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Iván de Santiago González

Lecturas Voluntarias

DE TODAS LAS MEMORIAS HISTÓRICAS

                                                   DE TODAS LAS MEMORIAS HISTÓRICAS

 

 

 

I.-    La abuela de mi mujer tiene 95 años. Lleva varios en una residencia geriátrica con una limitación de movilidad que, sin embargo, hasta hace escasamente un mes, no le había afectado a su enorme capacidad para contar historias, vividas por ella y su familia, por otros, historias de la Historia. Quien sabe contar historias nunca estará solo, me dijo un día Ray Loriga, y con Ana es cierto.

Entre las historias que contaba, estaban, cómo no, las de su niñez y su juventud. Una niñez dura en una casa con cinco hijos y una juventud de bailes de pueblo y timideces que el tiempo fue eliminando. Las cuenta de un modo maravilloso. De tal modo que yo, en muchas ocasiones, llegué a pensar que novelaba una realidad que quizá no fuera tal como la narraba y prefería envolver en una realidad más atractiva.

 

II.-     Hace unos meses se murió Amador, uno de los hermanos de Ana. Tenía 97 años. Yo comencé, hace unas semanas, a recopilar las escrituras de propiedades para pagarle al Principado de Asturias de nuevo por lo que Amador ya había pagado durante toda su vida, el impuesto que se devenga con ocasión de su sucesión. Allí había títulos de finales del siglo XIX, dignos de conservar, contratos privados, escrituras notariales, certificados de propiedad de ganado, y muchas cosas más. Y, una mañana de julio de 2018, me encontré la partida de defunción de Celso.

Celso era un hermano de Ana y Amador. Y yo había escuchado muchas veces su historia, tan bien narrada, ya les digo, que quizá creí que no era real. Pero esta semana, al leer esos documentos, comprendí que los hechos eran tal como los contaban.

 

III.-    Toda la familia de Ana y Amador vivieron en Palomar, un pueblecito de Ribera de Arriba, a escasos 10 minutos de Oviedo y Mieres. Habían vivido una guerra – entre la cuenca minera de la revolución del 34 y el Oviedo del “cerco”- con los miedos de todos, las penurias de todos, las precauciones de todos, pero en aquella casa, afortunadamente, siempre había habido comida, y, concluido el conflicto, no faltaba ninguno de casa. Eras eran dos noticias extraordinarias, porque en muchas casas de alrededor faltaban la comida y los jóvenes. A ambos se los había llevado la guerra.

En el año 39 el padre de familia enfermó. Un cáncer se lo llevó en poco tiempo, antes de acabar el año. Celso, que era el mayor, y estaba colocado en una carnicería de Mieres (a donde iba caminando saliendo todos los días a las 5 de la mañana) tuvo que volver a casa y hacerse cargo de sacarles adelante. Una viuda y cinco hijos – tres hombres y dos mujeres – tenían que salir adelante en la postguerra, que quizá fue más duro que el trienio de muerte

 

IV.- Interpretó entonces Celso el papel que le tocaba al “mayorazu”, y trabajaba en la huerta y con el ganado, para poder olvidar a su padre y comer todos los días. Eran, como todos sabemos, tiempos en los que todo faltaba y por ello era necesario que los cinco de la casa pusieran de su parte.

Todo mejoró como puede hacerlo en el año 1940 en un pueblo asturiano. Pero entre todos los vecinos, que también ayudaban como podían a sus semejantes y el esfuerzo de los miembros de la casa, no se pasaba hambre ni frío, lo cual era suficiente. La felicidad se llamaba simplemente un plato en la mesa y un techo para cobijarse.

 

V.-    Nunca hubo bandos en esa casa, como en tantas, como en casi todas. Todos querían seguir viviendo sin mirar atrás.

Pero un día murió el cura de Palomar. Y la tradición decía que el funeral de un cura lo decían varios de sus compañeros. Celso de ofreció a ir a buscar al cura de Lavarejos, un pueblo cercano por el que había que había que llegar cruzando el monte.

Allí le dieron el alto unos “maquis”. Le preguntaron dónde iba. Él dijo que se había muerto el cura de Palomar e iba a buscar al cura de Lavarejos para que diera la misa. Fue suficiente para condenarle sumariamente. Le descerrajaron dos tiros y le dejaron desangrarse en el monte hasta que a la mañana siguiente la familia pudo subir a buscarle para saber qué le había ocurrido.

 

VI.-     Esta semana tuve en mis manos la partida de defunción de Celso. Dice algo parecido a “varón de 29 años fallecido por herida de arma de fuego y posterior pérdida de sangre durante horas.”

Entendí entonces que la historia de Ana era tal como la contaba. El pecado de Celso simplemente fue contar la verdad. Que iba a buscar a un cura para que diera el funeral de otro. Durante años, me decía, se sabía en el pueblo el nombre del asesino, pero, como con la guerra, solamente se quería pasar página. No había venganzas ni recuerdos. Nada se ganaba mirando atrás con ira, porque Celso no iba a volver.

 

EPÍLOGO.-   Estos días Ana está muy enferma. Ya apenas puede contar historias.

Celso lleva 77 años enterrado tras haberse desangrado en el monte.

Ni uno ni otro piensan en cambiar una ley o en llamar “memoria histórica” a lo que les pasó.

Acaso yo tampoco lo pienso.

Solamente sé que me gusta que ustedes conozcan lo que le pasó a Celso. Y que, acaso, si le da tiempo, mi mujer, coja la mano de su abuela, y le lea, pasada por el tamiz de mi escritura, la historia que ella siempre nos contaba y que yo, esta semana, pude comprobar en toda su crudeza en un documento de defunción.

Y que Ana, quizá, antes de dejarnos, pueda -casi sin abrir los ojos, tal como está ahora – recordar su niñez, cuando aún Celso estaba en esa casa, y volver a un momento de felicidad que nunca nadie debió llevarse.

 

 

 

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Sobre el autor

Abogado y escritor. Grafólogo. Presidente de la Sociedad Asturiana de Grafología. Profesor de la Escuela de Práctica Jurídica y del Máster en Abogacía de la Universidad de Oviedo. Autor de cinco novelas publicadas y ganador de varios premios de relato. Exconcejal del Ayuntamiento de Oviedo en el período 2007-2011.


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