Estoy convencido de que si Avilés tiene un pasado muy posado es por el hecho de estar pesado en quilates históricos.
También lo estoy de que lo que le viene ocurriendo entre finales del siglo XX y estos comienzos del XXI, figurará algún día en los libros –no se si de texto o no– pero con un texto algo así como: «Fue por entonces cuando, sorprendentemente, en aquella histórica ciudad asturiana se inició todo un renacimiento del barroco…»
Eso está pasando de unos años para acá. Pero pera no es manzana y al estar viviéndolo en riguroso directo no tenemos la perspectiva necesaria para poder apreciar –en toda su dimensión– como la villa de Avilés está modernizando su antigüedad, recuperando edificios emblemáticos y dándoles usos sociales.
Una demostración está en los palacios de Camposagrado y Ferrera, que han vuelto a tomar el protagonismo que tuvieron antaño, aunque ahora, felizmente, para uso público. El Ferrera, desde el 9 de mayo de 2003, es uno de los hoteles más importantes de Asturias.
Levantado en el siglo XVII, refleja el final de un estilo renacentista ya casi superado, entonces, por la fiebre del barroco. Su torre de cuatro plantas, en forma de rombo, es muy singular y colabora con notable poderío al milagroso tinglado arquitectónico de El Parche, que así se llama –gracias a Dios– en Avilés a la plaza de España.
El palacio se construyó adosado, en parte, al entonces convento medieval de San Francisco del Monte (actualmente iglesia de San Nicolás de Bari). Y también –y a uno de los costados del Ferrera–por aquella época, rompió aguas la fuente de los caños de San Francisco, un prodigio de simetría arquitectónica y de vitalidad urbana.
El destino, a veces, es curioso. Ya que el Ferrera siempre tuvo como un dizque hostelero, una vocación de parador. La cosa viene ya de 1858, cuando se hospedó en él la reina Isabel II y su hijo Alfonso XII, entonces un bebé. Desde entonces ha sido albergue, de realeza, continuado –sin prisa, pero sin pausa– según pasaban los años y se sucedían los monarcas, incluidos los actuales.
Los pasos dados desde que el Ayuntamiento, en 1997, inició la promoción del casco histórico, hasta que seis años más tarde, fue inaugurado el hotel, entrando Avilés en la elite del turismo internacional, podríamos resumirlo diciendo que: pasamos de dos escudos a cinco estrellas.
El Ferrera, ya es referencia hotelera, de primer orden. A ello ha ayudado mucho, tanto la puesta en marcha, como las actividades (hoy, peligrosamente, en pausa) programadas por el centro cultural internacional ‘Oscar Niemeyer’, que trajeron hasta Avilés a personajes mediáticos universales. Es el caso de los creadores cinematográficos Woody Allen, Wim Wenders, Carlos Saura… Intérpretes tan famosos como Kevin Spacey, Brad Pitt o Scarlett Johansson… escritores de la talla de Paulo Coelho, el Nóbel nigeriano Wole Soyinka, etc.
El palacio poseía uno de los espacios ajardinados privados más extensos de Asturias, que –por compra hecha por el Ayuntamiento, primero en 1976 y luego en 1998– son hoy son de uso público y constituyen un grandioso parque de cerca de más de 90.000 metros cuadrados, que es todo un episodio aparte.
La restauración del Ferrera y su acondicionamiento para hotel fue respetuosa con la herencia arquitectónica contenida en el histórico edificio.
Además la propiedad lo convirtió en una gran pinacoteca, colgando en su interior obras de artistas ‘clásicos avilesinos’ como los hermanos Espolita, hermanos Soria, Alfredo Aguado, García Robés, Luís Bayón o Fernando Wes.
También adquirieron pinturas de contemporáneos como Ramón Rodríguez, Vicente Pastor, Benjamín Menéndez, Cristina Cuesta, Coronas, Angélica García o Fidel Pena.
La fusión y efusión –de historia y modernidad– que ha supuesto la transformación de una oxidada mansión palaciega, como era el palacio Ferrera, en un hotel de éxito y en pleno corazón del casco histórico, es algo impagable que nunca entenderán los que piensan que el dinero lo hicieron redondo para que ruede.
Aparte, claro, de esa vitola de calidad ciudadana que trae consigo el rescate de un edificio –que estaba papando moscas– para insuflarle vida.
Las cosas son como acaban. Por eso, lo del Ferrera es una gozada.
(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 6 de noviembre de 2011)