Yo soy de los que pienso que el año no comienza el 1 de enero. Una cosa es lo que dice el Gregoriano, que tiene dos milenios, y otra distinta la realidad de cada año. Para mí, y para muchos, el año comienza el 1 de septiembre.
Acaba el verano, nos proponemos de nuevo cosas que no vamos a cumplir, estudiar idiomas que nunca aprenderemos, ir a gimnasios que pagaremos para no acudir, e iniciar colecciones que abandonaremos tras los primeros ejemplares (hasta minicascos de colección he visto este año, en el colmo del absurdo).
Yo creo que incluso alguien debería proponer una iniciativa legislativa popular para que el Plan General de Contabilidad variase. Hasta nuestros ingresos se contabilizan de modo distinto antes y después del verano, que para eso están las vacaciones que se nos llevan lo poco que nos deja el gasto diario. Total, hace un par de días, con dinero de todos, también organizaron una estúpida cadena humana para proponer algo ilegal, y hubo gente que acudió en masa, demostrando que hay mucho desempleado, bastante ocioso, muchísmos que tienen el odio dentro, y otros varios a los que, por un bocadillo y un viaje en autobús, se les compra el criterio.
Bien, pues aclarado que septiembre es mes de cambios, y soy de los que pienso que los cambios son siempre para mejor, ha llegado el cole de nuevo. Ese cole que cada año nos reencuentra con viejos amigos, que nos incita a invertir en otros nuevos, que nos hace portar mochilas con conocimientos en páginas que absorberemos, que nos obliga a dedicar nuestros tiempos a tareas nuevas.
Esta semana en Oviedo, las puertas de los coles volvían a abrirse. Volvía la magia. Esos edificios vacíos que no dicen nada, que se aletargan durante el largo y cálido verano. Edificios inútiles que, si no están poblados de niños, no son nada. Porque ellos son sus habitantes, esos ocupantes ruidosos que, en su primer día, lloran y ríen, gritan y callan, miran y se ocultan …
Porque todo cabe en las cuatro paredes de una escuela. Porque ese mundo maravilloso que odiamos cuando nos toca vivirlo y añoramos cuando lo dejamos, es un pequeño cuento con personajes pequeños, que son sus gigantes protagonistas. Es el lugar donde se forjan los hombres y mujeres del futuro. En esas aulas, en los comedores, en los gimnasios…
Y no debemos olvidar que en las Escuelas se enseña, pero en casa se educa. Desdela Eríaa Colloto, desdeLa Corredoriaa El Cristo, desde Otero a San Claudio, hemos llorado y reído un año más, porque la ruleta ha vuelto a girar.
Afortunadamente, un año más, septiembre ha vuelto a comenzar. Y volvemos a aprender juntos. Porque podrán decir lo que quieran en Wall Street, en el FMI o en quienquiera que nos diga cada día dónde está el riesgo y esa prima suya. Pero nosotros, en nuestra pequeña aldea inconquistada tras las montañas, como la de Astérix, volvemos a juntar palabras para aprender a leerlas, sumamos y restamos con manzanas y fresas, dibujamos figuras que se asemejen a nuestras familias, o avanzamos con algoritmos y ecuaciones. Quizá algún día la vida nos licencie, pero de momento, no queremos irnos.
Cada nuevo septiembre es un nuevo reto, una nueva vida, una nueva enseñanza. Comenzamos a aprender de nuevo. Otros, acaso los que gobiernan este mundo, hace mucho tiempo que se olvidaron de estudiar. Y cada día que no estudiamos, somos un poco menos.
Pero nuestros pequeños, un año más, nos van a obligar a volver a empezar, a rejuvenecer, a aprender lo que no sabíamos o recordar lo que teníamos olvidado. Lloraremos con ellos, disfrutaremos con ellos. El cole es la magia. Aunque quizá, como decía el gran maestro Gil de Biedma, “que la vida iba en serio, uno lo empieza a aprender más tarde ….”