Hoy se cumplen 153 años de una sonada reunión en Avilés. Aquel 5 de octubre de 1861, los miembros del gobierno local presididos por el alcalde Fernando Ochoa, aprobaron las obras proyectadas para la prolongación de la calle de La Cámara, que entonces comenzaba en la plaza de España y terminaba en el cruce con la, hoy, calle La Muralla.
Esta obra, histórica para Avilés, traería consigo el nacimiento de un gran espacio urbano, donde destacaría la espectacular plaza del mercado (descreídos, con ordenador, busquen ‘singular plaza de los siete nombres’ en Google, Yahoo o similar).
En la misma sesión, el alcalde Ochoa –abogado, que compaginaba la política con el periodismo, y vivía en la casa, hoy palacio, de Valdecarzana– leyó un documento que se enviaría a Madrid, pidiendo un ramal de ferrocarril que «ponga en comunicación a esta Villa y Puerto». El tren llegaría veintinueve años más tarde.
Pero aparte de estos dos históricos asuntos –y de la aceptación de la dimisión de dos serenos, porque aunque parezca mentira hubo un tiempo en que hasta dimitían los serenos– el alcalde dio lectura a una carta remitida por la parroquia de San Nicolás de Bari: «Las personas que frecuentan la capilla de San Roque me advierten de su estado ruinoso, hendiduras en las paredes y bóveda y desplome de la fachada, interesando se determine si las reparaciones han de ser de su cuenta, o si la capilla está bajo el patronato municipal…».
La carta la firmaba el sacerdote Francisco Martínez Manzaneda, cura ecónomo de la parroquia, polémico personaje de la época, que se las tenía tiesas con el Ayuntamiento. Alcalde hubo (tal fue el caso de Álvaro Lobo Castañón) que dejó escrito que «a este cura le hizo la boca un fraile», por sus continuos rifirrafes por asuntos económicos. A veces, la sola cita de su apellido resultaba categórica. Por ejemplo el poeta Marcos del Torniello hablando de su nacimiento dejó escrito: «Naci na cai de Gozón. / No importa pa la cuestión, / el año, el día y el mes… / Soy como tú d’Avilés, / pa que lo sepias, Antón. / Na pila San Nicolás / bautizome Manzaneda». Y punto en boca, parece querer decir el poeta bablista.
El caso es que en aquella ocasión el cura llevaba razón, pues la capilla era propiedad del Ayuntamiento y este tendría, una vez más, que apechugar con el arreglo.
Pocos chapuzas constructivas hubo en Avilés como aquella capilla de San Roque. Tantos desastres acumuló, que pierdes la cuenta de tanta avería y derrumbe que vienen reflejadas en los libros de Actas del Archivo Histórico. Justo Ureña ironizaba que «Si convertimos al valor actual del dinero, los ducados, reales, maravedíes y pesetas que en tres siglos se invirtieron en reparaciones y reconstrucciones de la capilla de San Roque, es incuestionable que Avilés podía tener hoy en El Carbayedo una catedral como la Almudena de Madrid».
La capilla de San Roque fue edificada, en el siglo XVII, en el llamado ‘Campo de Galiana’ anexo al Plantío Real del Carbayedo, famoso bosque de carbayos (robles, ya sabes) situado en la parte alta de Avilés.
Fue bendecida en 1652, como agradecimiento de las autoridades locales a San Roque –santo que en vida se dedicó a curar a los infectados por la peste– pues entendían que Avilés se había librado de la plaga gracias a su intercesión divina con ocasión del incidente ocurrido cuando estando el puerto de Avilés en cuarentena ordenada por el Gobernador de Asturias, ante la epidemia de peste declarada en Europa, los responsables locales –dos jueces que luego fueron castigados con el destierro– dejaron entrar en el puerto una carabela, cuyo capitán –un vecino de Sabugo llamado Amado Terano– estaba infectado. Una imprudencia que sembró el pánico entre la población, que se encomendó masivamente a San Roque. Afortunadamente no hubo contagio, de milagro. Cosa que se atribuyó al santo, por lo que se decidió erigirle una ermita.
Con el tiempo la capilla fue cambiando la advocación oficial, a partir de la instalación en ella de una imagen del Nazareno procedente de la ruinosa capilla de San Martín (que estaba frente a donde hoy está la comisaría de polícía). Y la de San Roque pasó a ser llamada Jesús de Galiana, y también la del ‘Ecce Homo’, para terminar siendo –y así es hoy familiarmente conocida– la de ‘Jesusín de Galiana’.
Sepan los foráneos que en Avilés hay también una capilla que muchos llaman de ‘San Pedrín’, en la calle Rivero, y una famosa cofradía semana-santera conocida como la de los ‘sanjuaninos’… Y esto no debe de extrañar en una región, de ‘grandones’ por otro lado, donde la patrona es conocida como la ‘Santina’.
Y vuelvo a un 5 de abril de 1892, cuando otra amenaza de ruina, la quinta de su historia, decidió al Ayuntamiento a encargar un nuevo proyecto al arquitecto Ricardo Marcos Bausá (el que había trazado el cementerio de La Carriona y el parque El Muelle) y que es la que existe en la actualidad. Es sede de la cofradía ‘Nuestro Padre Jesús de Galiana’ y alberga también las imágenes de San Roque, San Juan, y la Virgen Dolorosa.
Siempre fue lugar de feligresía al paso, aunque cuando el Instituto ‘Carreño Miranda’ estaba en su inmediaciones (donde hoy está el colegio público ‘Palacio Valdés’) y por los meses de junio y setiembre (épocas de exámenes) ‘Jesusín’ estaba hasta los topes de jóvenes feligreses.
Sépase que es la única ermita donde se hincó de rodillas un Rey de España, tal fue el caso de Amadeo I, cuando visitó Avilés –el 15 de agosto de 1872– y la apolillada nobleza de simpatías borbónicas, encabezados por el marqués de Ferrera, le cerró palacios e iglesias.
Hoy la capilla tiene a un costado un pasaje llamado de ‘San Roque’ que remite a sus orígenes. Por cierto que aquí se plantó, en su día, un famoso crucero que no tardó mucho (permitan el retruécano) en llevarse por delante un camión repartidor de Coca-Cola en una desgraciada maniobra dando marcha atrás. Incidente que unió para siempre a la multinacional norteamericana con la milenaria historia avilesina.
Mientras tanto ‘Jesusín’ de Galiana sigue llamando la atención de los visitantes, fundamentalmente por llamarse Jesusín, cosa que choca la suyo por tal confianza con algo divino, con el plus añadido de ir unido al nombre de una de las calles porticadas más famosas de España. Todo viaja menos los nombres, como dice Julián Marías, porque los nombres se quedan para siempre grabados en la memoria y en las lápidas.
Yo solo se que si dices, por ahí fuera, ‘Jesusín de Galiana’, en un santiamén muchos saben que hablas o que eres de Avilés. Ya se que la cosa tiene su lógica, pero sigue pareciéndome un milagro, oye.