(Era una casa de Avilés hecha con maderas del Báltico donde vivía Buster Keaton).
Un día, en la esquina de un tiempo anterior, Armando Fernández Cueto ‘El Parafuso’ levantó en el centro de Avilés un llamativo edificio de aspecto modernista construido con maderas del Báltico y que fue bautizado como Pabellón Iris.
Edificado en un solar propiedad de César Galán Carbajal, su fachada central daba a la calle de La Cámara y las laterales a la de Rui Pérez una y a la plaza de La Merced la otra. O sea que estaba a unos cien metros de la nueva iglesia de Sabugo construida hacía cinco años para jubilar al templo medieval de la plaza del Carbayo que se había quedado pequeño para tanto feligrés como había entonces.
Fernández Cueto, maestro de obras –no tenía el título de arquitecto ni falta que le hacía– fue el autor de espectaculares edificios de Avilés. Diseñó el Iris después de haber construido la Escuela de Artes y Oficios muy cerca de Galiana y antes de levantar el Gran Hotel frente al parque del Muelle.
Explotado por la empresa de espectáculos Botting Club, el Pabellón Iris que acogería cine, teatro, ópera, zarzuela y varietés fue inaugurado el 26 de abril de 1909 y ocupadas sus 650 localidades con la representación teatral de ‘Las de Caín’ de los hermanos Quintero.
El Iris, al igual que su hermano mayor el Teatro–Circo Somines (en la calle Cuba) del que lo separaba unos metros, acogió todo tipo de actos y espectáculos aunque mayormente, teatro, varietés y cine. De hecho fue el primer local que nació en Avilés para vender la proyección de películas.
El Somines fue destruido por una bomba en la Guerra Civil y allí en Sabugo se quedó solo el Pabellón Iris dejando alto el pabellón hasta que aparecieron aquellas modernidades cinematográficas llamadas Florida, Clarín y Marta y María. No hay que olvidar que por entonces el mayor entretenimiento del personal era el cine y que miles de personas llegaban incesantemente –años cincuenta del siglo pasado– a Avilés buscando trabajo en la siderúrgica que estaban construyendo al otro lado de la ría. También el teatro Palacio Valdés le había comido al Iris el negocio teatral y musical. La ruina.
Así que demolido fue en 1960 el Pabellón Iris, aquella isla de madera del Báltico en medio del mar de cemento y ladrillos del centro de Avilés.
En su inexacto medio siglo de vida tuvo el famoso local gloriosos huéspedes como Raquel Meller, La Chelito, María Guerrero, Lola Membrives, Regino Sainz de la Maza, Miguel Fleta o la chispeante Fornarina. Artistas que si hoy son míticos cuando vinieron a actuar al Iris algunos ya eran figuras internacionales caso de La Fornarina de la que se puede decir con toda propiedad que actuó en los principales teatros de Madrid, así como en el Apollo Théatre de París, el Alhambra de Londres, Coliseo dos Recreios de Lisboa, Palais Soleil de Montecarlo y en el Pabellón Iris de Avilés.
Recuerdo haber leído que cuando falleció la famosa cupletista tempranamente, en Madrid, la empresa del Iris organizó una misa funeral en la vecina iglesia nueva de Sabugo, actuando el sexteto musical del Pabellón que interpretó varias piezas religiosas. Hubo risas y también crujir de dientes.
Yo que descubrí al Iris de niño cuando él ya era viejo, tengo asociada su arquitectura interna y externa a barracón de película del Oeste. Pero sobre todo a la figura de Buster Keaton –en el Iris vi por primera vez películas suyas– aquel caballero tan serio que me enseñó más que a reírme, a descojonarme de muchos aspectos que rodean a la seriedad, algo que nunca le agradeceré lo suficiente.
Íbamos poco al Iris porque era incómodo y estaba hecho un asco, pero sobre todo porque mejores películas y en pantallas más grandes las ponían sus vecinos, también en la calle de La Cámara, el Florida y sobre todo el Clarín que además tenía porteros que parecían almirantes con sus gorras de plato y entorchados en las hombreras de sus ‘manferlanes’.
El Iris, la pequeña joya modernista de madera, puede que fuera un símbolo del cambio de tiempo que experimentó la ciudad con la llegada del tsunami industrial de nombre Ensidesa. Cuando nació el teatro–cine, en 1909, la villa rondaba los 13.000 habitantes y cuando lo mataron ya eran unos 48.000. Así que quizás se puede hablar, en Avilés, de un antes y un después del Iris.
Quizá, pero… «Cata catapún, catapún candela ¡Arza p’arriba, Polichinela! Cata catapún, catapún, catapún, como los muñecos en el pim pam pum», cantaba La Fornarina.