NULA PREVENCIÓN, CONSECUENCIAS IMPREVISIBLES
Como saben sobradamente, acabamos de pasar el día dedicado a la prevención de la violencia contra la mujer. Hay un grupo de locos en todo el mundo, y aquí también, que se creen con derecho a maltratar a sus parejas y por ello, han obligado al Estado a legislar especialmente esa situación y a los demás nos obligan a tenerles asco, reprobarles y denunciar sus actos.
Es uno de los ámbitos en los que la prevención es fundamental. Como el bullying, que se da en los centros escolares, donde acometer el problema ab initio es fundamental para evitar dramas que se podrían haber contemplado anticipadamente.
Se ha hecho mucho, pero falta tanto. Hoy les traigo a estas páginas un episodio que he conocido profesionalmente, al que vamos a quitarle, como es obvio, lugares, fechas e identidades, pero que en abstracto les dará noticia de que en muchas ocasiones, se hace una mínima parte de lo que podría preverse.
Un padre tiene dos hijos y un proceso de separación. Su exmujer padece un trastorno psiquiátrico con manía persecutoria, no solamente hacia su marido, sino hacia otros muchos. La situación es difícil, pero más aún porque hay un niño de catorce meses y una niña de tres años de por medio. El episodio esquizoide se agudiza en determinados momentos, y este mes parece que ha sido uno de ellos.
Se inician los trámites para lograr la guarda y custodia, pero la ley concede unos plazos, los juzgados tienen otros, y los que no tienen ni plazos ni ley de enjuiciamiento civil son los menores. Los jueces tienen, en algunas ocasiones, las manos atadas por una ley rituaria civil que dice cómo y cuándo se hacen las cosas.
A esto se añade que la madre, una enferma mental, lamentablemente, llega a asumir el desahucio de su vivienda. Los servicios sociales telefonean al padre diciéndole que por Dios se haga cargo de los menores. Él acude a la Policía para contar lo que ocurre. Dice que no puede ir solo a por sus hijos, porque se arriesga a cualquier situación, pero que tampoco puede dejarles así, porque al día siguiente no tendrán dónde dormir.
La policía le entiende, le compadece, pero dice ser incapaz de auxiliarle. Le preguntan qué le dicen en el juzgado y él cuenta que los plazos procesales impiden solucionar un problema de hoy para mañana. La policía le comenta que, en esta situación, no pueden acompañarle. Los servicios sociales siguen llamando a su teléfono móvil. No hay suficientes ansiolíticos para un padre en esta situación.
Sale de Comisaría una fría tarde de noviembre con la idea de que sus hijos, al día siguiente, no tendrán dónde dormir, y que su madre se encuentra en una situación tremendamente difícil, porque el padecimiento físico es duro, pero el mental es terrible.
Acude entonces al domicilio de sus hijos. Llama al timbre y sube a la vivienda. Habla, a través de la puerta con la madre de los menores. Esta le dice que antes de darle a los menores “van los tres al otro barrio”. Aquello del ansiolítico ya es pasado. La situación se vuelve insostenible.
Ese hombre abandona el portal más desesperanzado aún. Llama a los Servicios Sociales para contarles la situación. Son las 8 de la tarde. Ya no hay nadie. Los horarios no respetan lo que pueda pasar en una familia en emergencia.
Se va a su casa. Es evidente que no puede hacer nada que no sea pensar en sus hijos. Una hora después aparece la policía. Su exmujer le ha denunciado por “acoso”. Es el mismo agente que le atendió esa tarde. Con la mirada gacha, le informa que tiene que llevárselo a declarar a Comisaría.
No me sé aún el final de la historia. Espero no contárselo, porque no será relevante entonces. Y espero que no veamos ninguna desgracia en las páginas de EL COMERCIO. En ese caso, Dios no lo quiera, sabremos que la prevención no funciona. Que una cosa es predicar y otra dar trigo. Que hay dos niños que, mientras usted y yo leemos esto, viven un infierno al que todos los poderes del Estado no saben darle solución.
Ronald Reagan lo dijo hace años: “En ocasiones, el Estado no tiene solución para el problema. El problema es el Estado”.