JUANA RIVAS: PUNTO Y FINAL
Como siempre que me voy a meter en un charco, en un tema que, por su especial sensibilidad, soy consciente que va a dar lugar a polémica, hemos de comenzar con una máxima: la violencia de género es una lacra de nuestro siglo. Hay un grupo de varones locos que creen que puede disponer de la vida o la integridad de quienes les han acompañado en un tramo de su vida. Que se consideran con algún derecho de propiedad sobre ellas y por ello las insultan, las maltratan o acaban asesinándolos. Frente a ellos, la máxima firmeza de la ley y el máximo reproche social. Son delincuentes y no merecen otro trato.
Dicho esto, hemos vivido este verano el culebrón de Juana Rivas. Todo comenzó allá por finales de julio cuando una pobre chica de Maracena, Granada, se negaba a entregar a sus hijos a un padre maltratador. Esto dio lugar a una inmediata y enorme campaña de solidaridad a su favor. Ya saben, el “Juana está en mi casa”, todo el mundo solidarizándose con ella y el propio Presidente del Gobierno diciendo que no parecía lógico que esa pobre mujer tuviera que poner a dos menores en manos de un maltratador.
La justicia, que es lenta, pero es efectiva, fue actuando durante un mes ocioso como es el de agosto. La cosa fue creciendo y las redes sociales eran mosaicos compuestos para mostrar que todo el mundo estaba con Juana. Los que no decíamos nada al respecto, o nos permitíamos dudar de una versión – quizá por la experiencia profesional de 20 años en el foro, sabiendo que lo que cuenta una parte nunca es toda la verdad – incluso éramos calificados de cafres y retrógrados. Pero muchos no dijimos nada. Yo mismo decidí esperar, a ver qué decían los tribunales. Mientras tanto, Juana tenía tantas casas como españoles y a mí mismo me costó, como a muchos otros, discusiones con su esposa, su madre, sus amigas, todo lo que no fuera mostrar una fe ciega en lo que Juana contaba.
Avanzó agosto y supimos que lo del maltrato había sido hace años. Que después se rehízo la relación e incluso nació otro niño. Que vivieron juntos durante mucho tiempo hasta que, un día, Juana Rivas le dijo a su pareja que se iba a España con sus hijos de vacaciones, negándose luego a volver. Un secuestro de menores internacional de libro. Empate en delitos por ambas partes.
Requerida Juana para entregar a los menores, decidió huir y esconderse. Comenzó a ganar en delitos a su pareja 2 a 1. Se la puso en busca y captura. La instrucción procesal la conocíamos en las noticias de las 3, donde su “asesora jurídica” – que luego resultó que no era abogada, lo cual me aclara muchos de los pasos de esta mujer – decía que tenía todo el apoyo de la Junta de Andalucía y que no iba a comparecer ni a entregar a los menores. Otro de los letrados que la asistía en uno de los muchos frentes judiciales que Juana se fue abriendo, le recomendaba (a través de programas de televisión, porque no sabía dónde estaba) que se entregase y pusiese los menores a disposición del padre, porque se estaba buscando graves problemas judiciales.
Un día, al fin, Juana comparece ante el juzgado, que le toma declaración y la pone en libertad. Sale del juzgado enarbolando su orden, diciendo que se va a casa con sus niños. Escasa victoria sobre una cuestión que solamente ella había provocado. El cerco se estrecha. Cuando el ultimátum vencía, Juana Rivas entrega a sus hijos. El padre asume la tutela que un juzgado le ha otorgado – y yo soy de los que conozco los juzgados y sé que si le dan la guarda y custodia es porque no es tan malo como nos lo pintan – y dice que seguirá luchando, ahora contra los múltiples frentes que tiene abiertos.
Aquí se acaba la historia. Juana Rivas ya no será portada de nada. Sus 15 minutos de desgracia televisada han concluido. Los menores están con quien la justicia ha dicho que merece su guarda y custodia. A Juana la va a abandonar todo el mundo, porque en estos tiempos, en los que vemos 1100 noticias nuevas por minuto en las redes sociales, Juana Rivas ya es pasado. Sus niños, por los que decía que daría la vida, ahora están peor que al comienzo, porque su madre sin duda será condenada por secuestro, por desobediencia, o por todo al mismo tiempo. Y no podrá acudir a pedir una custodia con unos antecedentes que, por las malas recomendaciones recibidas, la han convertido en delincuente. Santa a ojos de muchos, culpable a los ojos del Código Penal.
Se ha acabado la historia. Y podría haberse escrito de un modo más sencillo, más bonito, y, sobre todo, más eficaz para dos menores que se han visto en el centro de un huracán que no buscaron. En cuanto crezcan, leerán la hemeroteca o meterán en google el nombre de sus padres, y verán cosas que no agradan a nadie.
Es el punto y final. El triste y anunciado punto final.