SIETE DE CADA DIEZ
El título de esta columna de martes responde al número de terrazas hosteleras que han desaparecido en Oviedo en los últimos dos años y medio. El actual equipo de gobierno dice que fue el anterior, el anterior dice que estaba obligado a adaptar la normativa europea sobre accesibilidad, y, unos por otros, el 70 % se han visto afectados. Menos terrazas, menos mesas, menos servicios, menos ventas, menos camareros, más paro, menos actividad. Esto es lo que conlleva no saber hacer las cosas bien.
La normativa se adaptó sin consenso, siguió adelante sin consenso, y ahora se modifica sin consenso. El anterior equipo de gobierno no estuvo bien en este asunto y el actual heredó el problema y lo agravó. Llegamos a situaciones absurdas, como la que ya he narrado en estas páginas de la mujer ciega que todos los días, tras vender su cupón hasta las dos de la tarde, bajaba la calle Foncalada, hasta que un día le retiraron la papelera que le hacía de referencia. Era por ella, para su accesibilidad. Se cayó, se rompió un codo, perdió su trabajo tres meses, y cuando volvió, con el brazo en cabestrillo, maldecía a los responsables municipales, antiguos, presentes y futuros.
Las situaciones caóticas intentarán solucionarse ahora, pero con parches que temo no van a solucionar el asunto. El domingo pasado, este diario decano publicaba, bajo la pluma de IDOYA REY, un excepcional reportaje que resumía la situación. Y ustedes y yo, que vivimos esta ciudad, lo hemos visto cada día.
La terraza de LA CORTE, que se desmontó por orden municipal, se adaptó a la normativa e instaló un toldo que tapaba las mesas. Parecía que, en condiciones precarias, pero podría sobrevivir. Pues no, la han herido de muerte de nuevo. Desde Urbanismo le han dicho que no puede poner un toldo de más de tres metros. Me pregunto si estuviera en el Postigo, en la calle San José, en la plaza del paraguas, habría las mismas medidas. Me contestarán que sí, seguro, pero lo dudo en ocasiones. En otro local hostelero de Pumarín le han dicho que no puede poner la terraza al otro lado porque ha de cruzar la calzada, y le denegaron la licencia. Explicó que no es una calzada, que es la entrada a un garaje. De esto hace ocho meses. La denegación ya es firme. El silencio administrativo es negativo. Ya ha cerrado. Este mes se le acaba el paro.
Y, una vez que llegue el aluvión de hosteleros que quieren vender una cerveza, un café, una copa, un pincho o un menú, en cuanto llegue la primavera, y vean cómo les ponen mil problemas, o cómo finalmente no lo logran, volveremos a contar en estas páginas las penurias de quienes pretenden crear empleo en esta ciudad. Y luego llegará la adaptación de las terrazas tipo “B”, es decir, las que tienen estructura fija, como las que ustedes conocen en Palacio Valdés, que en septiembre tendrán que cambiar radicalmente su diseño, con tendencia a la desaparición.
Estimo que, mientras que no se logre sentar en una mesa a todos los implicados y llegar a un acuerdo de mínimos, esto va a ser una guerra. Por una parte los hosteleros, a ver si la silla o la mesa pasa esas ridículas marcas que les han dibujado en el suelo, las organizadores de discapacitados haciendo de policía local para vigilar el cumplimiento de la normativa y agilizar las denuncias, y el Ayuntamiento enemigo de ambos, porque sanciona a los hosteleros y no llega a atender todas las demandas de las organizaciones.
Así, mal vamos. Una mesa, los intereses comunes, olvidar las rencillas y entender que el Ayuntamiento no es el dueño de la ciudad, solamente la administra. Que los dueños son sus habitantes, y que han de poner de acuerdo las necesidades de quienes tienen limitaciones de movilidad con el empeño legítimo de ganar dinero.
Solamente mirándose a los ojos y prometiéndose colaboración podrá salir el asunto adelante. En caso contrario, con muchos parches no se arregla un pinchazo.