Cuando el 6 de julio de 1890 llegó por primera vez el tren a la ciudad, Avilés quedó bendecido por la modernidad y el callejero municipal tomó nota, aunque con año y medio de retraso.
El 15 de enero de 1892 a la calle De Adelante (D’Alante), del barrio de Sabugo, el Ayuntamiento avilesino decide cambiarle el nombre por el de La Estación que llega hasta hoy, con un paréntesis de mas cincuenta años (de 1925 a 1979) cuando se lo cambiaron por el de General Zubillaga gobernador de Asturias (nombrado durante la Dictadura del general Primo de Rivera) que ayudó en la modernización del puerto y la canalización del río Tuluergo.
La nueva estación de ferrocarril enclavada en la entonces avenida de Pravia, hoy Los Telares, tenía enfrente a la calle sabuguera D’Alante, vía ligeramente empinada que la comunicaba con la plaza Nueva (la actual del mercado) entonces camino de ser el centro de la villa de Avilés, cosa que no cumplía la avenida de Pravia ya que entonces toda la zona del actual parque del Muelle, y aledaños, era un campo de batalla de obra civil.
Desde los soportales de la calle de La Estación, a la izquierda la iglesia vieja de Sabugo y a la derecha y al fondo la estación.
La más practicable, para los viajeros, era dicha calle D’Alante una de las tres históricas del medieval barrio de pescadores, situado en una pequeña colina de Sabugo junto con la d’Atrás (hoy Bances Candamo) y la de Enmedio (hoy Carreño Miranda).
Vista desde su inicio, en la plaza de Pedro Menéndez, la calle de La Estación comienza en su acera izquierda con una casa de arquitectura sencilla (hoy en lastimosa situación de ruina) pero con un pequeño escudo en su fachada que remite al desaparecido convento de La Merced, que ocupaba gran parte del solar donde hoy se levanta la iglesia de Sabugo nueva. Termina la calle 250 metros más allá en la, actualmente cerrada, fonda El Norte, tan típica en todas las estaciones adonde llegaban los trenes de la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España. Una casa en ruinas y otra con negocio acabado no deben inducirnos a engaño ni llevarnos a pensar que la calle es un desastre, todo lo contrario ya que es rica y alegre como pocas de Avilés.
Arquitectónicamente destaca un edificio, hoy de acogida a personas sin hogar, construido en 1923 como sede de los Grandes Almacenes de Ferretería y Quincalla de García Fernández y Cía. Francisco Casariego diseñó su bella fachada art déco y empleó en su construcción hormigón armado, principalmente, una originalidad por aquellos años.
Más adelante, en el centro de la calle, se concentran edificios de notables viviendas sobre todas las del arquitecto Manuel del Busto, autor de singulares edificios en Avilés entre los que destaca el teatro Palacio Valdés. En el ‘Diario de Avilés’ de 6 de julio de 1898 se puede leer que «dentro de breves días comenzarán a fabricarse dos casas de nueva planta en la calle de la Estación las cuales por su esbeltez embellecerán aquella parte de Sabugo… son de gusto poco común… unen elegancia con sencillez causando agradable sorpresa». Se refiere a los números 19 y 21 actuales.
Es muy destacable el abundante negocio hostelero que brilla particularmente en esta parte central. Hay tanta sidra por metro cuadrado que bien se podría decir que en este antiguo barrio de mareantes de Sabugo los que abundan hoy son los mareados.
Luego está ese plus histórico-artístico que supone el viejo templo de Santo Tomás de Canterbury, el monumento medieval mejor conservado de Avilés, que la calle comparte con la plaza del Carbayo.
En la acera de la derecha se conservan dos zonas aisladas de soportales, muestra de los que antiguamente tuvo –y en los dos márgenes de la calle– estrechándola tanto que apenas cabía un carro con tracción animal. Luego, entre finales del siglo XIX e inicios del XX sufrió, como gran parte de Avilés, una gran transformación urbana.
En el entonces número 8, estuvo la famosa fonda La Celesta donde trabajó Serrana Gutiérrez Pumarino que luego fundaría el hotel La Serrana, uno de los más famosos de Asturias en su tiempo.
Un poco más allá y en el cruce con la calle Carreño Miranda se avista el cercano parque del Muelle. Por el invierno, con los acatarrados árboles desnudos de hoja, se divisan los muelles del puerto para que no olvidemos que estamos en barrio marinero y pescador. También aquí se comparte esquina, visualmente, con una popular estatua de bronce, obra de Favila (siglo XX) basada en un cuadro homónimo del pintor Juan Carreño Miranda (siglo XVII), dedicada a Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’ que tanto excita el artilugio fotográfico de muchos, generalmente turistas.
En el número 10 vivió y enseñó uno de los maestros más populares de la historia avilesina de nombre Marcos del Torniello, celebrado también como chispeante poeta en bable. Tanto el edificio que antecede al del rimador como los que le suceden son de llamar la atención por su singular arquitectura, especialmente el número 14.
También tiene su cosa la casa número 20 por el escudo en su fachada. Perteneció a la familia Llano Ponte, de título en ristre, que consiguió permutarlo por una casa–palacio que hay en un extremo de la plaza de España ya en el inicio de Rivero (fue cine Marta y María) propiedad del indiano García Pumarino. Fallecido en 1706, su heredero (un sobrino suyo que era sacerdote) accedió a la petición de Juan de Llano Ponte, a la sazón obispo de Oviedo. Total que el prelado al Parche, el cura a Sabugo y punto.
La rúa desemboca en la avenida de Los Telares, anteayer camino de Pravia, ayer camino de la estación, hoy camino de tres estaciones y, desde hace siglos, parte del Camino de Santiago a su paso por Avilés.
Un caso de memoria histórica.