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	<title>UNA VIDA SIN ETA | Lecturas Voluntarias - Blogs elcomercio.es</title>
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		<title>UNA VIDA SIN ETA | Lecturas Voluntarias - Blogs elcomercio.es</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Mar 2017 07:58:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván de Santiago González</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p align="center"><strong><span style="text-decoration: underline"><span style="font-family: Calibri">UNA VIDA SIN ETA</span></span></strong></p>
<p align="center"><strong><span style="text-decoration: underline"><span style="font-family: Calibri"> </span></span></strong></p>
<p><span style="font-family: Calibri">            El pasado sábado, un día después de que la banda terrorista que ha asolado este país durante cuatro decenios anunciase que, vencida, exhausta y arrinconada por los ciudadanos y la justicia, entregaba las armas, llevaba a mi hija pequeña a un cumpleaños. Allí, en una charla informal con los niños y niñas que compartían fiesta con ella, se me ocurrió preguntarles, ante las miradas extrañadas de alguno de su padres, si sabían lo que era ETA. </span></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><span style="font-family: Calibri">Tienen entre siete y ocho años, y eran doce niños. Ninguno supo decirme qué era o a qué me refería. Salí del Palacio de los niños feliz, sabiendo que ellos tendrán otros problemas, pero no uno que padecimos muchos de nosotros, y que ahora, por fin, se acaba.</span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">            Es lugar adecuado éste para que reflexionemos juntos sobre el daño que nos han hecho, el miedo que han infundido, lo tantísimo que nos han arrebatado y lo mucho que podrían haber logrado si no fuera porque tuvimos la suerte de mantenernos firmes y tener unos gobiernos que siempre supieron que no podía darse un paso atrás. Hay episodios que nunca se nos quitarán de la piel. Personalmente, recuerdo a mi madre, una extenuante tarde de verano llorando a lágrima viva frente al televisor mientras miles de personas se manifestaban y, al mismo tiempo, sabían que dos malnacidos habían pegado tres tiros a Miguel Ángel Blanco.</span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">            Pero no les demos más espacio. No lo merecen. Son Historia. Pasado y del que debemos olvidar. Si queremos saber algo de lo mucho que se ha pasado, me permito recomendarles vívidamente la última novela de Fernando Aramburu, un vasco de lo que ha sabido contar sin miedo y a riesgo de la propia vida, cuanto se ha vivido en algunos rincones de Euskadi. Su título es “<em>Patria” </em> y es excepcional. O, ya en un atrevimiento personal y en absoluta primicia, invitarles a que lean mi próxima novela, llamada <em>“Allá donde estés” </em>, que en apenas 3 semanas estará en las librerías y que, si bien tiene como temática fundamental el expolio de arte nazi, trata abundantemente sobre el conocido como “impuesto revolucionario” que se recaudaba para seguir manteniendo a los asesinos. Algo aportamos, humildemente, al conocimiento de este modo de extorsión.</span></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><span style="font-family: Calibri">            Ya les digo, el triunfo ha llegado a base de constancia y ahora solamente nos queda agradecer a cuantos se han jugado tanto por nosotros. Y contar alguna cosa que nunca se pudo saber. Y yo les cuento hoy una de esas que eriza la piel. </span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">En la casa de un doctor ovetense eminente comíamos hace unos años, con uno de sus cuñados, vasco de nacimiento, devoción y orgullo, que había sido alto cargo de un partido político de los que se denominan “españoles”. Un verano, regresaba de Mallorca con su familia, y aterrizó en Sondika a media mañana. Cuando encendió su teléfono móvil, tenía varias llamadas perdidas de un número desconocido, que no más tarde de diez minutos, le volvió a llamar.</span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">            Era el Secretario de Estado de Seguridad del Gobierno de España. Le preguntó dónde estaba. Al informarle que en el aeropuerto, le dijo que no se moviera, que dos agentes llegarían en unos minutos y le rogó que cogiera el mismo vuelo que acababa de dejar, en dirección contraria. Según me dijo, en aquella época no se pedían explicaciones, porque casi nunca eran agradables.</span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">            Se volvió a Mallorca y hubo de estar allí otro mes. No era un mal destino, me decía, pero estaba en un hotel que nadie sabía, mis padres y mis suegros nos preguntaban dónde estábamos y porqué no regresábamos, y no podíamos contar nada.</span></p>
<p><span style="font-family: Calibri">Cuando, meses después, salió a la luz una de las famosas “listas” de ETA, este amigo mío era el número dos en los objetivos de la banda terrorista. El viernes le llamé. Le di las gracias por lo mucho que ha hecho por nosotros, y le invité a comer unes “fabes”, que le encantan. Hace años que vive en Madrid. No le mataron, pero acabaron echándole. Como a tantos.</span></p>
<p>Ahora, los niños que celebran cumpleaños, leerán estas líneas como un cuento del abuelo cebolleta. Y, sinceramente, me alegro much</p>
</body></html>
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