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Alberto del Río Legazpi

Los episodios avilesinos

Emile Robin, la calle más financiera de Asturias

       La calle de Emile Robin es de las más cortas de Avilés y de las más largas en ocio y negocio.

       Sus 150 metros, acogen nueve edificios, contenedores de –aparte de viviendas y oficinas– tres entidades bancarias, el Casino de Avilés, una marisquería y un clásico de la hostelería local como es el ‘Germán’ con 80 históricos años a cuestas. Y esto hablando de una calle, hoy poco céntrica, hay que reconocer que tiene muchos candiles. Pero es que si encima consideras que tiene una sola acera, la cosa ya es de nota.

       De monsieur, trata el Ayuntamiento de Avilés al francés Émile Robin, cuando lo cita en su libro de Actas del 28 de febrero de 1913, donde «acuerda nombrar hijo adoptivo de Avilés a Mr. Emile Robin y dar su nombre a la calle de La Ribera, y determinar oportunamente la solemnidad que han de revestir dichos actos para comunicarlo al interesado» por su acto de «filantropía y humanidad».

       Pero el interesado no apareció en ese homenaje municipal, celebrado el 11 de agosto de aquel año, alegando enfermedad. Quien si participó fue el, entonces, ministro de Hacienda, el avilesino Estanislao Suárez Inclán, que se sospecha que algo tuvo que ver en el regalo del banquero parisino, que había donado a la Asociación Avilesina de Salvamento de Náufragos una lancha insumer­gible de alto valor, así como pensiones en distintos conceptos, a los miembros de su tripulación.

       Émile Robin (1819-1915) era un banquero parisino, fabricante y comerciante de coñac. Y también era vicepresidente de la asociación caritativa francesa Sociedad para el Rescate de Náufragos. Estaba considerado un benefactor de leyenda en el mundo marino y sus donaciones se extendían por los principales puertos europeos. Avilés por ejemplo.

       La Ribera era la frontera de Sabugo con las marismas. Un espacio que comenzó a tomar vida urbana con la construcción, en 1879, del edificio donde hoy finaliza la calle. Pero la categoría la adquirió cuando el naviero Ceferino Ballesteros le encargó, en 1917, al maestro de obras –en funciones de arquitecto de muchos quilates– Armando Fernández Cueto la construcción de un edificio destinado a ser ‘El Gran Hotel’, no era el de Budapest, pero casi. El  lujoso albergue capotó más tarde como negocio, pero a Avilés le quedó para siempre una gran y vistosa edificación.

       Luego la calle se fue armando, animando y progresando. El tranvía eléctrico, inaugurado en 1921, tenía aquí su parada principal, cosa nada extraña pues el parque El Muelle, que se había sembrado en esta zona a principios del siglo XX fue un triunfo ciudadano.

       En las décadas de los cincuenta y los sesenta (en 1960 los autobuses sustituyeron al tranvía eléctrico como transporte urbano, pero Emile Robin seguía siendo su parada principal) la calle –que empezaba en la plaza de Pedro Menéndez y terminaba donde lo hace hoy (Avenida de Los Telares)– se convirtió, por horas parciales y fundamentalmente sábados y domingos, en el centro ciudadano de Avilés.

       Las cafeterías de moda estaban en estos terrenos. Destacaban el ‘Busto’, referencia de café elegante, mientras el ‘Germán’ era más del gusto juvenil. Aparte del Centro Asturiano de La Habana, que estuvo durante años en el edificio del Gran Hotel.

       La población, que el establecimiento de ENSIDESA y compañía multiplicaba sin cesar, se volcaba en el parque. Y, en concreto, en la acera que daba a la calle Emile Robin, que se llenaba de multitud de jóvenes, de ambos sexos, que la paseaban una y otra vez de arriba abajo durante horas. Iban del monumento del Adelantado al puesto del helado veraniego (o de la castaña invernal) que estaba al otro extremo de parque. Era un agitado trayecto de excitadas idas y venidas, de intercambios de miradas, adioses interesados y –a veces ¡Ay Dios!– de guiños cómplices. Era un cortejar al paso. Allí se iba con las mejores galas, a ver y a ser vistos, por lo que algunos le decían ‘tontódromo’ a aquel paseo, multitudinario hervidero de amores tempranos.

De izda. a dcha: Mario Blanco, Claudio Celard (yerno de Mario) y Germán Blanco, hijo de Mario y actual propietario del 'Germán'.

       Vueltas y revueltas, oteando, adivinando, suponiendo, si gustabas, si ‘refrescaban’ (era la palabra clave) por ti, tanto como tu ‘refrescabas’ por ella, o viceversa. A veces esta relación visual pasaba a ser de palabra y entonces (y esto ya era sobresaliente) la pareja encontraba motivo de conversación, daban unas cuantas vueltas más juntos y si cuajaba la cosa (y esto era ya de matricula de honor) tomaban asiento en los bancos interiores del parque, donde un guardia de uniforme verde, conocido como ‘Timimi’, se encargaba de la cosa de la moral y las buenas costumbres («¡Esa mano, chaval, esa mano!»).

       Aquel desmadrado trasiego pasional del personal en busca de pareja terminó cuando se pusieron de moda los guateques, la ruta de los vinos de Sabugo y se abrieron discotecas.  El bajo techo se impuso al aire libre, que por cierto estaba tremendamente contaminado por ENSIDESA y compañía.

       Pero la calle Emile Robin, otra vez silenciosa, siguió añadiendo edificios. Y hoy llama la atención su aire mercantil.

       Si se fijan bien, no hay calle asturiana con tanto trajín financiero. No hay otra –en términos relativos– tan corta en espacio como larga en entidades bancarias (en apenas 150 metros hay tres bancos) aparte de un edificio que vierte a ella dedicado, mayormente, a oficinas empresariales.

       Es calle de poco ruido y muchas nueces.

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Los episodios avilesinos es un blog de La Voz de Avilés

Sobre el autor

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta


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