El distinguido salón de recepciones del Ayuntamiento de Avilés, recinto de elegancia muy medida, tiene en su lugar de honor un repostero medieval, flanqueado por los retratos de dos personajes.
El repostero, gallardete o pendón –dicho sea sin perdón– recuerda tiempos, casi legendarios, en los que Avilés se regía por un fuero concedido, expresamente, por el rey de Castilla y León.
Y escoltándolo, el marino Pedro Menéndez de Avilés y el pintor Juan Carreño de Miranda, como queriendo dejar bien sentado que mar y arte, son norte y sur en la historia de la villa asturiana.
Juan Carreño de Miranda, pintor de la corte del rey de España, y también de templos religiosos, nació en Avilés un 25 de marzo de 1614. Al fallecer su madre, su padre se lo llevó, cuando aún no había cumplido los 10 años y el vínculo Avilés-Carreño Miranda, se difuminó. Un capítulo aparte.
Así que, a temprana edad comenzó su peregrinación por Valladolid y Madrid. Fueron tiempos bastante duros para esta familia de hidalgos pobres. El joven Carreño, pintaba como y cuando podía, y ayudaba a su padre en la resolución de pleitos, que así se ganaba la vida su progenitor, tan liante como gorrón, según las noticias que de él han llegado.
Y en la resolución de los litigios paternos, fue como un día, Juan Carreño conoció casualmente –en un juzgado, claro– a Diego Velázquez el genial artista sevillano, que ejercía como pintor de cámara del rey de España. El conocimiento maduró en una amistad que llevó al andaluz a introducir al asturiano en el palacio real como ayudante.
Poco se imaginaba Carreño que con el tiempo sustituiría, en la corte, a Velázquez. Cuando, en 1671, lo nombraron «pintor de Cámara» había llegado a la cúspide, a pesar de la desastrosa vida familiar que le había procurado su padre y familia de su padre. Una cruz.
Quizás todo eso lo equilibró su casorio con María de Medina, unión sacramental que benefició a ambos.
Y profesionalmente prevalece lo importante: la calidad artística de Carreño Miranda. Así como su amigo, y antecesor, Velázquez hizo en ‘Las Meninas’, Carreño retrata también –y muy bien– lo que ve: Por ejemplo «Carlos II a los diez años» un niño enfermizo, triste, de cara alargada y abundante melena rubia. Pero el cuadro anuncia, también, lo que no se ve de este último rey de los Habsburgo: un ser humano patético, de salud tan endeble que a veces ni se tenía en pie.
Por Madrid corrían coplas crueles:
«El Príncipe, al parecer,
por lo endeble y patiblando,
es hijo de contrabando,
pues no se puede tener…»
Carreño creció pictóricamente, en aquella corte de los milagros, en una España hundida en ruina económica, quizás cercana a la de estos tiempos de 2012. Pero el ‘mayor problema’, para la tétrica corte, era la incapacidad del rey Carlos II “El hechizado” para dejar embarazada a la esposa que le habían asignado, la parisina Maria Luisa de Orleans, hermana del rey de Francia. Urgía la descendencia al trono español.
Asunto que motivó otra copla popular:
«Parid bella flor de lis
que, en aflicción tan extraña
si parís, parís a España,
si no parís, a París».
Y de una u otra forma, ese ambiente de corte y cortesanos, fueron reflejados por Carreño, artista de talento demostrado en las muchas obras que acometió, incluida la pintura religiosa. Aunque lo bordaba como retratista.
Tiene cuadros colgados en los principales museos (El Prado de Madrid, Louvre de París y el Hermitage de San Petersburgo) y su arte reluce en templos religiosos, mayormente de la capital española.
Un pintor que ni pintado, y buena gente, este Juan Carreño, nacido hace cuatro siglos en La LLeda –lugar de la parroquia de Miranda de Avilés– y que tiene desplegada su obra por gran parte del mundo mundial.
Una pasada. De pintor y de pintura.