(Reedición corregida del episodio publicado el 26/11/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluido en este blog)
La de Avilés es Ría mayúscula.
No como las formadas por pequeños ríos que sumando caudales terminan acoplándose y poniendo rumbo hacia la mar. Aunque con las rías nunca se está seguro de si es el agua dulce la que se sale al mar o la salada la que penetra en la dulce.
Pero salvados estos conceptos erótico-geográficos, se llega directamente a la conclusión de que el estuario local es diferente porque la circunstancia avilesina impone categorías y añade valores.
Por si esto fuera poco, la endiablada geología submarina local forma al poco de desembocar en el Océano Atlántico el ‘Cañón de Avilés’, uno de los mayores del mundo. Se inicia en los Picos de Europa, se embarca luego en placas tectónicas en la Ría avilesina y se abisma en alta mar, a menos de 15 kilómetros del faro de Avilés, también conocido como el de San Juan.
En el Museo Marítimo de Asturias, en Luanco, se expone una maqueta donde se describe esta artillería descomunal que lleva el nombre de Avilés por todas las cartas marinas del mundo.
Hoy, la barra de la Ría está adelgazada por la ingeniería naval. Pero se supone que, en tiempos de Maricastaña, aquel delta era tan ancho como para estar limitado entre lo que hoy es el faro de Avilés y el peñón de Raíces. Entre ambos el mar batía un paisaje ‘dunar’.
La Ría es sitio único donde brotan lugares singulares y mágicas leyendas. Algunas dicen que Avilés (situada en la margen izquierda) fue la antigua Zoela y que en la península de Nieva (margen derecha) estaba ubicada la población de Noega. Un asunto que se hunde en una noche de tiempos remotos, al igual que el de la ciudad submarina Argenteola naufragada, según la leyenda, en la parte central del estuario.
También es Ría milagrosa en la que aparecen y desaparecen islas, como la teórica de la Innovación que está por venir al mundo o como aquella de San Balandrán que fue merendada por una draga (dragón mecánico) en los años cuarenta del pasado siglo XX.
Luego están los sitios veraces como La Peña del Caballo, una roca de curioso perfil equino y, haciendo un giro de casi noventa grados, la Curva de Pachico, en el increíble pueblo de San Juan de Nieva partido en dos por la mismísima Ría y troceado en tierra por tres municipios. Una carnicería burocrática. El colmo de lo administrativo y de lo fronterizo.
Pocas poblaciones tienen tan incrustado lo marino en su historia como la de Avilés. En su escudo, con origen en una anécdota guerrera del siglo XIII, el protagonista principal es un barco que navegando a toda vela arremete contra una cadena tendida entre dos torres sevillanas.
El que no se pueda concebir Avilés sin puerto es tan cierto como que éste es producto de una Ría que, enclavada en el centro del norte atlántico español, fue bendecida por la estrategia geográfica (muy cercana a Oviedo, capital del reino de Asturias) y por el abrigo que procuraba a aquellas frágiles embarcaciones de madera. Durante siglos fue de los más importantes puertos desde el Miño al Bidasoa, de Portugal a Francia. Luego vinieron el carbón y más tarde las vacas flacas con los grandes buques del siglo XX, demasiado anchos y largos para tan fino estuario y tan cerrada Curva de Pachico, que es un episodio aparte. Y también atracaron angustiosas crisis siderúrgicas. Pero seguimos navegando.
Porque hoy Avilés no está «panza arriba con los pies en el agua», como narraba, en ‘También se muere el mar’ el escritor avilesino Fernando Morán que también fue el ministro que metió a España en Europa. La ciudad renació y en gran parte debido a su Ría que, por unas y otras cosas, le sigue procurando torrentes de modernidad de todo tipo. Complejos de nuevas tecnologías, o culturales como el Niemeyer, están amarrados en su margen derecha. Y en la izquierda sigue atracado, desde hace siglos, uno de los cascos históricos más destacados del norte de España.
La Ría es nuestra fachada marítima, esa que tanto nos está costando reconquistar al llevar más de cien años separada de la ciudad por lo que en su día fue progreso y hoy es un enjambre desordenado de vías ferroviarias y carreteras cargadas de tráfico hasta los topes.
Pero llegará el día en que casco histórico y estuario se reconcilien. A la espera de tan histórico momento, no hay duda de que la Ría–respecto a la villa de Avilés– es la madre que la parió.
Y aquí paz y luego gloria.