Tras ser diagnosticada de cáncer hace dos años, después de haber superado dos complicadas intervenciones quirúrgicas y tras sufrir continuados tratamientos paliativos, durante los que mi mujer necesitó de permanentes cuidados por mi parte, finalmente terminó falleciendo. Esta dura vivencia me anima a escribir este artículo, con el propósito de que pueda ser útil para otras personas que puedan vivir un trance similar.
Este penoso periodo, para mi supuso un duro mazazo y fue una experiencia muy traumática. Al dedicarme a su continuo cuidado, poco a poco fui dejando a un lado las actividades que ocupaban mi tiempo y primero renuncié a continuar con las actividades que tenía en un club, después me aparté de las actividades que realizaba como voluntariado en dos asociaciones, reduje al máximo mi participación en las actividades que seguía en una cofradía gastronómica y me fui apartando de las tertulias y encuentros que tenía con mis amigos, algo que me provocó un claro aislamiento en mi vida social.
El diagnóstico de la enfermedad y los requisitos de atención posteriores, me afectaron mucho psicológicamente. La angustia, la ansiedad, el estrés y el miedo se apoderaron de mi hasta su fallecimiento. Mi vida sufrió un profundo cambio y el impacto emocional me afectó tanto a mi como a mis dos hijos. Empecé a tener una irritabilidad excesiva, pérdida de interés por actividades, mucha tristeza, somnolencia y cansancio físico. Sufrí un desgaste real, acumulativo y muchas veces invisible.
Con el propósito de estar lo mas cercano posible, durante los mas de dos meses que estuvo hospitalizada, dormía con ella, me pasaba muchas horas a su lado en el Centro Médico, y me resistía a aceptar la ayuda y apoyo que me querían prestar mis dos hijos y sus hermanas, que me animaban a que saliera a pasear o a dormir en mi casa, para que pudiera relajarme.
Después, una vez dada de alta y ya en nuestro domicilio, empecé a ayudarla en sus cuidados personales, debido a las limitaciones que tenía, empecé a ocuparme de las compras y a realizar ciertas labores de cocina, en las que no tenía ninguna experiencia. Nuevamente, al igual que me ocurría en el hospital, renunciaba una y otra vez al apoyo que querían darme mis hijos y familiares próximos, pensando que esto era lo mejor para estar más a su lado.
Sumido en una depresión y totalmente aislado de mi vida social, tras hablar con un amigo psicólogo y otros profesionales, tomé una importante decisión, que fue la de cuidarme a mí mismo y para ello, apoyándome en la chica que tenía contratada para que acompañara a mi mujer e hiciera las actividades domésticas, empecé a hacer las actividades que ya realizaba, pero que potencié. Comencé a ir al gimnasio, a realizar largas caminatas que me permitían relajarme y desconectar, aunque cuando volvía a casa, la angustia volvía a apoderarse de mí.
La conclusión a la que puedo llegar tras el largo trance al que estuve sometido es que, para cuidar al cuidador, es preciso que yo mismo me cuide, pida y acepte la ayuda que ofrecían los familiares próximos, ya que el bienestar físico y emocional del cuidador, es absolutamente necesario para mantener un cuidado efectivo y evitar efectos negativos tanto para la persona a la que cuidas como al cuidador.
Otra conclusión a la que llego es que, saliendo de la burocracia actual, en estas situaciones, la Administración Pública, de modo ágil, prestara personal de apoyo para el cuidado de estas personas enfermas, ya que no todo el mundo puede tener los recursos económicos que se necesitan para contratar a una persona, como yo tuve que hacer.