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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

Del Ribero medieval a la calle de Rivero

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/04/12 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            En el siglo XVII el Concejo (o Ayuntamiento) de Avilés decidió –dada la estrechez con la que se vivía en el recinto medieval– extender la ciudad fuera de las murallas hacia el sur, que eran  terrenos libres de mar y marismas.  

             Y así brotó una plaza, en principio triangular (El Parche, como se ve, ya nació con vocación de parche), con un palacio en cada vértice: el Ferrera, el municipal y el de García Pumarino (también conocido como de Llano-Ponte). Y dos vías porticadas tan célebres como celebradas: Rivero y Galiana.                    

Rivero es la única calle, de entre las clásicas, de la historia avilesina que nunca ha cambiado de nombre. Si acaso mudó la b por una v, obra parece que de algún escribano que iba por libre. El caso es que a Rivero le caparon la b. Como Abillés, que con el tiempo terminó llamándose Avilés.

(Fotos de Félix Gómez)

          Es muy antigua la existencia del Ribero que así figura en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Avilés de 6 enero de 1485 «Reunidos en Ribero, arrabal de la villa de Avilés». Un núcleo de población que fue formándose en el camino que llevaba a la capital de Asturias y que también era Camino de Santiago. Por tanto era de cajón que allí se edificara –en 1515– un gran Hospital de Peregrinos, costeado por el enigmático Pedro Solís (que ya tuvo su episodio). El albergue era un complejo con capilla y cementerio, que vino inmisericordemente a morir, a golpe de piqueta, en el verano de 1948.                    

            La denominación ribero corresponde a un vallado que se hizo en la zona para contener el agua que bajaba –demasiado generosamente– por los prados del [hoy parque público] Ferrera, inundando frecuentemente casas y caminos del arrabal.                    

            Por el agua también tuvo molinos e incluso un Molinón que –eso sí– nunca fue del Sporting de Gijón.

            Cosa histórica, no la de El Molinón, sino la de las humedades de esta tradicional calle, porque aún hoy en día siempre que llueve de más uno de los primeros lugares de Avilés que lo paga con inundación es el tramo final de la calle Rivero.                    

            Decididamente los vecinos no necesitan ‘ir a pasar el agua’, les viene de siempre. Por tanto parece lógico que el emblema de la calle sea una fuente, la famosa de los Caños de Rivero (1815), emplazada en un espacio semicircular con bancos de piedra, donde antiguamente se ubicó un lavadero público.                    

            Un cuadro costumbrista que se complementa con la capilla del Santo Cristo de Rivero y San Pedro (“San Pedrín” para los fans) un antiguo humilladero que existía aquí desde hace siglos y luego transformado en ermita sujeta a reparaciones sucesivas.                    

            El arrabal del Ribero se ordenó como rúa en aquel siglo XVII, del que hablaba al principio, y se fue enriqueciendo en edificios, siendo hoy la calle peatonal más larga -casi medio kilómetro- y transitada de la villa.                         Comienza en su costado izquierdo con un palacio barroco (hasta hace poco cine ‘Marta y María’ que el tiempo se llevó) que tiene, casi enfrente, una botica y termina en una elegante casa en cuyo bajo domicilia otra farmacia. Una muestra más, por si no había suficientes, del llamado ‘Barroco Boticario de Avilés’ donde las mansiones se asocian a las boticas. Curioso y singular estilo artístico que, ya me contarán a mí, en que otro sitio del mundo se da.                    

            El palacio lo mandó construir el gozoniego Rodrigo García Pumarino, en 1700 recién venido del Perú. Pero al poco de su muerte lo intercambiarían sus herederos por la casa [número 20 de la actual calle de La Estación] que en Sabugo tenía la familia Llano-Ponte. Intercambio desigual que se explica sabiendo que uno de los herederos de Pumarino era cura y otro de los Llano Ponte obispo.                    

            Y fue este obispo de Oviedo, Juan Llano-Ponte, en 1795, quien costeó el alcantarillado (agua va, otra vez) de ese tramo de Rivero suprimiendo –de paso y como el que no quiere la cosa– algunos soportales que impedían el tránsito de su carruaje.                    

            Rivero es de tramos largos y soportalados, con vecinos muy orgullosos de su calle. Y razón llevan porque es un encanto contado en libros y cantado en escenarios.                    

            Contada por escritores como Armando Palacio Valdés (1853-1938) que de niño vivió en Rivero. Cantada, por ejemplo, en la zarzuela ‘La pícara molinera’ (1928), donde el estribillo más conocido –sacado del cancionero tradicional asturiano– dice «calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco». Desde 1921 y hasta 1960 también la atravesó, de cabo a rabo, el tranvía eléctrico; actualmente es calle peatonal que sigue conservando casi 200 metros de soportales.

            Y aún quedan más casos de cosas y casas que contar en este Rivero de hoy, que ayer fue del Rivero y anteayer del Ribero.          

Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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