Sabugo, desde los orígenes de Avilés, siempre ha sido punto y aparte.
Situado en una pequeña colina, a la que no podía llegar el agua del mar, que penetraba entre Sabugo y la Villa amurallada hasta el parque de Las Meanas… ni tampoco el agua de las marismas del Campo del Faraón (donde hoy está el parque del Muelle), ni del Campo de Caín, en cuyos terrenos, junto con los de Las Aceñas, se levanta la actual plaza del mercado.
Calle de La Estación, a la izquierda, vertiendo hacia la actual Avda. Los Telares. A la derecha la estación de FF CC
El núcleo urbanístico, medieval de Avilés se organizaba en torno a las calles de La Ferrería,La Fruta y El Sol, estando las dos primeras unidas por esta última, componiendo una perfecta ‘H’. Y de otra letra idéntica disponían en Sabugo las De Adelante (D’alante) y Atrás (D’atrás), unidas por la calle de En Medio (D’enmedio).
Siempre llevaron estos nombres hasta 1892, en que se cambió el callejero, apasionante deporte municipal muy practicado, al menos en Avilés.
Y, a partir de entonces, la De Atrás, se llamó Bances Candamo, en homenaje al escritor (dramaturgo de Cámara de Carlos II) nacido en ella.
La de Enmedio, pasó a ser la del artista avilesino Carreño Miranda, el pintor asturiano más famoso de todos los tiempos, con obra en los principales museos del mundo. Hoy esta calle es un homenaje artístico a él, con un conjunto mural cerámico de Ramón Rodríguez, y una escultura de ‘Favila’.
Bances Candamo y Carreño Miranda, fueron todo un lobby intelectual avilesino en el Madrid del siglo XVII y, por eso y por más cosas, son episodio aparte.
Y, finalmente, la calle de Adelante paso a ser La Estación, por motivos obvios (el tren había llegado en 1890), nombre que –después de un largo paréntesis a favor de General Zubillaga– recuperó en 1979
Sabugo fue siempre, hasta hace unos años, pueblo de pescadores. No hace tanto que de aquí salían sus hombres a la mar y sus mujeres a la Villa, coronándose con un rodete la cabeza para colocar en ella una caja de pescado y enfilar con desparpajo, a vender, al grito de «¡Sardines fresques! ¡Que rebrinquen! ¡Mirai que bocartinos, muyeres, tan vivos!».
En Irlanda se hizo famosa una pescadera, Molly Mallone, que iba cantando su mercancía, allá por el siglo XVII, por la zona portuaria de Dublín, «¡Mejillones y berberechos! ¡Vivos!». Una canción la inmortalizó y una escultura, en aquella ciudad, la recuerda.
En Sabugo –aparte de un pub que lleva el nombre de la legendaria pescadera irlandesa– también hay una estatua, aunque está dedicada a Eugenia Martinez Vallejo (‘La Monstrua’, personaje de la Corte del Rey Carlos II). Somos tan clásicos como orondos.
Y, también, vamos sobrados de canción y bailes, desde que –hará unos cincuenta años– a tres entusiastas sabugueros (Román L. Villasana, José María G. Alonso ‘Chemari’ y Abelardo González) les dio por bautizar a un grupo folklórico como ‘Sabugo ¡Tente Firme!’. Aquello, cosa histórica, fue el principio de un acabose en toda una Fundación que concede Sardinas de Oro a notables españoles en todos los campos. Y todo esto sin abandonar gaita, tambor, jota de Pajares y habaneras cosa fina.
Sabugo es famosa zona de copas desde mitad del pasado siglo, en que dejó de ser barrio de pescadores, de mareantes, y pasó a serlo de pecadores en comidas y bebidas. Es muy visitado por su tipismo urbano y por su oferta hostelera. Ya tengo escrito que, actualmente, más que de mareantes viene a ser de mareados de sidra, vino y demás familia etílica.
Anécdotas aparte, Sabugo es incomparable, siempre lo fue, y hablar de él es hablar de la historia de Avilés en carne viva.
Ya escribía James Joyce, tan dublinés como la pescadera Molly Mallone, que no hay pasado ni futuro, que todo fluye en un eterno presente.
Por tanto decir: ‘Sabugo eternamente a la vera de Avilés’, es una verdad que rebrinca.