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Guillermo Díaz Bermejo

A las pruebas me remito

VIAJAR EN FEVE

El año pasado, por estas fechas, escribí un artículo a modo de crónica, de un viaje que había realizado en un tren de FEVE, desde Tapia de Casariego a Vivero, viaje realizado a paso de burra, en la línea Ferrol/Gijón, que es mas propia de los trenes de finales del siglo XIX o principios del XX.

En aquel artículo decía que, dada la experiencia, no volvería a viajar en FEVE. Pero, tras leer en el diario El Comercio del día 7 de este mes, que los usuarios del tren en el occidente reclamaban mejor servicio y que pusieron rumbo a Ribadeo en un viaje reivindicativo por la mejora del servicio, fruto de la curiosidad que me despertó esa información, o quizá porque soy algo masoquista, decidí hacer de nuevo el mismo viaje del año pasado. En esta ocasión, en vez de viajar con mis hijos y nietos, que me mandaron a la porra cuando se lo propuse, convencí a un amigo para que me acompañara. Como el año pasado había visto que el vagón tenía un compartimento para este uso, decidimos ir con bicicleta, ya que, de este modo, podríamos dar algún paseo al llegar a Vivero.

Como los horarios eran los mismos del año pasado, salimos de Tapia dándole al pedal para estar en la estación a las 11, ya que tengo que recordar que, aunque se llame estación de Tapia de Casariego, está situada en un paraje solitario a 7 km del pueblo. ¿se imagina amigo lector, la confusión que se puede producir, cuando algún viajero no conocedor de esa situación, se baja del tren creyendo estar en Tapia, y descubre que ha de ponerse andar durante siete quilómetros para llegar a su destino?

Al llegar, vemos que la estación está rodeada de un matorral aun mayor que el del año pasado, seguramente porque ya no tiene ningún mantenimiento. Me recuerda a esas estaciones de las películas del oeste, situadas en parajes solitarios, donde el vaquero espera tumbado la llegada del tren, dormitando con la cara cubierta por el sombrero. Dentro de la estación el deterioro es total, hasta el extremo que alguien ha cortado las barandillas de hierro que dan acceso al andén y se las ha llevado, probablemente para venderlas como chatarra. En lo que parece la sala de espera, hay todo tipo de pintadas y alguna que otra defecación humana, probablemente de algún pasajero que iba algo apurado y necesitaba aliviarse antes de empezar a caminar hacia Tapia.

Como el año pasado aprendí el procedimiento que nos había explicado un lugareño, nos ponemos en el andén para hacer auto stop al tren, ya que, de no hacerlo así, al ver el andén vacío, el maquinista no se detiene. En este segundo viaje el retraso es de sólo 20 minutos. Al oír que el tren se aproxima lentamente, levantamos la mano, el maquinista da un toque de bocina para confirmarnos que nos ha visto y se detiene. Subimos, nos atiende amablemente el revisor, colocamos las bicis en el compartimento habilitado, y le pedimos los billetes hasta Vivero.

Como no era el mismo del año pasado, le pregunto si hemos de hacer trasbordo el Ribadeo como en el viaje anterior. Probablemente, porque tras salir de Asturias, Ribadeo es la primera estación gallega, la respuesta del revisor fue la misma gallegada del año pasado: “depende”.

Al igual que su colega del año anterior, nos dice que una vez lleguemos a la estación, el maquinista recibirá el aviso del área de tráfico y entonces sabremos si hemos de cambiar de tren o no. Nos matiza también que igual es que, como el es de Gijón, esos procedimientos no los entiende.

Empieza nuevamente el viaje del “tracatra”. Vemos que en los dos vagones que lleva el convoy, sólo hay tres viajeros. Nos ponemos a charlar con el revisor que iba un poco aburrido y poco a poco se nos va abriendo y contando todo tipo de anécdotas del trayecto. Nos informa que dos de los viajeros son un matrimonio de Navia que van a ver a sus nietos a Vegadeo y que lo hacen todas las semanas. El otro es un mochilero francés que viaja hasta Ferrol, pero que lo va haciendo en etapas, ya que se baja en algunas estaciones para conocer los lugares y luego regresa al tren.

En lo que se refiere a los panoramas paisajísticos que se podían ver desde el tren y que eran el objeto del viaje inicial, he de decir que, en la mayor parte del trayecto, el tren sigue circulando por unas trincheras llenas de vegetación que impiden ver cualquier tipo de paisaje, ya que son auténticos túneles de ramaje. Pero es que, además, de modo sorprendente, el convoy va rozando materialmente contra los arbustos y matorrales que han crecido al lado de la vía. El revisor, que a estas alturas del viaje ya se ha sentado a hablar tranquilamente con nosotros, nos dice que como no hay presupuesto, no se desbrozan las vías y que cuando salgamos fuera, podremos ver cómo el tren tiene la pintura totalmente rayada por rozar contra las ramas de los árboles.

Llegamos a Ribadeo, el tren se detiene en la estación, se baja el revisor y en unos segundos ya nos dice que nos bajemos, que hay que hacer trasbordo. Que el otro tren ya llega y lo cogeremos en el mismo andén. Continuamos el trayecto en otro convoy totalmente viejo y deteriorado y en un recorrido que en coche se haría en no más allá de 30 minutos, llegamos a Vivero tras dos horas y media de viaje.  Excepto las estaciones de Ribadeo y Burela, todas las demás están en parajes deshabitados y lejos de los núcleos urbanos, por lo que resulta difícil de entender que pueda haber viajeros que se desplacen a ellas para coger el tren. Se aprecia también que, al igual que la de Tapia, todas están totalmente desgradadas y en un estado de abandono deplorable.

Tras una buena comida en Vivero, y un corto paseo en bicicleta por los los alrededores, llega la hora del regreso. Como la estación está en lo alto del pueblo, a las cinco nos subimos a la bicicleta para estar puntuales y no perder el tren. Una vez en el andén vemos que sólo hay dos chicos jóvenes esperando. Mosqueados ya porque el tren no llegaba a la hora prevista, charlamos con esos chicos y nos dicen que ellos van a las fiestas de Foz y que el retraso es normal, que habitualmente ese retraso es de una hora. Como en la estación hay colgado un número de teléfono de atención al usuario, llamamos desde el móvil y un operario nos confirma que, ciertamente, el tren va retrasado en una hora.

Soportamos estoicamente la espera y al fin nos subimos al convoy. Al llegar a San Ciprian, observamos que el andén está lleno de jóvenes. Se suben todos al tren y de pie, como sardinas en lata, viajan hasta Foz para ir a la fiesta. Nos enteramos que, como el revisor no puede moverse para cobrarles el billete, siempre hacen este trayecto gratis. Se bajan todos para ir al fiestorro y nuevamente nos quedamos cuatro viajeros en el tren. En esta ocasión, al llegar a Ribadeo no tenemos que hacer trasbordo. Si se baja el revisor que, por lo que nos ha comentado, ha cumplido su horario laboral y se quedará pernoctando en una pensión de Ribadeo. Es sustituido por otro revisor que ya viajará hasta Gijón.

Llegamos de regreso a la estación de Tapia a las 9 de la noche. En esta segunda ocasión, con retraso incluido, la duración del viaje fue de tres horas y media, más los otros 10 minutos que tardamos en llegar al pueblo en nuestras bicis.

Para terminar, he de decir que las situaciones y las incidencias del viaje, excepto la subida masiva de jóvenes en San Ciprian, fue idéntica a la del año anterior, pero con una variación. Hay un mayor deterioro en las estaciones y las vías del tren están repletas de maleza. Ha habido más retrasos aún. Mi conclusión, por tanto, es muy clara: Ahora sí que no volveré a utilizar el FEVE como medio de transporte. Dos malas experiencias han bastado.

Se comprende perfectamente por qué este ferrocarril es tan deficitario. No alcanzo a entender como Renfe, Adif o quien corresponda, no hacen nada para sostener este medio de transporte, que puede ser muy útil y necesario para muchos usuarios que no viven en grandes ciudades. Comprendo perfectamente ese viaje reivindicativo que hace unos días han realizado un grupo de usuarios enfadados por lo que está ocurriendo. En esta situación, para reducir sus déficits, entiendo que lo más razonable sería eliminar el medio y se acabó el problema. Y si no se quiere eliminar, que se copien los sistemas del Euskotren, que es el FEVE vasco y que además de prestar un estupendo servicio público, además obtiene beneficios. Dado que FEVE presta un servicio público, pienso que podría seguir prestándose este servicio con un autobús que, además de pasar por el centro de los pueblos, resultaría a todas luces más barato que mantener en funcionamiento el tren.

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Sobre el autor

El blog de un jubilado activo dedicado al voluntariado social, permanentemente aprendiendo en materia del derecho de las nuevas tecnologías y crítico con la política y la injusticia social.


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