muelle. En la parte alta te desviabas hacia un muy extenso robledal llamado Plantío Real del Carbayedo, enorme bosque de carbayos de donde se sacaba madera también para la exportación.
Podías regresar a la Villa bajando por la galiana. En aquella cañada por la que arrollaba el agua y circulaba el ganado, lo primero que te encontrabas era el convento de San Francisco del Monte (hoy iglesia de San Nicolás de Bari) y a continuación lo que algunos llamaban ‘plaza de Fuera de la Villa’ (hoy plaza de España), en realidad un bosque de álamos, robles y castaños con cuatro casas, una de ellas el pequeño hospital de San Juan.
Y allí, frente a ti, tenías otra vez la muralla a la que podías acceder por la Puerta de Cima de Villa (actual calle La Fruta), también conocida como la del Reloj, el único que marcaba la hora en Avilés. Era una calle cerrada al fondo por la propiedad de lo que hoy es palacio de Camposagrado.
Pero la principal entrada era por la hoy calle La Ferrería, la Puerta del Alcázar, llamada así por la edificación defensiva colocada a su lado. Por esta puerta salía y entraba gran parte del tráfico al puerto avilesino que también era el puerto de Oviedo y de gran parte del norte de Castilla.
A la mitad de La Ferrería estaba la hoy conocida como calle El Sol, con un precioso edificio gótico propiedad de un rico comerciante, inmueble hoy llamado palacio de Valdecarzana.
Esta calle el centro geográfico del recinto amurallado almenado de Avilés, que tenía un perímetro de forma oval de unos 800 metros, una altura media de tres metros y una superficie de unos 46.000 metros cuadrados(un poco más de la mitad del parque Ferrera). Se estima que fue construida hacia el siglo XI.
Y fue en el XIX cuando se derribó basándose, la autoridad de la época, en argumentaciones legales que mayormente camuflaban intereses inmobiliarios.
Desde entonces, y hasta este siglo XXI, lo que queda de muralla está enterrado o escondido. Hay calles, o parte de ellas, que se han levantado sobre sus cimientos: La Cámara (en su bajada por la acera derecha) o los edificios a caballo entre las calles La Muralla (que no tiene el nombre en balde) y San Bernardo.
Quedan restos en lugares privados: en el piso bajo del palacio de Camposagrado, en un patio de un antiguo edificio de la Autoridad Portuaria en la calle Las Alas y hoy lugar de aparcamiento de automóviles de funcionarios del Principado, así como en dos populares locales hosteleros (cuando se escribe este episodio cerrados) como Moisés y La Parra, donde se escanciaba sidra a raudales.
Todo lo anterior no debería llevar a especular sobre un hipotético paralelismo entre la sidra y la muralla medieval.
De lo que no cabe duda es que estos Episodios Avilesinos cumplen, hoy, cinco años desde su primera publicación (12 de junio de 2011) en LA VOZ DE AVILÉS. Un lustro ilustrado.