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Guillermo Díaz Bermejo

A las pruebas me remito

LENGUAJE INCLUSIVO

Como parece que para el nuevo gobierno de Pedro Sánchez, en España hay cosas poco importantes para resolver, se dedica a perder el tiempo en tonterías para justificar que gobierna. En este momento, para la vicepresidenta Carmen Calvo, un problema importante que tenemos en España, es el lenguaje que llama inclusivo y en esta línea dice que va a pedir un informe a la Real Academia Española de la Lengua, para que, en base a él se adecúe nuestra Constitución a un lenguaje que incluya a las mujeres. Inmediatamente desde la RAE se dice que, si se les solicita ese informe, lo harán conforme a la “doctrina lingüística” y que para ello va a tener en cuenta la dimensión del español como lengua, lengua que no sólo se refiere a la que hablamos 47 millones de españoles, sino que también la hablan 574 millones de hispanohablantes. Advierta la RAE también que no se puede pretender que nuestro lenguaje se adapte a los intereses políticos.

Hace ya algunos años, tras oir algunas lindezas linguísticas de algunos de nuestros dirigentes políticos, escribí un artículo que titulaba “cargos públicos o cargas públicas”. Primero empezó el lehendakari Ibarretxe con eso de los vascos y las vascas (por eso de la galantería machista, primero los vascos y después las vascas). Después continuó la ministro socialista Bibiana Aído, hablando de los miembros y las miembras (aunque era mujer, seguía poniendo a los miembros primero). Con estos estilos siguió la “miembra” de Podemos, Irene Montero, hablando de la “portavoza”. Y a partir de ahí, abierta la espita, por muchos políticos, ya se pretende defender de modo insistente, este lenguaje al que llaman inclusivo, ya que con ello dicen que se da mas visibilidad a las mujeres, hablando de ciudadanos y ciudadanas, niños y niñas, usuarios y usuarias, etc. Eso sí, siempre colocan primero al sexo masculino, con lo que ni tan siquiera utilizan la galantería propia de una buena educación que siempre ha de colocar en primer lugar a las mujeres.

Vamos a ver, yo no soy ningún experto lingüista, ni tan siquiera un buen conocedor de la gramática española. Tengo 68 años y desde la escuela, pasando después por el instituto, tuve la suerte de estudiar bajo unos planes de estudio en los que se valoraba el esfuerzo y se perseguía una formación integral. (viendo lo que veo en los modernos planes de estudio, creo que esa formación que recibíamos en aquellos tiempos era mejor que la actual). De modo concreto recuerdo que, ya en primero de bachiller, una b o una v mal puestas, o una acentuación incorrecta, implicaban una fuerte bajada de la nota de un examen.

Ciñéndome a la gramática, aprendí qué por economía lingüística, cuando utilizamos el plural, ha de hacerse sólo en género masculino. Hoy en día, la propia Real Academia Española se manifiesta en el sentido de decir que utilizar en plural el género masculino y femenino, es un circunloquio innecesario puesto que emplear el género no marcado, es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo. Frente al uso de “señoras y señores” o “damas y caballeros”, la RAE sostiene que puede tratarse de un tratamiento de cortesía comúnmente conocido, pero técnicamente, este tratamiento destruye la economía del lenguaje.

Parece por tanto que, una cosa es el género puramente gramatical de nuestra lengua castellana (el masculino es el género no marcado que incluye a individuos de ambos sexos) y otra cosa distinta es el sexo de una especie. El uso del plural masculino ya tiene antecedentes latinos muy claros y variados: reges (el rey y la reina); filii (los hijos y las hijas; frates (el hermano y la hermana), etc. Y es precisamente esta confusión y también razones de tipo ideológico o sexista, la que lleva a que muchos adopten la práctica del desdoblamiento de género en sus discursos. Aducen para ello que la lengua castellana es machista al referirse en plural, sólo al género masculino, pero ignoran que ese plural genérico derivado del latín no tiene nada que ver con la composición de nuestra sociedad y sí con la necesidad de simplificar la oratoria. Y una prueba clara de que el género no significa sexo es que, al menos que yo sepa, una mesa no tiene una vagina, al igual que un sol no tiene un pene.
Si yo ahora digo que el oso es una especie en extinción en Asturias, evidentemente me estoy refiriendo a la especie y no a los osos machos o las osas hembras. O si digo que los recortes sociales del gobierno han perjudicado a los españoles, está claro que no me estoy refiriendo sólo a los hombres por contraposición a las mujeres. O si en la calle pregunto a un amigo por sus hijos, es evidente que estoy preguntando por su hijo y su hija. Por tanto, cada vez que los políticos recurren a estos desdoblamientos, es evidente que se están apartando no ya del lenguaje gramaticalmente correcto, si no del propio lenguaje común.

Y si haciendo esas redundancias lingüísticas, se quedan tan panchos y creen que son unos genios del discurso utilizando su lógica parda, centrada en el sexo y no en el género, que me digan si cuando hablan a los vocales de una junta, van a decir señores “vocales” y señoras “vocalas”, porque entonces cuando se refieran a la “presidencia”, también tendrán que referirse al “presidencio”. Y entonces concluirán que si es una mujer será “la presidenta”, pero si es el hombre será el “presidento”. De modo similar, siguiendo su lógica basada en el sexo, en vez de “capilla ardiente” tendrían que decir “capilla ardienta”.

Señores políticos genios de la oratoria, entérense, que se dice estudiante y no estudianta; paciente y no pacienta; independiente y no independienta;  dirigente y no dirigenta; o residente y no residenta. A algunos periodistas también les diría que por el hecho de ser hombres, no son periodistos, que son periodistas.  Termino parafraseando a una profesora que dirigió una carta abierta a un grupo de personas que habían firmado un manifiesto en defensa del género y que decía: Tengo la esperanza de que esta carta llegue a esos ignorantes semovientes (no ignorantas semovientas, aunque ocupen cartas ministeriales) y hacerles ver que esos firmantes del manifiesto eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, elartisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

Concluyo diciendo: No es lo mismo ser “un cargo público” que “una carga pública” Igual estoy equivocado y pensando bien, estos políticos que pierden el tiempo en esto, son una carga pública.

 

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Sobre el autor

El blog de un jubilado activo dedicado al voluntariado social, permanentemente aprendiendo en materia del derecho de las nuevas tecnologías y crítico con la política y la injusticia social.


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